Los gobernantes de todo el planeta se preguntan en estos momentos, lógicamente inquietos, cuál será la próxima burrada de Donald Trump, una vez que las antiguas reglas de juego, construidas laboriosamente a partir de la Segunda Guerra Mundial, han saltado por los aires. ¿Qué puede pasar con Groenlandia, que, a través de Dinamarca, forma parte de la OTAN? ¿Y con Colombia? ¿Y con México y Cuba? Una de las cosas que hemos aprendido, o deberíamos haber aprendido, es que los EE. UU. de hoy son capaces de cualquier cosa. Son capaces de ir más allá, mucho más, de lo que antes —los últimos ochenta años, como mínimo— se podía pensar o imaginar.

Otra cosa que hemos aprendido, o deberíamos haber aprendido, es que a la actual administración estadounidense los grandes valores democráticos y las reglas que de ellos se desprenden le importan poco o nada. Para Trump y sus camaradas, estas reglas no son algo importante, a preservar y fortalecer, sino sobre todo un estorbo, una pesada molesta que se interpone entre ellos y lo que ellos quieren hacer o lograr. A Trump no le da asco que Vladímir Putin o Xi Jinping sean unos dictadores explícitos. Más bien envidia su libertad de acción, la capacidad de hacer lo que quieren, el tipo de poder que, por definición, otorgan los regímenes totalitarios. 

Pero, además de inquietarnos por lo que pueda continuar haciendo Trump, también podemos preguntarnos, y me parece tanto o más relevante, qué puede suceder a partir de ahora en Venezuela. ¿Cuál es el futuro que, después del secuestro de Nicolás Maduro, pueden esperar los venezolanos? Sobre este asunto, existe una amplia e intensa discusión. Recientemente, en X, la periodista y politóloga Estefanía Molina apuntaba a que ahora existen incentivos para que el régimen venezolano acepte una transición negociada hacia la democracia. Estos “incentivos” serían consecuencia de la intervención contra Maduro. El debate que se generó en la red fue intenso y me pareció interesante. A pesar de que, personalmente, no soy ningún entusiasta —todo lo contrario— de las disputas en línea, también desearía dar mi opinión.  

No espero, al menos por el momento, una transición que conduzca a través de las reformas a la democracia

A estas alturas, queda claro que la administración Trump pactó con la cúpula venezolana la operación de los Delta Force del otro día. La Casa Blanca descartó provocar un cambio de régimen a través de María Corina Machado, la líder opositora, ya que consideró, aconsejada por sus servicios secretos, que esto no sería aceptado ni por las élites —la estructura política, funcionarial, militar, policial— ni por buena parte de la población. La opción de Delcy Rodríguez era más sencilla y cómoda, teniendo en cuenta cuál es el objetivo: el control de los recursos, singularmente el petróleo. Hay que recordar, en este punto, que si Maduro era un gobernante ilegítimo por haber falseado las elecciones, igualmente lo es Delcy. Pero, como decíamos, este tipo de detalles a Trump se la traen al pairo. La opción de una ruptura con el régimen se descartó, pues. La ridícula decepción del PP y Vox ante el entendimiento con Delcy Rodríguez nace de creerse las mentiras de Trump y también —esto les sucede con alarmante frecuencia— la propaganda propia. 

No veo, la verdad, que Delcy Rodríguez pueda ser el Suárez de esta historia. Es decir, alguien que, desde dentro del régimen, pueda conducir a Venezuela hacia un futuro democrático. Porque Delcy no es Suárez, sino más bien Arias Navarro o Carrero Blanco. Y también porque, y seguramente más relevante, la democratización no es la meta de EE.UU.

Nada es imposible y el futuro es incierto por naturaleza. Pero si la clave es Trump y la sumisión del madurismo —sin Maduro— a los deseos entre imperiales y coloniales de EE.UU., no parece probable una evolución democratizadora. Más bien, tiendo a pensar que mientras las élites venezolanas vayan cumpliendo lo que Washington exija, Trump no tendrá incentivos para emprender una operación de tanta profundidad y tan incierta. Si la colonia —o el protectorado— da a la metrópoli lo que la metrópoli pretende, ¿por qué demonios iba Trump —un tipo con una moral del grosor de una piel de cebolla— a complicarse la existencia y forzar una transición, maniobra extremadamente arriesgada? Otra cosa sería si Caracas desobedeciera o se enfrentara a Washington. Mi predicción es, pues, que si a corto plazo hay movimientos, serán, simplemente, los que sean necesarios para lavar un poco la cara del postchavismo. No espero, al menos por el momento, una transición que conduzca a través de las reformas a la democracia, la reconciliación y un futuro mejor para Venezuela. Ojalá me equivoque.