He escrito muchas veces sobre el crooner de nuestra tierra, el Frank Sinatra de Solsona. Después de cada concierto, sin embargo, siempre me parece que en el artículo anterior me dejé algo por decir. Esta vez escribo sobre Roger Mas con una cierta ambición justiciera: porque este miércoles ofreció un concierto memorable de casi tres horas con la Cobla Sant Jordi Ciutat de Barcelona en el Teatre Grec, porque la prensa del país debería hablar ampliamente de ello y porque sospecho incómodamente que se le da por sentado. En esto, hay que decirlo, él mismo tiene una parte de responsabilidad. Hace un par de años, con motivo de la publicación del segundo volumen con la Cobla Sant Jordi, hablábamos para Núvol de hacer el ejercicio de mirarnos el mundo desde la catalanidad, de una forma autocentrada, abrazando el bagaje cultural que nos hace y que nos ha hecho. Me contó que él se esforzaba por fingir que el ejercicio en cuestión no le supone ningún esfuerzo: "Fingir que no cuesta hasta que no cueste", me dijo.

Mi cabecita de articulista —sobre todo— política, sin embargo, acostumbrada a servirse de una mirada pragmática para relacionarse con la actualidad del país, todavía no ha podido dejar de ver el esfuerzo. Y no creo que lo consiga, porque es obvio que la desenvoltura aparentemente despreocupada en un momento de repliegue, la postura cómoda y desacomplejada en época de baja autoestima y la naturalidad de una cobla y unas espardenyes cuando el contexto aprieta para desnaturalizarlas —o caricaturizarlas— es lo que nos pasa con Roger Mas. Todos los que estaban en el Teatre Grec este miércoles, todos los que estos últimos dos años han llenado los conciertos con la Cobla Sant Jordi por todo el país y todos los que hace lustros que siguen la música del crooner encuentran en la obra del solsonense el reposo de poder vivir lo que son sin el sobreesfuerzo al que el contexto cultural, y lingüístico, y político nos somete.

Roger Mas da por sentada su catalanidad —o lo finge— en unas circunstancias que dificultan mucho darla por sentada

En una coyuntura que nos excepcionaliza, en un escenario preparado para que, en última instancia, nos identifiquemos como extraños en la tierra donde tenemos clavadas nuestras raíces, aunque no debería serlo, a veces la normalidad nos resulta un lujo. Roger Mas predica con el ejemplo y, más que tratar de convencernos explícitamente sobre la riqueza y la completitud de la identidad, al abrazarla con espontaneidad e incorporarla a su motor creativo sin excusas, refresca un convencimiento que ya es el nuestro, pero que a menudo arrastramos con desgana. La tradición de la que somos herederos está viva, y la manera como Roger Mas y la Cobla Sant Jordi juegan con ella lo demuestra. Que lo hagan, que jueguen, que la lustren y la alimenten nos despierta del angustioso ensueño que nos resigna a sobrevivir.

Lo que nos pasa con Roger Mas es que da por sentada su catalanidad —o lo finge— en unas circunstancias que dificultan mucho darla por sentada, y es precisamente por eso que el país no debería darlo nunca por sentado a él. Lo admiramos con un afán aspiracional porque leemos el esfuerzo tras la simulación de que no hay esfuerzo. Su vocación de normalidad lo hace excepcional. Estoy bastante segura de que las casi dos mil almas que habían llegado al Teatre Grec a las diez de la noche salieron a la una de la madrugada con el amor propio un poco más en su sitio y los pies un puntito más ligeros. Fingiendo que no les cuesta, Roger Mas y la Cobla Sant Jordi consiguen de una forma bellísima que a nosotros nos cueste menos.