Es una gran satisfacción ver cómo Gaudí sigue marcando el pulso del país. Cuando digo Gaudí, quiero decir su gran obra, la Sagrada Familia, que algunos cínicos (lo que yo llamo monas sin Pascua) todavía pretenden diferenciar de sus otras creaciones, porque ya no saben cómo disimular su mal gusto y su nula capacidad de percepción. Lo que más me avergüenza es que en el año 2026, el de la culminación (que no finalización) del templo, todavía no hayamos culminado nada parecido a la independencia y aún tengamos que suplicar que se utilice el catalán durante la bendición. Pero al menos nuestro arquitecto dejó en piedra (y en palabras) un testimonio tan inmortal, tan arraigado en la historia del país y en la causa nacional, que es imposible escapar de él por mucha sotana del cardenal Omella o por mucha propaganda españolista que lo intente. Que no se esfuercen más: si se quiere tener una Sagrada Familia en Barcelona, es decir, un hito de la arquitectura universal y un incomparable reclamo turístico y cultural, no solo habrá que ajustar cuentas con el cristianismo (si no, que intenten construir una catedral laica a su altura), sino que sobre todo habrá que ajustar cuentas con Catalunya.
A la ceremonia de la semana que viene acudirán dos jefes de Estado: a uno de ellos Gaudí le habría dado la bienvenida y le habría enviado el mismo mensaje que ahora le ha hecho llegar la Lliga Espiritual de la Mare de Déu de Montserrat (junto con Òmnium, la ANC y el Consell de la República). Al otro jefe de Estado le habría dado, sencillamente, la espalda. Por tanto, es un orgullo que de vez en cuando la simbología y la liturgia recuerden al mundo que, por encima del “beautiful” y el “wonderful”, la Sagrada Familia es el templo de Catalunya y que su impacto universal no deja de restarle su carácter de parroquia de barrio, de pueblo (concretamente del Poblet). Es este pueblo de cada día, con ropa tendida en la azotea y estelada desplegada en el balcón, quien acoge y hace de anfitrión del acontecimiento. Como decía Gaudí, “el poble fa el temple i s’hi emmiralla”. Quizá no seamos un Estado, pero somos la nación que acoge y también la nación que alza, la nación de Gaudí, y eso merece un trato no menor: que no suceda como en la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos, donde escuchamos sonar Els Segadors mientras los reyes de España entraban a saludar y solo hubo respeto oficial, con posición solemne, cuando sonó el iletrado chinta-chinta.
Quizá no seamos un Estado, pero somos la nación que acoge y también la nación que alza, la nación de Gaudí, y eso merece un trato no menor
Dicho esto, el Vaticano sabía perfectamente dónde se metía, y no creo que hubiera hecho falta la intervención episcopal, ni siquiera la diplomática (¿qué demonios fue a hacer el president Illa a la Santa Sede si no hizo esto?), ya que se supone que un Estado soberano como este tiene suficiente historia, suficientes asesores y embajadores y nuncios como para saber perfectamente quiénes somos y cómo fue la vida del arquitecto. Pero si hacía falta la intervención política, también habría sido una oportunidad de oro para Pedro Sánchez de no limitarse a buscar la foto “anti-Trump” con el Papa y buscar también la tan invocada defensa de la plurinacionalidad. Pero ni una palabra. Ni una declaración sobre el tema, tampoco, por parte del alcalde de la capital catalana. Debe de seguir pensando que estas son causas menores, pintorescas, anticuadas: no pasa nada, también para este tipo de pecados mortales se erige el templo expiatorio.
Los europeos vivimos en una sociedad muy secularizada, y una vez visto cómo se las gasta el fanatismo religioso en Estados Unidos y en Oriente Medio, solo puedo alegrarme de ello. Ahora bien, cuando toca hacer el cartel de Barcelona o construir terceras pistas para el aeropuerto, o sacar pecho por las grandes bellezas arquitectónicas que ofrece la ciudad, todo el mundo inclina la cabeza ante la indiscutible e irreductible potencia de la Sagrada Familia. No hay laico o agnóstico que no se haya sentido interpelado estos días por la polémica lingüística que rodea a Su Santidad. A todos, creyentes y no creyentes, nos ha invadido un “la Sagrada Familia que no me la toquen” que se parece mucho a conjurarse contra una profanación. No sé si finalmente el líder de los sacerdotes hará la bendición en la lengua de Gaudí o si la hará “en cristiano”, pero sí ha quedado claro que no ver el problema es imposible. Como también decía Gaudí, el mar y la luz mediterránea otorgan una admirable cualidad de percepción. Lo demás es hacer como los cíclopes, no tener más que un solo ojo, o aquello que hacen los españoles: ver perfectamente el problema, pero no intentar resolverlo. Usted mismo, León. Tenéis el poder de hacer una cosa u otra, pero somos nosotros quienes tenemos el poder de montar un cristo.