Poco después de que el Barça —a menudo impreciso en el toque, pero igualmente resolutivo en el gol— se impusiera al Madrit en la final de la Supercopa islámica, el relato del periodismo deportivo madrileño consistió en afirmar que Xabi Alonso, a pesar de jugar con la tacañería del Getafe, había salvado la piel. Esta cantinela fue copiada a pies juntillas por nuestros plumillas de la cosa deportiva, una gente profundamente perezosa que ya lleva demasiado tiempo acostumbrada a informarse a golpe de tuit bufandero y a confundir el charloteo con los hechos objetivos. Es así como, horas después de este vaticinio, Florentino Pérez prescindía de los servicios del técnico guipuzcoano para fichar a otro exjugador con una pinta de funcionario voxista que echa para atrás. De ignorar absolutamente el cambio, los apologetas de la caverna han saludado al nuevo míster como si fuera la reencarnación de Zidane. De seguir así, el madridismo nos regalará mucha alegría.
Esto que os cuento sirve, en primer término, para recordar la pésima calidad de los cronistas del sudor, una agrupación de investigadores privados de pacotilla que han logrado hacer buena a la prensa del corazón. No os soliviantéis; disponemos de grandes periodistas deportivos, como mis estimados Ramon Besa y Xavi Torres, pero la mayoría de sus compañeros son como el pescado medio podrido de La Boqueria y han convertido la prensa del deporte en una tómbola del mal gusto. Pero bueno, esta constatación resulta secundaria, porque aquí lo importante es ver cómo, con el fichaje de Álvaro Arbeloa, el Madrit ha vuelto a la filosofía de Mourinho. Que nadie se equivoque; considero al entrenador portugués un gran hombre de fútbol, que pasó de traductor a repartidor de conos, para acabar ganando ligas y Champions en varios países del continente, a base de hacérselo todo solito. Lo mires como lo mires, la historia de Mourinho es enorme.
Florentino volverá a tropezar con la misma piedra, pero ahora junto a un entrenador de peinado y mejilla falangista
Pero el mourinhismo más excelso, y con esto salvo la decadencia de sus últimos años como técnico, tiene una excepción; la sombra larguísima del Barça de Guardiola. En este sentido, que Florentino haya dispuesto de un orgulloso alumno para salvar la situación del Madrid es una de las mejores noticias para los culés. Porque, ante el Barça, Mourinho solo ha significado lloriqueo, impotencia y chismorreo mediático para dar que hablar. Nuestro Barça actual no es tan extraordinario como ese equipo de Guardiola —que será recordado, a su vez, como uno de los mejores de toda la historia del fútbol de clubs y selecciones—, pero aquí no hablamos en parámetros técnicos sino de imposición. Mourinho intentó desequilibrar a Guardiola con una mentalidad de bully y, a pesar del sentimentalismo lluisllachiano del técnico de Santpedor, nuestro héroe resistió. Imaginad, pues, cómo acabará su hijo putativo ante el actual Flickwagen
Joan Laporta no solo ha logrado devolver al Barça a la élite del fútbol mundial y enorgullecer de nuevo a la afición culé, sino que ha sumido a la máquina del poder central madrileño en la filosofía que siempre ha exhibido el catalanismo; a saber, la exaltación nauseabunda de la herida, el victimismo procesista y el tic enfermizo de pensar que la culpa de tu derrota es del árbitro o del destino, pero nunca de tu incompetencia. Mourinho no aplicó este credo a lo largo de su trayectoria inicial, pero lo implementó al dedillo ante el Barça de Guardiola, porque sabía a ciencia cierta que se encontraba ante un equipo legendario. Al final, consiguió ganar una liga a los azulgranas, pero es un triunfo que nadie reivindica, porque el fútbol de inicios del siglo XXI es de Leo Messi y compañía. Florentino volverá, pues, a tropezar con la misma piedra, pero ahora junto a un entrenador de peinado y mejilla falangista.
El Barça ya no tiene que competir con su rival a nivel español, castrado por sus propios pecados, puesto que debe prepararse para reinar de nuevo en Europa. Para ello, necesitaremos que Joan Laporta vuelva a politizar el club como lo hizo antes del estallido del independentismo, y lo convierta en una peligrosa máquina de matar a cobardes catalanes y bobos castellanos. Hasta ahora, el president ha aprovechado la decadencia del enemigo inmediato (“Ganas de volver a veros”), pero ahora necesitamos un líder que vuelva a mostrar la normalidad de la victoria. El fútbol no es ajeno a los vaivenes del mundo, y el Barça debe situarse en la nueva geopolítica con una mano de hierro más dura que la de los tiempos de Messi, porque el mundo ha virado a posiciones más radicales y belicistas. No bastará con hacerlo bonito, sino con ponerle mucha fuerza. En este sentido, bendito sea nuestro Hans-Dieter Flick, un sentimental con rostro de mármol…
Vamos bien, socios del Barça. Todos lloran, ergo nosotros cabalgamos