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Más allá de cómo acabe el sainete entre Gabriel Rufián y Frente Amplio, sí que hay una primera conclusión política que se puede extraer: la presión para moverse de los respectivos marcos ha ido de comunes a Esquerra y no de Esquerra a comunes. Es decir, tanto la idea inicial de Rufián como la OPA lanzada el viernes por Ada Colau van en la misma dirección: la de considerar siempre que es ERC la que se desplazaba hacia un conglomerado de formaciones de izquierdas españolas y no que, en Catalunya, este conglomerado de formaciones de izquierdas españolas desapareciera y se pusiera bajo el paraguas de los republicanos.

Desde el punto de vista estrictamente de inteligencia electoral, la propuesta de unificar todas las papeletas a la izquierda del PSOE no es que sea interesante sino que, vistas las encuestas, es posiblemente la única fórmula que permite hacer mínimamente imaginable una mayoría de izquierdas que permitiera una nueva investidura de Pedro Sánchez bajo un nuevo gobierno de coalición con ministros de Frente Amplio.

Ahora bien, este análisis y esta fórmula de fusión pueden resultar comprensibles para provincias como Madrid, Soria, Toledo o Santander, allí donde (¡qué suerte!) solo se vota pensando en si eres más de derechas o más de izquierdas. En Catalunya, sin embargo, hay quien cree que —como nación— el centro de gravitación política, social, sindical, mediática y cultural tiene que ser Catalunya y no la Moncloa, Ferraz, Los Javis, la Sexta o la Puerta del Sol. Con esto no quiero decir que en Catalunya no tenga sentido que las izquierdas a la izquierda del PSOE se unifiquen en una sola lista. Simplemente estoy diciendo que si alguna vez se hiciera, la columna vertebral, las siglas y el cabeza de lista tendrían que ser de ERC, que hiciera de paraguas del resto, no a la inversa. Dicho de otra manera, la estrategia de ensanchar la base consistía en que Colau se sintiera atraída por ir a Esquerra, no en que Rufián se sintiera atraído por ir con Podemos. Otro debate es si, ideológicamente, ERC quiere seguir siendo clasificada como "partido a la izquierda del PSOE" o bien vuelve a la estrategia nacional de —directamente— sustituir a los socialistas en Catalunya.

Si Rufián sigue en ERC verá a Frente Amplio como ahora Julián ve los partidos del Barça

Esta semana, la ya exdiputada de ERC en el Congreso, Pilar Vallugera, ha explicado muy bien la radiografía de todo ello. En una clara alusión a Rufián, Vallugera ha pedido, simplemente, que el próximo cabeza de lista de los republicanos en Madrid "se muera de ganas" de serlo. Nada más que eso. Y es que ahora mismo a Esquerra solo se le dibujan dos opciones: la más dramática, que Rufián abandone el partido y se vaya a Frente Amplio, o bien que sea candidato de ERC, pero dando la sensación de que lo hace arrastrando los pies y mirando el Frente Amplio de Colau, Montero, Bustinduy y compañía como ahora Julián Álvarez debe ver los partidos del Barça. Si esto segundo acaba pasando, y Rufián encabeza Esquerra y Colau Frente Amplio, habrá que ver entonces cómo los republicanos enfocan la campaña porque se dará la circunstancia de que, en muchos barrios, tendrán que competir por una misma bolsa de votos y, a estas alturas de la película, hacer ver que te estás confrontando ya no resulta creíble.

Entre otras cosas porque pase lo que pase el 29 de noviembre, los republicanos —y especialmente Gabriel Rufián— han perdido toda capacidad negociadora para hacer valer sus votos en una hipotética investidura de Pedro Sánchez. No es ningún spoiler avanzar que, saque los diputados que saque, la lista de Rufián votará sí al PSOE, de manera que los socialistas no tendrán ningún aliciente (ni ninguna facilidad) para ofrecer propuestas atractivas para Catalunya. Porque, que conste también en acta, había otra posibilidad que una ERC arrastrada por Rufián ya no ha permitido ni dibujar: que el frente amplio fuera de Catalunya y todos los partidos de obediencia catalana fueran juntos a Madrid. Y no solo no se ha ni considerado, sino que el mismo Rufián ha pedido el más absoluto ostracismo para quienes un día fueron sus aliados nacionales. Y, se mire por donde se mire, esta pérdida del eje nacional en favor del ideológico es, una vez más, un mal servicio para el catalanismo.