Este pregón de la Mercè 2026 no fue solo nuestro pregón. Fue el pregón de todas las tenderas y todos los tenderos. Especialmente de todas aquellas mujeres que han levantado una persiana cada mañana mientras cuidaban también de una familia. Y también de todas aquellas personas que, cuando eligen comprar en el comercio de proximidad, están dando ejemplo de la ciudad que quieren. Porque comprar no es solo comprar. Donde compras también es una manera de hacer barrio, de hacer red y, si me lo permitís, de hacer política. Es decidir qué ciudad queremos: calles con luz, con conversaciones, con tiendas donde alguien te conozca por tu nombre.
Las tenderas son mujeres que, como tantas otras, han trabajado dentro y fuera de casa. Mujeres que han aprendido a hacer mil cosas a la vez y a hacerlas, a menudo, con una sonrisa detrás de un "¿Buenas tardes, en qué te puedo ayudar?". Y cuando hablo de tenderas, no puedo evitar pensar en mi madre, Maria Febrer. Que es hija de tenderos, como yo, por partida doble. Desde muy pequeña también iba a ayudar en la tienda de sus padres. A mí me tocaba envolver botellas con papel de hilo durante todo el verano junto con mi hermano Ferran. A ella le tocaba limpiar su trocito de calle. Y fue así, limpiando delante de la tienda, como conoció a mi padre, el tendero de enfrente en la calle Vallespir. Ella es la mitad del Celler de Gelida, pero poca gente conoce su nombre y apellido. Dice que no le gusta ser protagonista, que le da vergüenza hablar, que el sueño era de mi padre. Pero yo sé que los sueños también se construyen con personas que no salen en la fotografía. Es ella quien le ha acompañado en los viajes para lograr aquella meta de crear una tienda especializada. Quien le ha hecho de recursos humanos, de relaciones públicas, de administración, de apoyo emocional, de canguro, de secretaria y de tantas otras cosas que no aparecen en ningún cargo ni en ninguna tarjeta de visita. Es la mujer que está detrás de muchas de las cosas que se han hecho visibles. Y quizás esto también forma parte de la historia de tantas tenderas y de las otras mujeres: hacer mucho y salir poco. ¿Os acordáis de que antes muchas tiendas tenían la vivienda en la parte de arriba o al fondo? La tienda no era solo el lugar donde se trabajaba. Era casa, la escuela y el comedor. Mi abuela Rosita no pudo ir al hospital para parir. Había demasiado trabajo en la tienda a finales de diciembre, cuando nació mi padre. Y mi abuelo también nació en el piso de arriba de la tienda. A mi padre le gustaba Santa Marta, patrona de la restauración y de los bodegueros, porque era el único día del año en el que cerraban la tienda y su madre podía descansar. Ahora, cuando lo contamos, parece de otra época muy lejana.
Cada vez que compramos en el comercio de proximidad, estamos decidiendo qué barrio queremos. Si queremos calles con vida o calles convertidas en simples lugares de paso. Si queremos saber quién nos vende el pan, los libros, la ropa o el vino. Si queremos seguir saludándonos por la calle
Detrás de un "Buenas tardes" cuando entras en una tienda, hay alguien que te mira a los ojos. Alguien que te conoce y reconoce. Que sabe qué buscas, qué te gusta y, a veces, incluso qué te pasa. Te pregunta por tus hijos, por tu madre, por las vacaciones. Te guarda esa pieza que sabe que te gustará. Y, a veces, te dice que hoy no te lleves nada porque no lo necesitas. Esto también es vender. O quizás es mucho más que vender. Porque una tienda es mucho más que cuatro paredes llenas de productos. La tendera es un poco vendedora, un poco psicóloga, un poco confidente y, a menudo, un poco cronista de la ciudad. Sabe más cosas del barrio detrás del mostrador que detrás de muchos despachos.
Somos lo que comemos, lo que bebemos y también somos donde compramos. Cada vez que compramos en el comercio de proximidad, estamos decidiendo qué barrio queremos. Si queremos calles con vida o calles convertidas en simples lugares de paso. Si queremos saber quién nos vende el pan, los libros, la ropa o el vino. Si queremos seguir saludándonos por la calle. Porque detrás de muchas de las persianas que todavía se levantan cada mañana, hay una mujer que ha dedicado una vida entera a sostener muchas otras. Y yo, cuando pienso en todas ellas, pienso en mi madre. Y me siento profundamente orgullosa de ser hija de una tendera.
