El golpe judicial y policial al referéndum del 20 de septiembre fue un punto de inflexión. Desde la irrupción de la Guardia Civil, armada hasta los dientes, hasta el acuartelamiento de Oriol Junqueras evidenciaron que el Estado iba a todas. Si alguien tenía alguna duda de qué quería decir Mariano Rajoy, presidente del Gobierno, cuándo sentenciaba "el referéndum no se va a celebrar. Ni urnas, ni papeletas", las imágenes y las detenciones lo clarificaron rápidamente.

No fue un golpe menor a la logística. Algunas de las detenciones fueron bien estridentes, querían intimidar, generar pánico. A Josep Maria Jové, secretario general de Vicepresidencia, lo asaltaron literalmente, lo secuestraron, en la carretera. Su detención corrió como la pólvora. La suya y la de los otros detenidos, como Lluís Salvadó, secretario de Hacienda. Incluso se llegó a dar por detenido Pere Aragonès, entonces secretario de Economía.

Algunos periodistas, bien informados, le cantaron los responsos al 1 de Octubre, el mismo 20 de septiembre a primera hora. Enric Juliana, delegado de La Vanguardia en Madrid, fue muy contundente y exigió al Gobierno de Catalunya que admitiera públicamente que el 1 de Octubre se había acabado. Tanto tiempo en Madrid tiene esas cosas. La desconexión entre aquello que se dice en los despachos de la metrópoli y aquello que se vive en territorio comanche. Buen profesional (el rotativo decano de Barcelona es un gran diario) que como vidente no se ganaría la vida.

La reacción ciudadana fue espectacular. Todo el mundo lo pudo ver. ¿Pero como se vivió en el Palau y en la Vicepresidencia? El Gobierno se parapetó tras los muros góticos de plaza de Sant Jaume. Y prácticamente no se movió. Había miedo a nuevas detenciones. Incluso que se asaltara el Palau. El presidente Puigdemont tenía razón de estar asustado. Él mismo y sus colaboradores más próximos no habían dejado de especular con un asalto al Palau con helicópteros de la Guardia Civil, entrando por el Pati dels Tarongers, que se llevarían al presidente. La paranoia hacía días que vivía instalada en el Palau.

El único miembro del Gobierno que se decidió a abandonar el Palau para ir a Vicepresidencia fue Oriol Junqueras. Y lo hizo a pie, a primera hora de la tarde, atravesando la multitud entre aplausos y vivas. Sólo entrar en el edificio ya tuvo un primer encontronazo con el principal responsable del operativo que le cerró el paso advirtiendo 'aquí mando yo' a quién Junqueras respondió: "No, quien manda soy yo en este edificio que soy su titular y soy el vicepresidente". Junqueras conversó con todo el equipo de la planta sexta y dio ánimos y calor a todo el personal que hacía horas que convivía con uniformados y agentes de paisano del instituto armado. Al bajar, a pie de calle, dirigió unas palabras a los congregados y de aquí partió a las dependencias de Hacienda donde tenía que encontrar, detenido, a Lluís Salvadó, custodiado por la Benemérita.

Superar el golpe del 20 de septiembre fue posible por aquella respuesta ciudadana de primera hora que hizo reavivar un ánimo golpeado por el miedo y por la caída de alguna de las personas clave en la logística. Y, sin duda, por la existencia de un mando único que operaba autónomamente. Sin la creación de este nos habría sido inviable el 1 de octubre. Pero como en todas las coyunturas clave también hacen falta personas que den un paso adelante, personas que tiren del carro cuando este se ha embarrancado. En este caso, una mujer, Marta Rovira, cogió las riendas. Ella, por encima del miedo ue había atemorizado a propios y extraños, recuperó el temple colectivo. "¡Venga!", nos dijo. Encima de sus hombros se asentó el día después.

Marta Rovira, con Oriol Junqueras, subraya en el Tornarem a vèncer la importancia de este mando único, cosa que contrasta con la amnesia selectiva, el mesianismo y el rencor de otros libros cautivos de la egolatría. Rovira puede hablar con autoridad, fue el alma de la recta final del 1 de octubre y del esfuerzo colectivo y solidario de un estado mayor eficaz y transversal, cohesionado en torno a la voluntad de celebrar la votación democrática.

Hay muchas lecciones a aprender de aquellos días. De las más trascendentes: cuando hay un objetivo compartido, una lucha compartida, que cohesiona un grupo dirigente y conjura a la ciudadanía, la fuerza resultante es muy poderosa y hasta imbatible. Por el contrario, una lista electoral ni siquiera cohesiona a las personas que integran el Gobierno.

Los grandes retos no son fruto de la improvisación, ni de generación espontánea. Son la suma de una inteligencia táctica y estratégica y de la acumulación de fuerzas subiendo la bandera democrática y la fuerza de la razón hasta la extenuación. Es así y no de ninguna otra manera que se construyó el 1 de octubre y que aquel 20 de septiembre, en lugar de ser el certificado de defunción que exigían algunos periodistas, fue todo un revulsivo.

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