Finalmente Ada Colau vuelve a la política activa. Lo hace como candidata del llamado Frente Amplio que, integrado solamente por Sumar, Izquierda Unida, Comuns y Más Madrid —después del fracaso de articular una sola lista de todas las izquierdas a la izquierda del PSOE—, se presenta a las elecciones españolas que Pedro Sánchez ha avanzado al 29 de noviembre. Hacía tiempo que quería hacerlo y, después de algún intento fallido, como por ejemplo el de aspirar otra vez en 2027 a la alcaldía de Barcelona que apenas había dejado en 2023, parece que ha encontrado una salida que le place. De hecho, fuera de la política habrá estado muy poco, porque continuó como concejal hasta octubre de 2024, y desde entonces se ha significado en especial por apoyar y participar en las flotillas teóricamente montadas para llevar ayuda humanitaria a Gaza y que en la práctica han sido una pura operación de propaganda propalestina contra Israel. Una vez probada, le encontró el gusto a esto de la política y no ha parado hasta que ha vuelto, porque a la intemperie hace mucho frío y hay que trabajar.
Ella misma, no hace mucho, se ocupó de hacer saber a todo el mundo que había tenido que dejar el piso de alquiler donde vivía desde hacía quince años, porque solo con un sueldo —se había separado cuatro años atrás— se le hacía insostenible pagarlo y le costaba llegar a fin de mes, y se había tenido que ir a compartir piso con un familiar. Y también que de joven había pasado hambre y había estado unas cuantas veces a punto de ser desahuciada. Así pues, era normal que no tardara en encontrar otra ocupación en el mundo de la política que le permitiera mantener el ritmo que había tenido mientras cobraba del erario público, y esta ocupación será la de diputada en Madrid, porque es de suponer que, encabezando la candidatura de Barcelona, por mal que la gente piense que lo ha hecho en otros ámbitos, recibirá suficientes votos para salir elegida. Y es que el bagaje que puede presentar de los ocho años que fue alcaldesa de la capital de Catalunya, de 2015 a 2023, es tan magro como que el precio de la vivienda nueva subió un 38 % y el de la de segunda mano un 50 %, por no hablar que dio alas a la masificación turística o que dejó el Eixample tan triturado que, si el pobre Ildefons Cerdà levantara la cabeza, volvería a morirse del susto.
A todo ello hay que añadir que las formas tampoco han sido nunca su fuerte. En 2015, el resto de formaciones, incluida CiU —que resultaría ser la última vez que se presentaría como tal antes de la ruptura entre CDC y UDC, con el alcalde saliente Xavier Trias al frente—, permitió que fuera alcaldesa en cuanto que cabeza de la lista más votada. El 2019, en cambio, reeditó el cargo gracias al apoyo del lerrouxista Manuel Valls —después de pasarse la campaña electoral jurando y perjurando que no pactaría con el ex primer ministro francés, que se presentaba conjuntamente con Cs— e impidió que el alcalde fuera el candidato de ERC, Ernest Maragall, que entonces había sido el más votado. Y en 2023 prefirió dar la alcaldía a Jaume Collboni y el PSC, a pesar de pactar con el PP, antes que dejar que volviera Xavier Trias, el más votado entonces, esta vez en nombre de JxCat. No puede decirse, pues, que por allá donde ha pasado haya dejado muchos amigos, más bien al contrario.
Con 52 años, el retorno a la primera línea de la política ha nacido, aun así, cojo. La idea era hacer una única candidatura de las izquierdas españolas que complementara la del PSOE para no fragmentar el voto y no favorecer así la suma entre PP y Vox. Pero otra vez los personalismos lo han impedido y el entendimiento entre los integrantes de Frente Amplio y Podemos ha sido imposible. Los de Irene Montero han preferido ir por su cuenta y llegar a un acuerdo con ERC en Catalunya, al frente del cual repite una vez más Gabriel Rufián. Porque que Ada Colau, Irene Montero y Gabriel Rufián, y las formaciones respectivas, hayan sido incapaces de entenderse es lo que ha dinamitado el más mínimo acercamiento. ¿De cuál de los egos ha sido culpa esta vez? ¿Solo de uno, de dos o de todos a la vez? Aunque lo más fácil sea sacudirse las pulgas y responsabilizar al otro de todo, en casos como este normalmente las culpas acostumbran a estar bastante repartidas.
Conocido es el empeño de Ada Colau de ser más que nadie, de ser la primera de todos y en todo, de estar al frente de todo y de todo el mundo, y lo es tanto que a menudo se pasa de lista, en especial cuando desde esta querida superioridad moral pretende dar lecciones a diestro y siniestro
El resultado es que, en lugar de ir juntos, ahora competirán entre ellos, y esto les restará muchas posibilidades a todos. En general se perderán muchos votos, tanto de electores que los castigarán por el hecho de presentarse separados como de electores que, ante esta división, preferirán recurrir a un supuesto voto útil que les dé tranquilidad en el sentido de que el suyo no será un sufragio perdido. La consecuencia de todo ello será que el regreso de la exalcaldesa de Barcelona a la política activa será apenas agridulce, porque si pensaba llevar a cabo una reentrada triunfal a bombo y platillo, tiene toda la pinta que tendrá que conformarse con un retorno discreto, marcado, si acaso, por el fracaso que se ve venir que sufrirán todas las formaciones que todavía dicen que son de izquierdas y que en una sociedad con tradición democrática estable y consolidada comportaría una retahíla de dimisiones, una detrás de otra, de los responsables del descalabro que se acerca.
Si efectivamente se cumplen estos pronósticos, que como mínimo son los que recogen la mayor parte de los sondeos, el peligro que habría representado el regreso de Ada Colau quedará en buena medida amortiguado. Porque después de cómo dejó Barcelona en los ocho años de mandato, con barrios completamente desfigurados e irreconocibles y partes de la ciudad convertidas en suburbios sucios, dejados y ajenos a la realidad catalana que tendría que ser la propia de la urbe que es la capital de Catalunya, cualquier retorno a la política activa desde una posición de poder habría sido un auténtico peligro. Por suerte, parece que no será así y que, en el mejor de los casos, tendrá que conformarse con calentar la silla en la bancada de la oposición del Congreso, con un sueldo, eso sí, nada despreciable que la ayudará a superar las penurias de no haber podido pagar el alquiler y haber tenido que compartir piso, de tener dificultades para llegar a fin de mes y de haber estado a punto de ser desahuciada.
Es obvio que si con esta avalancha de desgracias lo que buscaba era ganarse el favor de la gente, ha conseguido exactamente el efecto contrario, sobre todo porque, según cómo, daba la impresión de que ninguneaba a quienes lo pasan mal de verdad. Conocido es el empeño de Ada Colau de ser más que nadie, de ser la primera de todos y en todo, de estar al frente de todo y de todo el mundo, y lo es tanto que a menudo se pasa de lista, en especial cuando desde esta querida superioridad moral pretende dar lecciones a diestro y siniestro y lo único que consigue es que se le vea el plumero. Como, por ejemplo, cuando predijo, justo el día en que se supo que sería amnistiado, que Carles Puigdemont tendría "problemas para pasearse por Catalunya" por haber rechazado JxCat los decretos del Gobierno sobre vivienda. Una cosa es discrepar políticamente del 130.º president de la Generalitat y otra recibirlo con tono amenazante, circunstancia que se ve, sin embargo, que ella no tiene clara. Y por no mencionar que su análisis de los graves disturbios del fin de semana en Barcelona ha consistido en culpar a la extrema derecha y en señalar a los Mossos d’Esquadra y a la Guardia Urbana, no a los alborotadores y a los saqueadores, como responsables.
El caso es que incluso en Estados Unidos la conocen y, fruto de ello, le han denegado el permiso para entrar en Puerto Rico. La cabeza de cartel de Frente Amplio lo atribuye a su participación en una de las flotillas que, con la excusa de llevar ayuda humanitaria a Gaza, se manifestó en contra de Israel. Y seguramente tiene razón. Pero tiene que entender que hay ciertos actos que tienen consecuencias y que no se pueden hacer determinadas acciones y esperar que no ocurra nada. Si apoya a Gaza, si se pasea arriba y abajo con el pañuelo palestino —la kufia—, tiene que ser coherente con lo que esto implica y aceptar los efectos que conlleve. Y la manera de resolverlo, de ir haciendo amigos, seguro que no es acusar a Estados Unidos de operar en Puerto Rico "como una potencia colonizadora". Que no se extrañe, pues, si en todas partes cuando se habla de Ada Colau se encienden todas las alarmas.
