Poco tiempo después de que Carles Puigdemont huyera del país, contraviniendo su promesa de defender el resultado del 1-O (por lo tanto, de descolonizar Catalunya del yugo castellano), ya escribí que el Molt Honorable volvería a casa cuando los españoles quisieran o, más exactamente, cuando más les conviniera. Los aduladores del president @KRLS, que no son tantos como hace una década, pero que ahora deben de estar de enhorabuena, dirán que el regreso de Puigdemont certifica el triunfo de la opción del exilio y de la confrontación con el Estado por la vía de la justicia europea. Como ocurre siempre, esta es una verdad a medias, pues si bien el 130 ha logrado burlar la persecución de jueces medio franquistas gracias al comportamiento de las togas del norte, no es menos cierto que tal éxito solo ha sido posible gracias a la third way de la amnistía. Dicho de otra forma, Puigdemont solo ha podido volver cuando los partidos del procés ya habían lapidado toda la fuerza que surgió del referéndum y, como certifica la reciente convocatoria electoral de Pedro Sánchez, con el independentismo diluido en los debates del Congreso.
A las élites de Madrid les va perfecto que Puigdemont pueda incorporarse como un activo libre a la próxima campaña electoral, y más aún que lo haga atenazado por los debates sobre la vivienda para defender el "no" de Junts a los decretos estalinistas que han sido noticia estas semanas. Si hilamos más fino, de hecho, a Pedro Sánchez y a su virrey catalán de la Generalitat les iría la mar de bien que Junts (quién sabe si con el propio Puigdemont de cabeza de lista al Congreso) tuviera unos resultados lo suficientemente buenos como para reeditar el gobierno de coalición. En cuanto a la derecha española, a pesar de toda la retórica guerracivilista y blablablá, un regionalista como Feijóo estaría más que encantado de volver a la dinámica del bipartidismo español de toda la vida con el arbitraje de una nueva versión de los juntaires más afín a la antigua Convergència (recordemos que, en junio de este año, el PP recibió con buenos ojos los votos de Junts a raíz de una propuesta que pidió a Sánchez que se sometiera a una moción de confianza o hiciera el puto favor de dimitir).
El president puede elegir entre la vía fácil de salvar el chiringuito de una muerte que acabará llegando o, ay, favorecer la entrada de aire fresco con nuevas generaciones que hayan tomado nota de sus equívocos
En cuanto a Salvador Illa, ya he escrito muchas veces que el 133 viviría la mar de feliz encabezando una "operación Tarradellas" para recibir a Puigdemont como una garantía de mantener la sociovergencia en Catalunya y así rebanar la espuma ascendente de Aliança Catalana, asegurando también la pervivencia de la política autonomista. Todo concuerda, en definitiva, para que los españoles abracen con entusiasmo a un president que podrá fardar de haber mantenido la legitimidad institucional durante los dos últimos lustros, pero que no supone ningún problema de cara a la unidad de España (de hecho, la reciente negativa de los juntaires a salvar el Gobierno de Sánchez se explica por esta voluntad de arbitraje, todavía dentro del régimen del 78, y no porque Puigdemont quiera cuidar a los pequeños propietarios catalanes ni otras monsergas de este estilo). Pero, aunque sucede pocas veces, los planes del enemigo pueden tambalearse… y toda esta ecuación solo puede desviarse del camino establecido si el 130 quiere ponerle remedio.
¿Cómo podría hacerse eso? Pues la cosa resulta muy sencilla… y muy peliaguda a la vez; pero podría resumirse diciendo que Puigdemont, a pesar de todas sus mentiras y sus manifiestos errores, al menos podría tener la sagacidad de volver al país, olfatear un poco sus entresijos y confesarnos lo que nunca han querido decir independentistas de pura cepa tan distintos como Quim Torra o Pere Aragonès: a saber, que con los actuales activos del secesionismo, ya sea en el Parlament o en el Congreso, la independencia resulta imposible. Quiero aclarar que la castración de nuestro anhelo no proviene de la idea en sí, que sigue siendo vital para la supervivencia de la tribu, sino precisamente de sus activos personales. Puigdemont solo puede salvarse con dignidad afirmando algo tan sencillo como: "Chicos, con esta peña, incluido un servidor, no lo haremos… y, por lo tanto, hay que dar paso a gente nueva".
Entiendo que el lector tache esta idea de naíf o de imposible, no solo porque la genética de un político siempre implique el deber de continuar sobreviviendo (y más aún si experimenta un momentum al alza), sino también porque es casi risible pedir a Puigdemont un acto que, de inicio, quizás heriría el movimiento que representa y, más en concreto, un partido como el suyo… que se acerca peligrosamente a la extinción. Tendría razón, pero hay que recordar de nuevo que cualquier aproximación a la independencia subsumida a los problemas de la capital del Reino está abocada al fracaso y que, insisto, Puigdemont podría recuperar mucha fuerza si demuestra que, una vez pasada la penitencia, tiene suficiente aura para saltarse las dinámicas tradicionales de los partidos. La historia es la de siempre: el president puede elegir entre la vía fácil de salvar el chiringuito de una muerte que acabará llegando o, ay, favorecer la entrada de aire fresco con nuevas generaciones que hayan tomado nota de sus equívocos.
Vete haciendo las maletas, Carles, y regálate un reencuentro merecido con los tuyos. Pero de este marrón que acabo de describir no te librarás; quizás, al fin y al cabo, un pequeño acierto posibilitará que, entre todos, acabemos relativizando el mal que hiciste fallándonos tantas veces.
