Hay políticos que se recuerdan por las leyes que impulsaron, por los pactos que cosieron en momentos críticos, por las reformas que cambiaron la vida cotidiana de los ciudadanos. Y hay otros que se recuerdan por sus cortes virales, por la coreografía de sus aspavientos en sede parlamentaria, por su capacidad de convertir cada intervención en un fragmento editable y difundible en redes. Gabriel Rufián, actual portavoz de Esquerra Republicana en el Congreso, pertenece sin duda a la segunda categoría. Y lo más sintomático no es su éxito mediático, sino lo que ese éxito sostenido nos dice sobre la salud de nuestra democracia.

Weber hacía la distinción entre quienes viven para la política y quienes viven de la política. Los primeros tienen una causa que les trasciende; los segundos hacen de la representación un oficio. Weber no censuraba a los profesionales, pero advirtió del peligro de que la política se redujera a eso. Rufián representa, como pocos políticos españoles, la consumación absoluta de la segunda lógica sobre la primera. Antes de ser diputado dicen que trabajó en recursos humanos de una empresa privada, entró en política a través del entorno de Súmate y fue elevado a cabeza de cartel de ERC en 2015. La procedencia popular de un representante puede ser una virtud democrática. El problema es otro: salvo la política, no se le conoce un oficio cultivado con la pasión silenciosa con que un político serio combina el desempeño institucional con un mundo intelectual o moral propio. Ni libros que vayan más allá del titular, ni un cuerpo de pensamiento, ni siquiera una afición pública que lo sitúe fuera del ruido inmediato. La política, para él, no parece complemento de una vida: parece toda su vida.

Esto importa porque la política, como decía Aristóteles, exige “phrónesis”: prudencia, juicio práctico, capacidad de mediar entre principios y realidades. Esa virtud no se adquiere en el escaño; se trae de fuera. Quien no tiene mundo, actúa con consignas. Y Rufián legisla, opina y contesta con consignas. Su presencia pública entera se ha edificado sobre la fórmula que mejor define al populismo contemporáneo: la sustitución del argumento por la pose. Cada intervención está calibrada para generar un clip; cada réplica, para herir antes que para persuadir; cada concesión —y han sido muchas, pues ERC ha apoyado votaciones decisivas para la estabilidad del Gobierno de Sánchez y las que aprobará de Illa— se reviste a posteriori de épica antifascista para enmascarar lo que es una mera transacción. Quintiliano distinguía entre el orador, que busca convencer mediante razón y verdad, y el sofista, que busca vencer mediante el uso de artificios. Rufián ha hecho del segundo paradigma un género. La diferencia con los sofistas de Atenas es que aquellos, al menos, leían, se formaban y cultivaban.

Rufián legisla, opina y contesta con consignas. Su presencia pública entera se ha edificado sobre la fórmula que mejor define al populismo contemporáneo: la sustitución del argumento por la pose

El daño concreto que esta forma de hacer política inflige al sistema es triple, y conviene desbrozarlo.

Primero, degrada la función parlamentaria. El Congreso es —debería ser— el lugar donde un Estado se piensa a sí mismo. ¿Qué legará Rufián a esa tradición? Una colección de zascas, un neologismo feo y exacto que describe la retórica del puñetazo verbal sin contenido. Se ríe del adversario, pretende humillarlo y, sin duda, lo señala. Pero rara vez lo rebate. Refutar requiere haber leído al rival, y eso requiere tiempo, y el tiempo es justamente lo que el ciclo de las redes sociales no concede a quien las habita.

Segundo, deshonra la tradición política a la que dice pertenecer. ERC, fundada en 1931, dignificada por Macià y Companys, reconstruida tras el franquismo por Heribert Barrera, es heredera —cuando ha estado a la altura— del federalismo culto de Pi i Margall: una tradición que supo combinar reivindicación nacional con seriedad doctrinal, lectura, instituciones y pudor en las formas. Rufián es la fractura abierta de esa continuidad: ERC pasada por el filtro de la posverdad, del mitin convertido en streaming, del nacionalismo blanqueado por la ironía cínica. Tras 2012, ERC necesitó competir por el voto urbano, joven y castellanohablante de la periferia metropolitana, y, años después, él fue una de las operaciones de marketing más exitosas de aquel viraje. Pero las operaciones de marketing no fundan tradiciones; las consumen.

Tercero, contribuye a la polarización afectiva que la ciencia política identifica hoy como una de las amenazas centrales a las democracias liberales. Algunos investigadores como Lilliana Mason o Shanto Iyengar han concluido que la polarización tóxica se sostiene menos sobre desacuerdos de fondo que sobre la identificación tribal de unos contra otros. Rufián opera en ese registro: no busca convencer al adversario, sino cohesionar al partidario mediante un organizado desprecio hacia el contrario. La política deja así de ser deliberación y se convierte en performance bélica permanente.

Apátrida político: ni independentista en Catalunya, ni español en España. No es un accidente, sino la consecuencia natural de una política que, careciendo de sustancia propia, solo puede sostenerse desde la oposición simbólica a algo

Aquí emerge la paradoja más reveladora del personaje. Rufián es, sobre el papel, independentista catalán. En la práctica, ha desempeñado un papel central en el intento de desintegración del propio movimiento que dice representar. Tras octubre de 2017 —referéndum del 1-O, declaración de independencia, 155, exilio del president Puigdemont, encarcelamiento de consellers y dirigentes de las entidades soberanistas junto a una represión desmedida por parte de quienes hoy son sus aliados—, ERC eligió el repliegue: abandono de la unilateralidad, mesa de diálogo, indultos, reforma de la sedición, amnistía. Cabría defender ese giro con argumentos serios. Lo que no es defendible es el modo en que él lo ha vendido: atacando con mucho mayor encono a quienes, dentro del independentismo, siguen manteniendo la coherencia con el mandato del 1-O —el president Puigdemont, Junts, una parte considerable de la sociedad civil soberanista— que a quienes, desde Madrid, aplicaron el 155 o sostuvieron la respuesta estatal que todos identificamos con represión.

Sus intervenciones contra el president Puigdemont y Junts se han producido, además, desde una lógica argumental característicamente española: realismo, gobernabilidad, no incomodar a la coalición progresista, ridiculización del exilio, reproche por la "irresponsabilidad" de no plegarse al marco constitucional. Es decir, desde el marco mental que cualquier independentismo serio había prometido superar. Al president exiliado se lo puede criticar desde el propio independentismo, pero quien lo hace desde la conveniencia parlamentaria del Gobierno español ha dejado, sin decirlo, de ser independentista. Rufián es esa muda silenciosa: el militante que cambia de marco sin cambiar de bandera. La bandera, en su caso, es ya solo decorado; el marco es Madrid.

De ahí la condición política exacta del personaje. En Catalunya ha dejado de ser percibido como un activo del soberanismo —fue rostro visible del ciclo en que ERC perdió la Generalitat y buena parte de su crédito— y nunca fue percibido en España como interlocutor catalán, sino como antagonista folclórico, enemigo doméstico al que invitar para mejorar la cuota de pantalla. Es, en sentido estricto, un apátrida político: ni independentista en Catalunya, ni español en España. Esta intemperie no es un accidente, sino la consecuencia natural de una política que, careciendo de sustancia propia, solo puede sostenerse desde la oposición simbólica a algo. Y como esa oposición simbólica es lo único que tiene, hay que reciclarla constantemente: contra Vox un día y contra Junts el siguiente; contra el juez del Supremo y contra el president Puigdemont; contra el establishment madrileño y contra quienes, en su propio campo, le recuerdan que el 1-O no fue un set de televisión.

Conviene, llegados a este punto, formular una hipótesis que explica buena parte de su sostenida sobreexposición: que Rufián sea, en el horizonte de las elecciones generales de 2027, la apuesta electoral cuidadosamente cultivada por Pedro Sánchez. La operación tendría una lógica precisa. A Rufián se le encomendaría, tácita pero eficaz y generosamente apoyado, aglutinar a la izquierda situada a la izquierda del PSOE —ese mosaico desencantado que reúne a los restos de Sumar y Podemos, a parte del soberanismo desorientado y el votante progresista que ya no se reconoce en la moderación socialista— bajo un único polo emocional, ruidoso e identitario. Mientras él retiene ese flanco con el oficio de plató que tan bien domina, Sánchez podría ejecutar el viraje al centro que sus asesores demoscópicos llevan recomendándole desde hace tiempo, y tratar así de recomponer unos resultados que se han ido erosionando por razones de sobra conocidas, pero que en un punto coincide plenamente con Rufián: por su oportunismo político y vital. Es, naturalmente, una conjetura. Pero encaja con sospechosa precisión con la función que el personaje viene cumpliendo en el Congreso y en los platós: antagonista útil, ariete simbólico, contendiente sin proyecto propio capaz de absorber la atención y la indignación de un electorado que, sin él, podría escapársele al bloque progresista. De confirmarse, Rufián no sería solo el profesional de la indignación que estas páginas describen; sería también, y quizá sobre todo, una pieza precalibrada del realineamiento estratégico con que Sánchez aspira a llegar vivo a 2027 y más allá.

Al pretender desmontar el procés desde dentro, pero presentando ese desmontaje como continuación heroica del mismo, Rufián ha contribuido a algo peor que una derrota política: a una desmoralización colectiva

Y es aquí donde su daño se vuelve más profundo. Al pretender desmontar el procés desde dentro, pero presentando ese desmontaje como continuación heroica del mismo, Rufián ha contribuido a algo peor que una derrota política: a una desmoralización colectiva que tanto ha gustado en el jacobinismo de la izquierda española. Se pretende conducir a buena parte del electorado catalán que entre 2012 y 2017 creyó en una vía democrática hacia la república, sin que nadie se lo dijera con todas sus letras, a un escenario de pragmatismo administrativo vendido como victoria. Esa estafa —porque otra palabra es difícil— no la firma él solo, pero ha sido su altavoz más eficaz. Y a la vez, en la conversación pública española, ha contribuido a fijar la caricatura del independentismo como puro gesto y provocación de plató, lo que da coartada perfecta a quienes niegan toda legitimidad a la cuestión nacional catalana. Sirvió mal a los suyos y dio munición a los contrarios. Pocas trayectorias logran semejante doble fracaso.

Rufián encarna, en último término, la figura que Christopher Lasch describió en La rebelión de las élites y que Pierre Rosanvallon ha analizado como contrademocracia: políticos que no construyen instituciones, sino que viven de erosionarlas; que no acumulan capital intelectual ni moral, sino reputación digital. ¿Qué iniciativa legislativa relevante lleva su firma como ponente principal? ¿Qué corriente de pensamiento ha alumbrado? ¿Qué adversario ha sido, alguna vez, persuadido por la fuerza de su argumento? Ninguna, ninguna y ninguno. Y, sin embargo, lleva una década ocupando el primer plano.

Diagnosticar a Rufián no es satanizarlo. Es recordar que la democracia se sostiene sobre algo más que la ocurrencia: sobre la palabra honrada, sobre el oficio aprendido, sobre la coherencia entre lo que se dice ser y lo que se hace. Sin ese mínimo no hay república posible: ni catalana, ni española. Quien lo erosiona —aun con talento, aun con gracia, aun con la habilidad táctica que a Rufián nadie le niega— no es un disidente del sistema; es un parásito de él. Su trayectoria es la de quien, no siendo independentista en Catalunya ni habiendo sido nunca aceptado como español en España, ha convertido esa intemperie en marca personal y, peor aún, en modelo. La política, en Catalunya como en España, necesita lo contrario: gente que la entienda como vocación, como herencia y como deuda con quienes vendrán. Hasta que esa figura vuelva a ser mayoritaria, seguiremos confundiendo la indignación con la idea, el zasca con el argumento y el ruido con la representación. Y seguiremos teniendo, en consecuencia, los Rufianes que merecemos.