Nos pensamos que las redes sociales nos enseñan lo que nos gusta, pero en realidad son las redes sociales las que configuran nuestro gusto. No es casual que, si os hago pensar en un adolescente de hoy, penséis en un adolescente vestido de una forma concreta, con un peinado concreto. No es casual que el destino de moda sea Tailandia. No es casual que, los días de mundial, Instagram estuviera lleno de españoles. Las redes sociales son un escaparate aspiracional en el que, cada vez más, cada cual cuelga lo que piensa que le aportará capital social. El usuario entrega horas de scroll pensándose que es él mismo quien domestica el algoritmo, pero a estas alturas ya podemos decir que la cosa funciona más bien a la inversa: es el algoritmo quien adiestra y somete. Que el afán de estar en el sitio adecuado en el momento adecuado para poder hacer una fotografía y mostrar a los seguidores que estás donde las cosas —"importantes"— suceden ha condicionado el ocio que consumimos, la ropa que vestimos, los restaurantes en los que comemos, los lugares a los que vamos de viaje y nuestra idea de belleza, a grandes rasgos.
El pez que se muerde la cola es que la homogeneización del gusto y de las aspiraciones no trabaja solo de los influenciadores a los influenciables, porque influenciador e influenciable lo es cualquiera que participe de la exposición: somos los minions del algoritmo. Todo el mundo quiere mostrar que tiene acceso a lo que desea la masa: un evento, un billete de avión, una nariz con una forma determinada, una relación ejemplar. Y el afán de lograrlo para poder mostrarlo es, en muchos de los usuarios, más fuerte que el instinto reflexivo sobre el origen y la forma del propio deseo. El algoritmo es un catalizador de la presión de grupo, que se aprovecha de las vergüenzas, de los complejos, de las inseguridades y del sentimiento de fracaso y te promete, falazmente, la posibilidad de enmendarlo. O, como mínimo, de no mostrarlo.
La forma más efectiva de reducir el poder del escaparate sobre la manera como nos miramos y entendemos la vida es tener una vida que no esté pensada, ya de entrada, para ser enseñada
Agarrados a esta promesa, sin el espacio para resolver ninguno de los complejos, ni de las inseguridades, sin habernos quitado de encima el sentimiento de fracaso, le entregamos contenido gratis, un cherry picking tramposo de lo que querríamos que nos definiera, y disfrutamos de la anestesia temporal. Y escribo temporal porque, al volver a hacer scroll, el contenido de los demás usuarios hurgan nuestras flaquezas de nuevo. Se nos está poniendo al alcance un espejismo: que podemos hacer creer al mundo que sí, que tenemos la vida que nos gustaría tener. Que no existe ni distancia ni intermediarios entre una cosa y la otra. Y mientras nos dejamos mecer por el espejismo, perdemos la capacidad de ver y querer encontrar las bondades de nuestra vida fuera de la pantalla. En la mayoría de los casos, de hecho, es fácil entrar en Instagram y salir pensando que la insatisfacción crónica que todos cargamos en el pecho puede resolverse, o como mínimo aliviarse, comprando algo.
En este punto de la columna, es posible, estimados lectores, que les haya venido a la mente el rostro de alguna persona de su entorno. De alguien que, de repente, siempre ha tenido el sueño de viajar al sudeste asiático. De alguien que, en las sobremesas, reproduce al pie de la letra argumentos que tú también has visto en un tiktok. De alguien que, arropado por la tabarra de medios y tertulianos que en verano no saben dónde darla, ha convertido el eclipse en el acontecimiento más importante de su vida. A riesgo de ser tachada de elitista —me importa bastante poco, la verdad—, escribo que la forma más efectiva de reducir el poder del escaparate sobre la manera como nos miramos y entendemos la vida es tener un mundo fuera de las redes. Y cuando escribo un mundo, quiero decir libros, quiero decir inquietudes culturales, políticas y espirituales, quiero decir una vida que no esté pensada, ya de entrada, para ser enseñada. Quiero decir, pues, una vida cuyo valor entendamos y reverenciemos, más allá del valor que pensamos que los demás le podrían dar si se la mostrásemos.