El alcalde de Barcelona ha ido a Nueva York y se ha reunido con Zohran Mamdani, alcalde de la ciudad y estrella emergente de la izquierda altermundialista. Jaume Collboni debe de pensar que hacerse la foto junto a él le da votos y le ayuda a fagocitar el terreno electoral de los Comuns. Yo pienso que la bolsa de votos de un candidato, a veces, es como una manta; si te tapas los pies, te queda la cabeza al descubierto, y si te tapas la cabeza, te salen los pies por debajo. Por eso creo que hacerse la foto con un político tremendamente populista como Mamdani quizás va a atraer a algunos exvotantes de Ada Colau, pero seguro que hará desertar a algunos votantes socialistas moderados. Pero Collboni no tiene suficiente con una foto al lado de Mamdani y quiere copiarle alguna medida, como por ejemplo la apertura de supermercados públicos. Otras propuestas, como la gratuidad del transporte público que prometió Mamdani, parece que no le convencen. En Tallin, la capital estonia, todos los residentes tienen el bus y el tranvía gratuito, pero su alcalde es conservador y Collboni no debe de querer hacerse ninguna foto con él ni copiarle ninguna iniciativa. Por si las moscas.

El recuerdo más antiguo que tengo de los supermercados públicos me evoca larguísimas estanterías vacías de productos y largas colas en las calles de la Unión Soviética. Eran los famosos Gastronom y Universam, donde los planificadores económicos soviéticos preveían emular los supermercados occidentales. Los clientes no faltaban, pero el producto era escaso y, muy a menudo, inexistente. El socialismo científico ni era social ni era científico; era miseria. Por eso, desde siempre, la gente huye de los países socialistas: de la RDA, de Venezuela, de Cuba o de Corea del Norte. La gente quiere supermercados de verdad, donde la rebaja del precio viene fijada por la competencia y el criterio de los clientes, no por unos burócratas del partido único que planifican la economía a cientos de kilómetros de distancia mediante planes quinquenales. Los Excels lo aguantan todo; las estanterías de los supermercados, no.

Si el alcalde quiere ayudar a la gente de Barcelona a la hora de comprar, no tiene que abrir supermercados públicos ni hacer políticas asistencialistas; tiene que trabajar para que la gente no pierda poder adquisitivo

Por lo tanto, es evidente que la cosa no funcionará correctamente porque los precios estarán subvencionados para conseguir que sean más baratos. Si a estas alturas el problema es que los agricultores y ganaderos cobran poco, ¿cómo van a cobrar más si el supermercado tiene precios aún más económicos? ¿Qué empresas querrán vender sus productos rebajados? ¿Serán aún más rebajados que los supermercados privados más baratos? Demasiadas preguntas para una medida tan populista. Además, el Ayuntamiento de Barcelona estará haciendo competencia desleal contra el comercio de la ciudad, un sector al que dice querer proteger. No creo que el comercio de barrio, los ejes comerciales o las grandes superficies hayan recibido la propuesta con alegría; más bien al contrario. El comercio de barrio, que es el que yo utilizo, ya tiene bastantes problemas y dificultades como para que ahora el Ayuntamiento de Barcelona abra una tienda más barata a su lado y financiada con nuestros impuestos. Y después de los supermercados, ¿qué? ¿Se abrirán también bares y restaurantes públicos? Dejémonos de inventos. Si el alcalde quiere ayudar a la gente de Barcelona a la hora de comprar, no tiene que abrir supermercados públicos ni hacer políticas asistencialistas; tiene que trabajar para que la gente no pierda poder adquisitivo y tiene que fomentar el comercio local y justo. No tiene que hacer la competencia a los comerciantes con el dinero de todos.

Por suerte, creo que la mayoría de las personas ya hace tiempo que nos afeitamos y sabemos que es altamente improbable que alguna vez veamos un supermercado público en nuestra ciudad. No hay que ser muy espabilado para deducir que un anuncio como este, a menos de un año de las elecciones municipales, no es otra cosa que un cebo electoral para los votantes menos cultivados. El propio Mamdani sabe perfectamente que su plan es inviable, más allá de ser un artefacto electoral. Por eso, durante su mandato, abrirá solo un supermercado público en cada uno de los cinco barrios de Nueva York: Bronx (en el año 2027), Manhattan (en el año 2029), Brooklyn, Queens y Staten Island (estos tres ni siquiera tienen fecha prevista de apertura). Si tenemos en cuenta que en Nueva York viven más de ocho millones de personas, toca a un supermercado público por cada millón y medio de personas. Impacto real sobre el fondo del problema: cero. El coste inicial de la medida será de 70 millones de dólares, que pagarán los contribuyentes de la ciudad para dar cumplimiento a una propuesta electoral. En definitiva, un buen engaño para los votantes de Mamdani y para sus imitadores acríticos en todo el mundo, entre ellos nuestro alcalde.