Poco antes del 1 de octubre publiqué un artículo en este diario que trataba de describir, a través de la gente de mi alrededor, el efecto que la posibilidad de imaginar la independencia había creado en el estado de ánimo del país. Incluso en Twitter, que siempre es un lugar difícil, el personal parecía más inteligente y mentalmente estable. Los catalanes habíamos bajado la guardia y eso nos permitía subir el listón de la imaginación y del pensamiento. Después vino el batacazo y muchas de las personas que se habían sentido valientes y se habían aflojado el cinturón de la ironía y el sarcasmo se ahogaron en un mar de cinismo depresivo.
Estamos en el último tramo de esta espiral oscura, y la misma euforia enfermiza que no dejaba ver nada que no fuera positivo antes del 1 de octubre cae en forma de desprecio sobre Aliança Catalana. Muchos de los que se equivocaron al final del procés comprando la parafernalia antifascista para digerir el alcance del desengaño están tan cabreados, y tan en falso, que necesitan un chivo expiatorio como el aire que respiran. La misma euforia que en los momentos álgidos del procés hacía que no pudieras criticar a los partidos sin recibir los insultos más bestias, ahora hace que una parte del país se cierre en banda, justo cuando ya se ha hecho el trabajo más difícil.
Ahora que el país ha roto los espejitos que le impedían renovarse y puede lanzar por la ventana la cultura política de la autonomía, reaccionarios de todos los colores intentan hacer de Aliança Catalana un pretexto para impedir que el tren vuelva a arrancar. El partido de Orriols es ideal para resucitar la vieja polarización entre liberales y carlistas, o entre izquierdas y derechas, que tantos réditos ha dado al centralismo. El procés se hizo banalizando los valores liberales —recordémoslo— para aprovechar de manera populista el substrato franquista de Madrid. Ahora que se ha visto que el franquismo no es ningún límite moral para nadie, el conflicto nacional todavía es más fácil de tapar con la polarización ideológica.
La tentación autonómica de Aliança será polarizar hacia la derecha, y la tentación española del régimen de Vichy y sus hijos bastardos —investidos de contracultura y disidencia— será polarizar hacia la izquierda. Pero los partidos no pueden resolver el problema nacional de Catalunya. Los partidos pertenecen, por definición, al marco autonómico. Como ya se vio durante el procés, los partidos solo tienen importancia por las figuras y las ideas que, en cada momento, pueden hacer emerger más allá de ellos mismos. Orriols no tiene importancia porque sea de Aliança; tiene importancia porque fue la primera figura política que se echó a la espalda el dolor del país y aguantó el choque sin romperse —a diferencia de lo que pasó con Jordi Graupera después de 2019, y con Alfons López Tena y Joan Laporta durante las consultas.
Ningún diario ha osado ridiculizar el discurso de Aragonès porque el viejo racismo anticatalán ya no es sostenible ni se puede imponer con pistolas
Ahora, la presentación de Jordi Aragonès como alcaldable en Barcelona echará más leña al fuego. Mientras escuchaba su discurso, pensaba en una anécdota de los primeros Jocs Florals de la Renaixença. Se cuenta que, al acabar el acto, Milà i Fontanals comentó: "Se ha hablado tres horas en catalán y nadie ha reído". Esto era en 1859 y todavía en 1895, durante el primer discurso inaugural en catalán en el Ateneu, una parte del público se sublevó. Escuchaba a Aragonès hablar de la "misión" y del "destino" de Barcelona, del papel que la ciudad debe tener en el Mediterráneo, y pensaba: "Y nadie osa reír". Hay jóvenes —y algunos grandullones— que se creen que ellos lo harían mejor, pero ningún diario ha osado ridiculizar el discurso de Aragonès porque el viejo racismo anticatalán ya no es sostenible ni se puede imponer con pistolas.
La figura de Aragonès, como la de Orriols, va más allá de su partido. De hecho, si hubiera dependido solo de la lógica partidista, probablemente no sería alcaldable. Él mismo —como yo también había defendido en algún artículo— más bien se inclinaba por dejar desierta la candidatura de Barcelona si no aparecía una figura lo suficientemente fuerte. Todo esto irá muy poco a poco: antes de que encontremos una forma estable para el país, la historia arrancará la piel a mucha gente. Para que nos entendamos, Aragonès está políticamente más cerca de Abel Cutillas que de la mayoría de los líderes en activo. No por una cuestión ideológica, sino de estómago, de curiosidad, de ganas de crecer y, si se quiere, de locura. En los próximos años, afinidades de este tipo contarán más que la disciplina de partido.
Si Orriols ha llevado a la política el corte de mangas que Casablanca le hizo a Vichy después de las municipales de 2019, Aragonès tiene la oportunidad de dar el siguiente paso: subir el listón del pensamiento político. Este salto solo se puede dar desde Barcelona. La Generalitat administra un marco que no hemos decidido, y que está pensado para obligarnos a negociarlo todo al por menor. La capital, en cambio, puede hablar desde una historia y una tradición institucional anteriores al Estado español; se puede proyectar al mundo con un imaginario capaz de desbordar sus costuras. Aragonès se encontrará muchos obstáculos para concretar los ideales —y la ambición— que le han inspirado los libros. Y no solo porque es joven y ha tenido que hacerlo solo, como todos los que hemos querido ir más allá de la cultura autonómica, sino porque todo tenderá, desde fuera y desde dentro de su partido, a descentrarlo y destruirlo.
De momento, lo que cuenta es que Aliança ha conseguido elegir a un candidato que es capaz de hablar de la misión de Barcelona sin temblar: que sabe que la ciudad lleva cien años viviendo disminuida, y no lo puede aceptar. Ya Enric Juliana trató de colgar la etiqueta del carlismo a Carles Puigdemont en cuanto se marchó al exilio. Desde los tiempos de Ada Colau que el Estado trata de mantener a Barcelona en la obediencia castellana de 1939, atizando la polarización. No hay nada más subversivo que poner a un catalán que piense como un catalán en la capital. Ya sé que sois muy listos, y que todos lo haríais mejor. Pero, por motivos diversos —algunos relacionados con la pequeñez aprendida del país—, ninguno de vosotros estará allí para poner la pica en Flandes, o al menos intentarlo.
Los catalanes nos encontraremos cada vez más asfixiados por la expansión de dos culturas mucho más verticales y gregarias que la nuestra: el islamismo y el hispanismo castellano. Si no somos capaces de dar un sentido a la catalanidad desde Barcelona, el vacío no quedará vacío. Los perdedores ofendidos suelen tener poca imaginación. Pero el próximo trauma no lo tenemos que esperar del engaño de unos políticos frívolos o de otro 155, ni tampoco de unos jóvenes musulmanes capaces de arrasar la Rambla, a pesar de haber recibido la educación en catalán. Lo que nos debe dar miedo es ver barceloneses del Eixample buscando en el islamismo la fe, el orden y el sentido de pertenencia que el país debería dar. Y eso es lo que pasará si no aprendemos a tener la cuerda siempre tirante.