Me da la impresión de que cada vez se verá más claro que Pedro Sánchez es un tapón para todo el mundo, incluso para la Unión Europea, más que un estabilizador de la democracia española o un político reformista. Es verdad que Franco también era una solución provisional para poner orden y que se pasó casi 40 años, trabajando para estabilizar España. Catalunya no empezó a superar la dictadura hasta el año 2000, cuando se empezaron a publicar los primeros libros de periodistas de antes de la guerra, y las generaciones educadas en catalán empezaron a salir de la universidad. 

Los políticos catalanes, traumatizados de ver el área metropolitana hecha un Hiroshima cultural, creían que los periodistas de antes de la guerra hablaban de un país perdido y trataban de hacer un poco de folclore de ello, pero pronto se vio que su manera de conectar con el mundo era más actual que la de las momias que ocupaban las tribunas. El procés salió de un cambio cultural profundo, histórico, más que de una crisis económica, como dice la propaganda. Por eso los indignados, que eran tan idealistas, acabaron instalados en ministerios, mientras que los políticos catalanes, tan pragmáticos y miedosos, fueron a la cárcel.

Si Catalunya se hubiera rendido, o el procés hubiera sido una simple pantomima, en Madrid ya haría tiempo que habría un gobierno del PP sostenido por Laura Borràs, como querían mis amigos Salvador Sostres y Bernat Dedéu hace unos años. Pero un país no puede dejar de existir, ni puede olvidar su historia, porque lo diga una Constitución o una directiva de Bruselas, o porque lo conviertas en una prisión llena de inmigrantes. Sánchez difícilmente encontrará el momento de retirarse, porque cada vez estará más presionado por los jueces y cada vez tendrá más margen para defenderse hurgando en la herida catalana.

España solo podrá girar página del 1 de octubre cuando deje que los catalanes sean tan catalanes como quieran o los vuelva a traumatizar con una guerra más salvaje que la del siglo XX

España solo podrá girar página del 1 de octubre cuando deje que los catalanes sean tan catalanes como quieran o los vuelva a traumatizar con una guerra más salvaje que la del siglo XX. Los intentos de fingir que Catalunya es un país libre y que España ha completado el proceso democrático que se inició en 1978, no tienen ningún futuro. Acabarán, como la gesticulación de los indignados, con un rebote hacia el otro lado, es decir, hacia la nostalgia de la dictadura y el antieuropeísmo. La carta de la inmigración no tendrá el mismo efecto que hace 50 años: las masas han perdido poder político, y Franco y los primeros gobiernos del PSOE podían usar a los inmigrantes como colonos; la gente que llega ahora solo puede ser utilizada para provocar desórdenes públicos.

Sánchez hace que España parezca un país democrático y europeo porque la mayoría de sus apoyos políticos y propagandísticos salen del mundo barcelonés, pero comprar títeres catalanes solo sirve cuando tienes a la población demasiado acojonada para pensar. La cultura castellana, igual que la demografía de Castilla, se ha ido debilitando a remolque de la obsesión de Madrid por controlar Catalunya, y eso, lejos de estabilizar a España, la hace más débil e inestable. De momento, Sánchez parece muy inteligente porque se alimenta de los problemas de todo el mundo, incluso de los problemas de los americanos, pero la geopolítica también lo irá poniendo contra las cuerdas, igual que la extensión del conflicto catalán en Valencia y en Mallorca. 

Los intereses de Madrid no pasan por Europa igual que pasan los de Barcelona, y esta contradicción cada vez será más difícil de tapar polarizando el debate político entre la izquierda y la derecha. Para Sánchez y la izquierda de Madrid, el europeísmo es una estrategia —a veces una táctica para hacer saltar a la comba a los catalanes—, mientras que para Barcelona es una realidad estructural. En este sentido da un poco de pena ver al PSC ayudando a engendrar monstruos, repitiendo la historia como si fuera el día de la marmota. Sánchez es pan para hoy y hambre para mañana. Favorece que todo el mundo reduzca lo que debería ser una gran batalla intelectual y política por España a una simple batalla sectaria y miserable por Madrid. 

Ante el 1 de octubre, España se ha refugiado en una de esas huidas quijotescas que pervierten las instituciones y envenenan las disputas y los problemas de sus pueblos. La democracia es el único capital simbólico que el Estado aún puede fosilizar sin desentonar ante Europa. Mientras en buena parte del continente se administra el final de un orden político, aquí se esfuerzan por retomar una continuidad histórica, por conectar con un pasado prohibido. Sánchez no podrá disimular que también en este aspecto vamos mal acompasados con las dinámicas del mundo castellano. Si en algún lugar de Europa se piensa fuera de los circuitos amortizados del mundo menguante, es entre la gente que escribe y habla en catalán.