El Jurásico, la época de magníficos dinosaurios, siempre nos ha atraído. ¿Quién no ha soñado con hacer realidad un viaje en el tiempo, o vivir en persona las aventuras de Parque Jurásico? En muchos museos de ciencias naturales, la sala que expone los esqueletos fósiles de dinosaurios, sobre todo los más grandes y poderosos, sea el tiranosaurio, el alosaurio o el braquiosaurio, es la que tiene más demanda, con familias enteras admirando estos magníficos restos. Steven Spielberg no solo exploró la aventura mezclada con la ciencia ficción en la primera adaptación de la famosa novela homónima de Michael Crichton, sino que también ha producido la miniserie The Dinosaurs, con un enfoque más documental y científico, para Netflix. Narrada por la poderosa y sugerente voz de Morgan Freeman, además tiene una excepcional "banda sonora natural". Los sonidos de la naturaleza de las selvas jurásicas no son una invención de diseñadores de sonido, sino que proceden de una recreación científica: de hecho, los sonidos de los insectos que se superponen al sonido del agua y animales muy grandes son recreaciones sonoras a partir de alas fosilizadas de insectos de hace 165 millones de años (pueden escuchar el audio en este enlace a un artículo periodístico de la revista Science, y también en este enlace a YouTube).
Los científicos detrás de este hito han publicado el artículo esta semana en PNAS. ¿Cómo lo han hecho para saber cómo sonaban estos insectos extinguidos? El sonido no fosiliza, pero sí que puede fosilizar la anatomía del animal que lo produce. Los órganos fonadores de los mamíferos, las aves o los lagartos y dinosaurios son blandos y no se conservan en los fósiles, salvo algunas excepciones. En cambio, en insectos como grillos y otros, con un exterior duro de quitina, el fósil puede conservar la forma. Las alas de estos insectos son órganos de estridulación, es decir, las alas tienen un borde serrado con proyecciones o dientes diminutos, de forma que pueden rascar un ala sobre la otra, haciendo vibrar y sonar el ala. Cuando oís grillos o cigarras una tarde de agosto, son las alas de estos animales rascando y vibrando. Pues bien, en un yacimiento que se encuentra en la actual Mongolia Interior, los científicos analizaron 20 fósiles de nueve especies coetáneas, midiendo la longitud y el espaciado de estos dientes, más el tamaño de la superficie que puede vibrar y resonar, para inferir el tono y la estructura del canto de estos insectos jurásicos. Esta inferencia la pudieron hacer validando los modelos biomecánicos en insectos vivos, midiendo con láseres la vibración de las alas y con simulaciones con algoritmos de inteligencia artificial para estimar el ritmo de repetición de las unidades sonoras. Evidentemente, no podemos saber ni el ritmo ni si había una armonía en el canto, porque esto lo determina el sistema nervioso y el movimiento del ala, pero sí que se puede saber qué tono y qué frecuencia. Curiosamente, detectan que algunos de estos insectos emitían ultrasonidos, justo por encima del oído humano, lo cual constituye el registro más antiguo conocido de comunicación con ultrasonidos en animales. Muchos cantos eran tonos puros: silbidos agudos y nítidos o bips, no zumbidos rasposos.
Una sinfonía de tonos donde cada especie de insecto y otros animales buscarían su frecuencia acústica de comunicación, para no confundirse con la de los otros y evitar ser identificados por especies depredadoras
Esto ha sorprendido a los investigadores, ya que se creía que la producción de ultrasonidos en los insectos fue producida por la presión evolutiva de los murciélagos (la mayoría de los cuales son insectívoros), pues así los insectos se podían comunicar y buscar hembras, escapando más fácilmente de sus depredadores. Pero los murciélagos surgieron unos 100 millones de años más tarde. Los autores proponen que los mamíferos primitivos ya escuchaban a escondidas los cantos de cortejo de los insectos de los que se alimentaban, e imaginan una especie de "carrera de armamento" acústica: cantos más puros y agudos para ser más difíciles de localizar, oído de los insectos evolucionando en paralelo y competencia por canales de frecuencia libres que dividía la noche jurásica en nichos acústicos. No sería una cacofonía, sino una sinfonía de tonos donde cada especie de insecto y otros animales buscarían su frecuencia acústica de comunicación, para no confundirse con la de los demás y evitar ser identificados por especies depredadoras.
Me parece espectacular que podamos oír los sonidos recreados del jurásico, pero igualmente espectaculares son los sonidos de la naturaleza actual, que pocas veces escuchamos. Salimos al campo o al bosque y charlamos o hacemos ruido y rara vez nos dedicamos a escuchar el mundo que nos rodea. Quizás por eso me pareció especialmente poético el premio de colegiada de honor de este año otorgado por el Col·legi Oficial de Biòlegs de Catalunya, Eloïsa Matheu, premiada por su dedicación a grabar los sonidos y cantos de pájaros y animales. Os recomiendo mucho que vayáis a su página web, donde podréis encontrar los sonidos de los animales en medio de su ambiente natural, desde la selva de Borneo con los gritos de los orangutanes, los cantos de diferentes aves en los bosques de varios lugares del mundo, o sencillamente el sonido de las ranas o de los pájaros a la salida o la puesta de sol de nuestros bosques pirenaicos o en una laguna perdida lejos de la ciudad. Navegad un rato y escuchad en silencio los sonidos de la naturaleza.