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Hace tiempo que el Senado se desnaturalizó para ser una cámara de oposición, de eco, que en lugar de fiscalizar al Gobierno —en una doble vuelta que ya ejerce el Congreso— reproduce la dinámica televisiva de PP contra PSOE y viceversa. La izquierda pretende disputar ese control con el pacto entre PSOE y Frente Amplio, con Podemos y ERC fuera del pacto. Santiago Abascal reaccionó a la jugada con un acuerdo más político que legislativo, previo control de la renovación del Tribunal Constitucional. Por primera vez en democracia, el PP renuncia a presentarse en todas las circunscripciones. Más allá de la ingeniería electoral, importa de dónde se retira. Guipúzcoa, Girona y Tarragona. País Vasco y Catalunya, precisamente las comunidades donde los populares necesitan reconstruir relaciones con los nacionalistas y frenar el retroceso ante las marcas ultras.

Mientras Feijóo cede candidaturas, Abascal amplía su discurso y sus nichos de voto. Ahora reivindica la "identidad catalana" frente al "califato islámico". Vox, que ha hecho bandera de la unidad de España, adapta su dialéctica para competir con Aliança Catalana, también por delante del PP en las encuestas del Centre d'Estudis d'Opinió (CEO). Abascal quiere captar a esos votantes; mientras Feijóo acepta compartir protagonismo para sumar escaños sin ampliar su margen. El pacto no solo ordena las listas al Senado. También evidencia quién está dispuesto a ceder y quién puede convertir la alianza en una oportunidad para crecer.

El PP pierde perfil propio y autonomía con el acuerdo del Senado, en una campaña en la que Vox busca mimetizarse con los populares mientras Feijóo no encuentra su sitio. Renuncia al voto útil y a los votantes que rechazan a Vox, pero también da un aliciente a quienes prefieren la versión más dura de la derecha y ya no ven ningún coste en votar a Abascal cuando la suma permite gobernar. Si el PP pacta con Vox en plena campaña, ¿por qué sus votantes no van a elegir directamente a Vox? Al margen de la estrategia del gobierno, Vox no crece porque Pedro Sánchez lo prefiera. Lo hace porque ese votante no encuentra incentivos para irse al PP. 

Feijóo no se juega la Moncloa, sino su liderazgo en el PP y el control de la derecha, a las puertas de un ciclo geopolítico especialmente complejo. En esa pugna, cede terreno a Vox, compite por los votantes que ya tiene y moviliza a la izquierda

Dos ejemplos de las últimas horas. El error sobre las pensiones ha desgastado más al PP. Con las mujeres, más de lo mismo. Feijóo acudió a la SER, con cerca de cuatro millones de oyentes de perfil liberal, y tenía fácil prometer que no les fallaría como ha hecho el Gobierno con casos como el del "solo sí es sí" o Ábalos. Pero optó por cuestionar el aborto y la eutanasia y suprimir el Ministerio de Igualdad para mandarlos a "hacer otras cosas". Tampoco ha sabido posicionarse ante los disturbios violentos del sábado en Barcelona. En lugar de hacer una buena lectura de este espejo francés, con un vandalismo inédito organizado desde cuentas anónimas de TikTok, ha vuelto a señalar a Sánchez. Un mensaje ineficaz por repetido. Los errores de Feijóo no benefician directamente al PSOE, pero tampoco amplían la ventaja del PP.

El PP ha renunciado a una campaña macronista sin hacer números. Entre las elecciones anteriores y las últimas, Vox creció 8,7 puntos en Extremadura, del 8,1 % al 16,9 %; 6,6 en Aragón, del 11,2 % al 17,8 %; y 1,3 en Castilla y León, donde ya partía de un 17,6 %. Solo Juanma Moreno logró contener su avance con una campaña centrista y de confrontación directa con Abascal. En Andalucía, Vox apenas subió tres décimas, del 13,4 % al 13,8 %. Moreno perdió la mayoría absoluta, pero jibarizó a su socio. Feijóo ha decidido no seguir esa vía, pese a las críticas que recibe desde la izquierda y la derecha.

Feijóo no se juega la Moncloa —salvo un cisne negro, parece hecho—, sino su liderazgo en el PP y el control de la derecha, a las puertas de un ciclo geopolítico especialmente complejo. En esa pugna, cede terreno a Vox, compite por los votantes que ya tiene y moviliza a la izquierda. Todas las encuestas sitúan a la izquierda lejos de poder gobernar. Con semejante ventaja competitiva, el PP está más pendiente de los memes y los deepfakes que de construir una alternativa de Gobierno a la altura del momento político. Emocionados con su community manager, aprendiz de la peor versión de Óscar Puente, que erosiona la marca del partido sin mover la intención de voto. Como si en Génova 13 pagaran la proyección de la película mientras Vox se lleva la recaudación de las entradas y las palomitas.