Antes de llegar a Madrit, la ciudad donde encontrará más hermanos sudakas y panchitos iletrados del mundo dispuestos a adorarlo, el vicario Robert Prevost pasó meses escribiendo una encíclica para advertir a la gente sobre los peligros de la inteligencia artificial. La Santa Madre siempre ha mantenido una enfermiza inclinación tecnofóbica, no, como dice la temerosa monserga del pontífice, porque este nuevo Big Brother nos pueda hacer perder humanidad, sino justamente porque las invenciones de nuestros ingenieros y gente de negocios más despierta empequeñecen cada día más la omnipotencia divina. Esta es la obsesión de la enfermedad religiosa: poner paréntesis a los avances urdidos por los hombres y tratarlos como un posible apocalipsis de la vida feliz, puesto que la creencia siempre necesitará el miedo supersticioso para sobrevivir. Si tú das un paso adelante, la religión siempre te pide que vuelvas atrás.

El señor Prevost representa la secta más importante en cuanto a los fundamentos de la cultura de Occidente; es la mía y menos mal. Por este motivo, agradezco a la providencia que Padre y Madre me llevaran a Can Col·lapi, pues solo podemos escarnecer de verdad aquello que conocemos; también porque cualquier humanista debería conocer la Biblia, el libro de ficción más totémico del canon occidental. Pero por mucho que amemos la gracia de la Iglesia, que se ha esculpido a sí misma como la primera fuente de poder mundial, por eso mismo tenemos que pasar cuentas con la divinidad. El papa León XIV y sus fieles forman parte de un club de religiosos que tiene solo una cosa en común con otras mafias del planeta: creen que solo su Dios es válido y que los miles de otras deidades del universo son unas farsantes. Yo prefiero ahorrarme tal toque de cinismo y afirmar que la religión es una práctica tonta y cruel.

La religión se justificó mucho tiempo como un relato fehaciente de nuestros orígenes y también como una explicación poética de la complejidad del mundo. Pero, hoy por hoy, el método científico (que aparte de más creíble, es más bello que toda esta poesía) ha invalidado cualquiera de los presupuestos de los hombres de fe. A la gente que vivimos sin dioses ni vicarios nos basta con subsistir rodeados de objetos, personas e ideas. ¿Cómo os atrevéis, queridos feligreses, a querer subsumir toda esta riqueza con cuatro plegarias? A su vez, los ateos de pro no creemos en los mandatos éticos impuestos por un Dios inexistente y su pandilla de frailes; amamos el contrato social entre personas, imperfecto por naturaleza y continuamente sujeto a mejora. Pero sobre todo, no estamos dispuestos a recibir consejos matrimoniales, parentales o familiares de unos tipos que han decidido castrarse renunciando al placer maravilloso del sexo.

Las entidades perfectas existen, os lo prometo; somos nosotros, con nuestra espléndida falibilidad y sordidez, con la propia taradura perfectible y la eterna incompletitud de los pactos que nos hacen libres

A su vez, me duele que la mayoría de los países y políticos del mundo —aunque sean, como España, nuestros queridos enemigos— todavía tengan que arrodillarse ante discursos como los del vicario, que reclama una política alejada de las diferencias y de la polarización; él, precisamente él, que es el monarca absoluto de uno de los Estados más opacos del mundo, donde cada decisión depende de una estructura jerárquica en la que las mujeres (según dicen, la mitad del género humano...) siempre se han visto relegadas a meras comparsas en cualquier decisión trascendente y, por poner un solo ejemplo práctico, con un sistema bancario menos transparente que el de Suiza. ¿A quién narices tiene que dar discursos de tolerancia, este individuo? ¿Cómo es que las mujeres, y particularmente las chicas más jóvenes, pueden aceptar lecciones de un anciano que nunca ha visto ni un coño? ¿Quién narices es usted, rey vitalicio, para adoctrinar sobre valores morales?

Jóvenes del mundo y del país, sé que os sentís desencantados y solos, pero tened la bondad de no regalar vuestra esperanza a las deidades absurdas y a sus portavoces. Sorprende, insisto, que la gente más despierta, aquella que ha nacido en democracia, vuelva a caer víctima de esta brujería espantosa de los curas, obispos y pontífices. Los dioses son un simple invento de los hombres, decía Feuerbach, los cuales subliman sus miserias imaginando entidades perfectas. Pero estas ya existen, os lo prometo; somos nosotros, con nuestra espléndida falibilidad y sordidez, con la propia taradura perfectible y la eterna incompletud de los pactos que nos hacen libres. A mí me jode bastante la visita de este vicario que, aparte de monopolizar la actualidad, provocará que mi barrio esté patas arriba, resulte inaccesible y, quizás por primera vez, tenga los policías que tocan en la calle...

Pero dicen que el fraile, afortunadamente, se marchará el jueves. Espero que la semana pase muy rápidamente y podamos volver muy pronto a la sociedad de hombres y mujeres.