Lo saben perfectamente. No solo los expertos del sector, que mayoritariamente han considerado que el papelón de los decretos no habría resuelto nada, sino al contrario, habría podido empeorar la situación. No solo la gente de Junts, que lleva meses intentando un acuerdo de largo alcance sobre el tema de la vivienda, y que se sintió estafada cuando leyó los textos de los decretos…

No. Los que lo saben de verdad son ellos, los que ahora mandan. Lo sabe el ministro Bustinduy, que ha salido como un energúmeno asegurando que "los nombres de los diputados del 'no' estarán grabados detrás de cada desalojo", él, que forma parte de un Gobierno bajo el cual ha habido 275.000 desahucios. Lo sabe la vicepresidenta Yolanda Díaz, que tachó a Junts de "racista y clasista", a pesar de que en ocho años de Gobierno "progresista" no han sido capaces de perpetrar ningún proyecto mínimamente sólido. Lo sabe la ministra Mónica García, que tacha a Junts de "enemigo público de la clase trabajadora", tal vez desde su ático lujoso en el barrio del Retiro. Y lo saben los compis de la partida, como Ione Belarra, que habla de "traición al pueblo", o incluso Rufián, si bien en este las declaraciones parecen más cercanas a la barra de bar que al mostrador de la política.

Lo saben todos. Pero quien más lo sabe es Pedro Sánchez, el "director del espectáculo", en la precisa definición que ha hecho de él Carles Puigdemont. Sabe que los decretos eran fake, que habían surgido precipitadamente de la varita mágica del oportunismo, sin ninguna capacidad de frenar el problema ni de encontrar una solución sostenible. Y sabe que los decretos no detenían los fondos buitre, que no presentaban una fiscalidad favorable ni a la compra, ni al alquiler, que dejaban la carga de la vulnerabilidad sobre los propietarios, que había invasión de competencias. Es decir, Sánchez sabía perfectamente que Junts no podía votarlos, porque en la Catalunya donde el pequeño propietario representa el 95% del sector, eran inasumibles.

En dos días le ha dado la vuelta de tal manera a la situación que ha conseguido que él, que tiene todo el poder, no sea responsable de nada, y que Míriam Nogueras, que solo intenta defender a sus votantes, sea la cara perversa de la especulación y la riqueza

Y, sin embargo, los forzó en un consejo extraordinario y los presentó, lo que demuestra hasta qué punto no le movían ni el drama humano ni el espíritu de servicio público, sino los intereses de partido y de poder, en busca de un cebo electoral que le diera oxígeno. Y para este objetivo, tenía más valor perder la votación que ganarla, no en vano ganarla no habría resuelto nada del problema, pero perderla le otorga un relato (la defensa de los vulnerables), un chivo expiatorio (Junts y la derecha pérfida), una coartada (desviar el foco de las miserias que arrastra) y un motor poderoso (la indignación ciudadana). Decida ir a elecciones ahora mismo, o en pocos meses, ya ha conseguido imponer el relato del rico y el pobre, del propietario y el inquilino, del buitre y el humilde, es decir, ha dibujado el escenario del debate político en los términos que más domina: simplismo, maniqueísmo y exaltación de la demagogia. Y lo hace practicando el ejercicio más bestia de cinismo que se ha visto en política: hacer olvidar que lleva años teniendo la llave del poder, que los primeros cuatro gobernó con los del 15M (los del Sol de ahora), que en todo este tiempo no ha creado vivienda social, ni ha parado los desahucios, ni ha planteado ningún gran pacto para resolver el problema.

Muy al contrario: en sus ocho años de mandato, la vivienda ha pasado de ser la decimosexta preocupación de los ciudadanos a ser la primera. Y a pesar de esta desidia y esta manifiesta ineptitud (que en Catalunya se ha repetido con la misma tozudez), ahora pretende convertirse en el paladín de la vivienda, transformando a los que no le compran sus mentiras en los culpables del drama. En dos días le ha dado la vuelta de tal manera a la situación que ha conseguido que él, que tiene todo el poder, no sea responsable de nada, y que Míriam Nogueras, que solo intenta defender a sus votantes, sea la cara perversa de la especulación y la riqueza.

Es delirante y es malvado. Sobre todo porque pivota sobre un drama social real que solo puede ir a peor. Pero para arañar votos, arrasarán con todo: sacudir la calle, remover las vísceras, usar los dramas humanos en favor del único objetivo que les motiva: el dominio del poder. Y ahora ha encontrado el relato perfecto que lo devorará todo: los escándalos de corrupción, los líos de la familia, la caída a los infiernos del gurú Zapatero, la crisis geopolítica, migratoria y humana de Ceuta, el uso de las cloacas… Todo enterrado bajo las tiendas y los gritos de los acampados de Sol: la espoleta perfecta para la amnesia colectiva.

¿Saldrá airoso? No parece probable, porque la inutilidad de su gobierno y el desastre de la legislatura son monumentales. Pero hay que desconfiar del enorme poder de la demagogia, que nunca se mueve en el terreno de las ideas, sino en el de la rabia y el impulso primario. Y en esto, Sánchez es un maestro.