Los franceses se han organizado. El auge de las ideologías de extrema derecha ya no se ve como simples "fluctuaciones políticas" o como "la ley del péndulo". Son un peligro. El radicalismo amenaza los fundamentos sociales y de una humanidad compartida. Y sus tentáculos son poderosos. Pero, como los pulpos, también son resbaladizos. La extrema derecha ya no se mueve solo a la derecha. Ha manchado otros espacios, incluso de centro. Adopta formas identitarias y se vuelve excluyente y agresiva. Además, ha encontrado en algunos pliegues de las religiones una madriguera donde moverse sigilosamente. La instrumentalización de las religiones es un caramelo para quien quiera nostalgias autoritarias. Se atreven a cuestionar el derecho internacional, institucionalizan la xenofobia y, como explica el periodista Laurent Grzybowski en SaphirNews, "caen en el antisemitismo, la islamofobia, las teorías de la conspiración, el revisionismo histórico, el machismo, el supremacismo, la negación climática y el deseo de aumentar el presupuesto militar".
La extrema derecha ya no se mueve solo a la derecha: ha manchado otros espacios, incluso de centro
Grzybowski es el fundador del grupo interreligioso Agir por la fraternité y ha organizado un encuentro interreligioso en Bretaña, en la abadía de Saint-Yagu-an-Enez, para poder resistir "por fidelidad a las fuentes de nuestras tradiciones espirituales y humanistas". El coloquio se ha planteado ante la preocupación por fenómenos que amenazan "los principios sobre los que se basan nuestras sociedades, especialmente en el ámbito de los derechos humanos". Ante esto, las tradiciones religiosas, cualesquiera que sean —judaísmo, cristianismo, islam, budismo, hinduismo, sabidurías asiáticas—, así como el humanismo laico, deberían convergir en un punto: "La exigencia absoluta de respetar el principio de fraternidad y la dignidad de cada ser humano. El respeto a la vida humana, el rechazo a la exclusión y a todas las formas de discriminación, la preocupación por la paz, la llamada a la justicia y a la verdad, no son negociables". Decidir reunir a tradiciones religiosas y personas preocupadas por resistir no es fruto de una lucha accesoria, sino un momento para ver cómo pasar de la denuncia a la acción, y cómo movilizar a los ciudadanos, creyentes o no. Se mueven entre no desesperar, mantener una "alegría militante" y lo harán con teólogos, politólogos, tejido asociativo, debates, talleres temáticos y momentos espirituales que hacen de este inédito encuentro un modelo a replicar. Rezar, meditar y pedir el auxilio divino es necesario, pero interno. Para implicar a la ciudadanía se necesita alguna acción más allá de las fronteras que a menudo las religiones se marcan, cuando se olvidan de su sentido etimológico: tienen que religar, religare. Y religar no es ahogar, ni hacer lazos naïfs. Es vincular, también a quien no cree, en luchas compartidas.