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Acostumbramos a decir que el verano, quién sabe si porque los cronistas y los políticos están tostándose en la playa, es un desierto de noticias. Yo también caí en este tópico durante muchos años, pero últimamente, y gracias a la llamarada climática (que nos escalda la conciencia hasta dejarnos medio dementes), diría que, precisamente a causa del hecho de que todo Dios baja un poco la guardia, los meses de canícula son especialmente fructíferos a la hora de conocer mejor la escurridiza naturaleza del poder. Fíjense, por ejemplo, en esta obra maestra performativa que ha urdido el Govern en ocasión del último eclipse total de sol, un acto muy bonito de la naturaleza que la instancia más alta del país decidió inaugurar —talmente como si el movimiento de los astros fuera la Feria del Turrón— y que el mismo presi 133 nos recomendó "disfrutar con responsabilidad", como si, por consecuencia lógica, existiera una forma "irresponsable" de festejar los valses planetarios, quién sabe si mamando litros de ratafía o visitando el putiferio más cercano.

En casa entendemos muy bien que la administración tenga la osadía de apoderarse incluso de las maravillas visuales que nos regala la Madre Naturaleza, pero diría que resulta muy sintomático que la administración pretenda fardar de haber gestionado como Dios manda la sincronía de los astros, y más aún si pensamos en el desbarajuste posterior en términos de movilidad ciudadana (un caos ferroviario sobre el cual, con un sentido del humor casi británico, el secretario para la Mobilitat i Infraestructures del Departament de Territori, Habitatge, Transició ecològica y Aguántame el cubata, Manel Nadal i Farreras —ay, los apellidos...—, se limitó a decir que sí, que quizás les había fallado la comunicación y que sí, ¡que quizás también había pocos trenes!). Al Govern quizás habría que haberle exigido un poco más de modestia, pues después del vodevil de este año con los maestros, los doctores, los bomberos y los usuarios de Rodalies, lo que menos podría esperarse es que el famoso lema "de todos" también incluyera la dominación estelar.

Todo esto puede parecer risible, pero demuestra a la perfección el gesto de unas élites, las catalanas, que han ido renunciando felizmente a cualquier poder real sobre el ejercicio de la autoridad en nuestra casa (aunque arañen como hienas el socarraet de las prebendas que todavía les regala el régimen del 78). Otro ejemplo de lo que explico, también fruto de la ardencia solar de este agosto, ha sido la brillante idea de Oriol Junqueras según la cual habría que urdir un pacto para que un grupo de expertos (formados por "personas solventes" y con "presupuestos estables") se hiciera cargo del Departament d'Educació durante los próximos doce años. ¡Alehop, qué idea más bella! Visto que nuestros líderes —de la práctica totalidad de partidos— han transformado el sistema educativo del país en un lodazal (por eso la consellera del ramo prefiere obviar esta tontería de PISA), lo que habría que hacer, dice el mosén en jefe de la tribu, es alejarlo de la política con un pacto que elimine su característica primordial: el disenso.

Estas dos huidas del poder implican quizás el último coletazo de la generación que ha vivido el procés, una serie de mandamases castrados por la dejadez y el ablandamiento

Evidentemente, si un pacto como este —en el que habría que incluir maestros, familias, sindicatos y la madre que los parió a todos— se llegara a promover, los políticos de turno acabarían situando "personas solventes" de la más estricta confianza. Pero el punto clave de la cosa supera el ámbito educativo y esta idea de bombero propia de alguien que tiene poco trabajo radica, me atrevo a insistir, en aceptar de forma implícita el fracaso de la política para blindar una determinada acción. Los ciudadanos, diría yo, no queremos políticas de unidad impuestas a la fuerza; contrariamente, acostumbramos a disfrutar la multiplicidad de opiniones, porque esto justamente ayuda a provocar que la opción ganadora goce de más solidez (de esto, en teoría, va el Estado liberal-ilustrado moderno). Mientras los socialistas renuncian al Govern del día a día por cobardía —y un amor repentino a la astronomía—, políticos como Junqueras nos están diciendo que, aun manteniendo poder y sueldo, mejor que de los asuntos más candentes se ocupen unos cuantos burócratas del anonimato.

Por mucho que parezcan anecdóticas y alejadas, estas dos fugas del poder (sumadas al hecho de que nuestros políticos hayan asumido que ser un líder catalán solo tiene el objetivo de arreglar los desperfectos causados por España, como los trenes y etc.) implican quizás el último coletazo de la generación que ha vivido el procés, una serie de mandamases castrados por la dejadez y el ablandamiento. En este sentido, diría que —más allá de la independencia, que juntaires y republicanos han hecho mucho más difícil cada día que pasa— la novedad política y los liderazgos del futuro surgirán de todo aquel que ose poder volver a fomentar el sentido de poder en los catalanes, y perdonadme el juego de palabras un poco ferrateriano. Cuanto más se alejen ellos y más lo busquen en las estrellas o en el reino de los hombres de negro, en resumen, más nos lo tendremos que apropiar nosotros; cuanto más miren al cielo y la dejadez, más tendremos que mirar al suelo...

Hay un vacío de poder en Catalunya, pero, en política, todos los espacios se acaban llenando. De momento, contemplad la visión de este inmenso agujero.