¿Resucitaremos? Estos días nos lo podemos volver a plantear, porque parece que es la pregunta del millón. Me diréis que obviamente no, porque nadie conocido lo ha hecho. Nadie que haya muerto de verdad ha vuelto a la vida. La resurrección está reservada a los dioses del imaginario humano. Al menos, sobre esto estaremos todos de acuerdo. No resucitaremos como personas humanas tal como nos definimos. Hay quien defenderá —yo entre otros— que con Lázaro tenemos un precedente. Pero más allá de los textos evangélicos, parece que no tenemos mucho que discutir. Por lo tanto, podemos ir directamente del Jueves Santo al martes cotidiano y saltarnos toda la celebración de la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Y con esta idea os podéis saltar también el resto del artículo. O quizás podéis echar un vistazo a la resurrección de Jesús con cierta curiosidad hacia el mito de Occidente mejor trabado. Pero no os quiero hablar del mito de la resurrección. Solo de algunas ideas sobre la resurrección que no dejan de obsesionarme.

María Magdalena —según el evangelio de Marcos— sale corriendo del sepulcro, aterrorizada, cuando ve que Jesús no está. No me extraña. Imaginémonos conviviendo con alguien, acompañándolo en sus aventuras vitales, desafiando reglas y dogmas, hablando de amor a todas horas y ver, finalmente, cómo el amado acaba crucificado hasta la muerte. Y, de repente, cuando solo quieres cumplir algunos rituales de entierro, ¡te encuentras con que no está! En su lugar, un extraño personaje te anuncia que ha resucitado. La reacción lógica es salir por patas del sepulcro con un susto monumental. No, no podemos pensar en la resurrección como una posibilidad. Ni por la de Jesús, el hombre-Dios. Seamos honestos. Nos sobrepasa. La primera idea, pues, es que no puedo pensar en la resurrección sin salir corriendo.

Es en Galilea, en casa de cada uno, donde debemos vivir a la luz de la plena resurrección

Una vez decidido a no pensar en ello, puedo empezar a fabular. Dejo volar la imaginación y me veo compartiendo los recuerdos de mis muertos. Esto, cuando ya ha transcurrido un tiempo, cuando el dolor se vuelve añoranza, es muy agradable. Puedo pensar en ellos de nuevo como si los pudiera volver a ver al día siguiente. Mosén Ballarín contaba, en una imagen muy bonita, que, cuando decía misa, lo hacía imaginándose rodeado de sus muertos: padres, familiares y amigos. Los hacía presentes en la oración. También se pueden hacer presentes en los sueños o simplemente en el corazón. ¿Resucitarán? ¿Los volveré a ver? ¿A tocar? Cuando pienso en ellos, los tengo muy cerca. Nunca los he dejado de amar y siempre están ahí. ¿No los estoy resucitando un poco cada día? La segunda idea es que puedo hacer presentes a mis queridos ausentes por su dulce recuerdo. Puedo hacer que resuciten un poco.

La tercera idea me viene cuando dejo de pensar y me sorprendo con el misterio de la vida. Es una idea de resurrección que no puedo definir, que no puedo entender. Es cuando la trascendencia se me acerca sin que yo lo pueda evitar. Cuando bajo la guardia de la razón y se me lleva la niebla de la madrugada. Cuando la luz difusa de la luna me desinfla el ego. Cuando mi nieto llama a cualquier forma de cruz “Padre nuestro” porque le gusta la canción del Padre Nuestro que cantamos delante de la cruz. Cuando el "Let it be" se convierte en un himno de gloria a la vida. O cuando con los amigos brindamos por un cumpleaños. Existe el misterio de Dios que solo se puede entrever con otra forma de mirada, la que solo contempla un rincón de infinito, que solo escucha una nota de la sinfonía de la vida. El misterio infinito de la vida me acerca a la idea de resurrección, de la eternidad.

Dejo para el final la última idea que me obsesiona: Galilea. En el fragmento final del pasaje del sepulcro de Marcos, hay un anuncio muy especial: una especie de ángel explica que verán a Jesús en Galilea. Y explícita: “Va delante de vosotros a Galilea”. Galilea es el mundo, nuestro mundo. Es en nuestro mundo donde pasan cosas, donde tenemos la medida de lo que hacemos y de lo que somos. Es en nuestro mundo donde está el que ha resucitado. Cerramos el círculo de la resurrección el martes, no el lunes. Es en Galilea, en casa de cada uno, donde debemos vivir a la luz de la plena resurrección. Es en la vida, en el día a día, donde resucitamos más allá de la fe que nos acerca más o menos a la trascendencia de nuestro ser, al misterio de Dios. Un día a día en el que somos llamados a vivir y a morir, en el que resucitamos siempre que quienes nos aman nos recuerdan, y en el que el misterio de Dios nos envuelve, aunque a menudo nos quedemos a las puertas del sepulcro sin querer comprobar que Jesús ya no está.