Hace unos meses, cuando en el Parlament se propuso establecer un cordón sanitario a Aliança Catalana, escribí que no estaba de acuerdo. Recibí mensajes de mucha gente agradeciéndomelo. Algunos incluso me animaron a afiliarme a Aliança Catalana. Ayer escribí que no me parecía acertado ir a La Sexta a vender “odio a España como concepto” y que, además, era un discurso contradictorio con reunirse con el Petit Comitè en el Golf Empordà. De nuevo, muchos mensajes, pero esta vez insultos. En ambos casos, nada destacable, si se entiende el ritmo al que se juegan los partidos en las redes sociales y se pone un poco de distancia. La anécdota es que, mientras esto pasaba, los medios hacían pública una sentencia del TJUE que da la razón a Puigdemont.
Cuando me posicioné en contra de los cordones sanitarios fue por dos motivos: primero, porque si alguien hace un discurso que es delito, lo que hay que hacer es denunciarlo, y segundo, porque si discrepas de una ideología, lo que corresponde es combatirla. Había un tercer argumento, más centrado en Junts, sobre los compañeros con los que se prestaba a hacer esta acción: CUP, Comuns y socialistas, aliados complicados. Supongo que en Junts no estuvieron contentos con mi opinión, pero nadie me dijo nada. Defender una política sin cordones sanitarios no tenía como objetivo defender a Aliança ni atacar a Junts. Defender que no se puede construir nada bueno en política desde el odio también tiene que ver con el marco general. Pero esta vez, algunos sí se han quejado.
La coincidencia de la sentencia del TJUE que da la razón a Puigdemont con los simpáticos mensajes de “traidor”, “vendido” y “cobarde” que recibía, me llevó a recordar las muchas veces que se ha llamado todo esto a los políticos que lideraron el procés. Somos así y lo único que se puede hacer es convivir con ello. Pero nos da perspectiva para reflexionar: 2018, procesados por el juez Llarena en el Tribunal Supremo. 2019, elegidos eurodiputados y el Supremo pide que no tengan inmunidad. 2021, el Parlamento Europeo accede a retirarles la inmunidad, lo que provoca un recurso ante el TGUE. 2023, el TGUE desestima el recurso, lo que provoca un recurso ante el TJUE. 2026, el TJUE les da la razón —aunque ya no son eurodiputados—. Es una victoria importante. Fruto de una larga lucha. Llena de dificultades, donde lo que seguramente ha sido más duro ha sido la división y la falta de apoyo de buena parte del movimiento. No se han rendido y de esta han salido ganadores.
Hay cosas que, como país, deberíamos tener más claras, como una cierta psicología de combate. Esto hace referencia al “nunca dejaré que un compañero caído acabe en manos del enemigo”
Hay que entender la decepción de mucha gente y que, tal y como funciona la política —rápido— y la justicia internacional —lento—, según qué cosas son difíciles. Pero hay cosas que como país deberíamos tener más claras, como una cierta psicología de combate. Esto hace referencia al “nunca dejaré a un compañero caído” o, aún más, “nunca dejaré que un compañero caído acabe en manos del enemigo” que muchos ejércitos practican. No es ninguna ley, es cultural, una creencia institucional, un conjunto de valores. Y no lo hacen solo por motivos humanistas, sino porque funciona. La confianza aumenta la eficacia. Alguien que sabe que no será abandonado, lucha mejor, no porque sea más valiente, sino porque tiene menos miedo. Sabe que está protegido.
Esta actitud no la ha tenido todo el mundo. Psicológicamente, en Catalunya hemos tenido subidas y bajadas muy fuertes en los últimos años; quizá esto lo hace más comprensible. Tengo más interés en subrayar a quienes sí la han tenido que en criticar a quienes no. Quizá no suene épico en los tiempos en los que vivimos. Quizá sí merece toda la crítica del mundo los años que se han destinado a la reactivación. Pero incluso si eso fuera cierto, tiene mucho mérito quienes podrán decir: “me ocupé de no dejar a ningún compañero caído”.