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Los martes a las nueve de la noche, el primer canal de la televisión pública noruega emite en directo el programa Debatten ('El debate'). La semana pasada trató la cuestión de la inmigración, y el presentador, Steinar Suvatne, empezó su primera intervención así: "Ahora los políticos quieren obligar a los inmigrantes a aprender la lengua, y los recién llegados deberán prometer que serán tan noruegos como lo desee el conjunto de la sociedad. No bastará con estudiar y trabajar para integrarse del todo, y si los que vienen no son lo bastante noruegos, se les retirarán las ayudas económicas. Puestos a ello, ¿por qué no aprobar un paro total de la llegada de inmigrantes?".

El programa trató sobre todo dos cuestiones: el control social sobre las chicas en los ambientes de religión musulmana y la explosión de las bandas criminales organizadas ligadas a la inmigración. La ministra de Trabajo e Inclusión, Kjersti Stenseng, del partido laborista, hizo unas declaraciones que al día siguiente saltaron a los titulares: "Hemos sido demasiado ingenuos, y también muchos políticos de los demás partidos. Hemos subestimado la dificultad de tener éxito con la integración. A muchos les va muy bien, pero nuestra tarea como políticos es abordar lo que no funciona. Hay demasiadas personas que no trabajan ni participan en la vida comunitaria, y también que hablan mal el noruego". Esto, repito, lo dijo una ministra socialdemócrata.

Al día siguiente, el programa La Revuelta, del primer canal de la televisión pública española, tuvo como invitados a los políticos Irene Montero (Podemos) y Gabriel Rufián (ERC) después del pacto que establecieron en Catalunya. El presentador, David Broncano, decidió preguntarles por la inmigración. Como no veo nunca el programa, no sé si es un señor que se embarulla cuando habla, pero lo dijo así: "¿Cómo aborda la izquierda a nivel local y a nivel mundial, cómo aborda… las crisis migratorias, y cómo aborda esto?… Eh… ¿Cómo se puede hacer para que la izquierda hable de problemas derivados de la inmigración sin caer en la xenofobia, pero sin caer en un complejo discursivo, digamos, por lo que siempre ha sido la izquierda respecto a esto? ¿Cómo se pueden abordar cosas que preocupan a la gente sin caer en la xenofobia pero que se pueda hablar del tema?".

Irene Montero tomó la postura totalitaria de expulsar una cuestión capital del debate democrático

La respuesta de Montero fue inmediata: "Preocupa a la gente porque hay políticos que, muy irresponsablemente, les dicen que esto es un problema". Y acto seguido mencionó a los ucranianos y venezolanos que han llegado en los últimos años. "Están comprando el barrio de Salamanca. Con ellos no hay problemas de gestión, de espacio, de convivencia. Entonces, quizás lo que hay es un poco de racismo". Broncano insistió en que hay gente que ve la inmigración como un problema, pero Montero afirmó que el único camino era poner más servicios públicos, y a continuación atacó los beneficios de las empresas de alimentación.

La cara de Rufián lo decía todo, atrapado entre el discurso que quería dar y la necesidad de no dejar a Montero en evidencia. "Es un marco que la derecha y la ultraderecha han conseguido imponer, creo que se debe competir en este marco y decir cosas muy claras desde la izquierda, aunque incomoden. La primera es que es un reto innegable que miles de personas lleguen a los barrios". Broncano asintió, pero Montero los cortó: "Yo no estoy de acuerdo, chicos". Y jugó la carta del moralismo: "Estás criminalizando. Hay una falta de humanidad en tratar a una persona que no conoces de nada como jamás tratarías a quien tú más quieres".

Primero de todo, un detalle: ninguno de los tres era capaz de decir con comodidad la palabra inmigración, y al final la sustituyeron por "el tema" o, incluso, "esto". Rufián y Broncano parecía que midieran cada palabra, como si tuvieran miedo de ser cancelados al día siguiente, y la gesticulación era muy tensa.

Al final, sin embargo, fueron silenciados por la posición totalitaria de Irene Montero. Es imprescindible describir así su actitud, la misma de la gente que proclama que "hablar de fronteras es racista". La inmigración —como la educación, la defensa o las infraestructuras— forma parte del debate democrático y todos los ciudadanos tienen derecho a expresar su opinión, con todo el abanico de opiniones: desde los que quieren abolir las fronteras mundiales hasta los que creen que no debería entrar ningún inmigrante más (posición que, según muchas encuestas, defiende el 60% de los europeos).

Irene Montero se encaramó a la atalaya de la superioridad moral para determinar de qué se puede hablar y de qué no. Y lo hizo con un desprecio total hacia los ciudadanos, que solo hablan de "problema" porque se han dejado manipular por la extrema derecha. Su discurso, además, ya sabemos a quién beneficia: a las grandes patronales que quieren la entrada constante de mano de obra barata, y a los activistas de izquierdas que necesitan nuevos pobres para alimentar el tercer sector. En cambio, es terriblemente destructivo para la clase trabajadora.

El caso de Montero no es único, y en Catalunya tenemos mucha gente que hace lo mismo, imponer la censura según unas convicciones morales que no van más allá de la opinión personal, y que a menudo esconden unos intereses despreciables. Como ya he escrito en otras ocasiones, somos un país sin debates en el que, ante la acción controladora del poder, la única salida es contar miserias personales. Yo, por mi parte, prefiero la manera como construimos los debates públicos en Noruega: abiertamente, en presencia de todo el mundo y, sobre todo, tratando a los ciudadanos como los adultos que son.