Salvador Illa y Pedro Sánchez han querido cerrar la crisis ferroviaria en Catalunya haciendo uso de ese clásico de la política consistente en cesar a individuos absolutamente desconocidos para la mayor parte del común. En esta ocasión, los afortunados de la lotería macabra de los chivos expiatorios han sido Josep Enric Garcia Alemany, antiguo director operativo de Rodalies (destituido por el Ministerio) y su desdichado hermano gemelo de Adif Raúl Míguez Bailo, antiguo director general de explotación y mantenimiento, destituido por el Govern. Con ello, el presidente y el virrey de España han querido sellar —en falso— el papelón de los consellers Dalmau y Paneque, quienes ahora ya cuentan con el aval político que les permitirá continuar el arte de perjurar que el próximo lunes habrá un servicio normalizado de trenes —con los delays y molestias de siempre, vamos— sin despeinarse ni sentir vergüenza. Un poco como el alcalde Collboni, fiel lector de la revista Vogue.

Apelando al truco (también ancestral) de acabar acusando a la población de quejarse demasiado y de apreciar poco la implicación gubernamental, el conseller Dalmau decía ayer en "El matí de Catalunya Ràdio" que, merced a la cautela de sus decisiones, los técnicos de Adif han podido detectar veintitrés puntos críticos de la red donde es necesario hacer reparaciones inmediatas. Dicho de otra forma, el conseller vendría a decirnos que no debemos preocuparnos por su credibilidad política (según la cual, insisto, el servicio tendría que haberse recuperado el pasado miércoles), sino que será mejor que nos centremos en las cosas positivas de la existencia. Algún ingenuo podría cuestionar al president ocasional del país por qué ha sido necesario llegar al colapso para encontrar la piedra en el zapato de nuestros trenes. Pero esto importa poco a los tecnócratas, que ya se encuentran urdiendo una tabla que relacione los males de Rodalies con la emergencia climática.

Recomiendo a mis camaradas independentistas que no caigan en la trampa, porque la partidocracia nuestra estará encantada de tenernos de nuevo en la calle cantando la Estaca

Resulta muy gracioso comprobar cómo la gente del PSC, conscientes de la imposibilidad de solucionar lo que los cursis llaman “los problemas estructurales del país” desde la autonomía, han decidido entrar en la tercera vía de la filosofía procesista. La primera de estas normas, me atrevería a insistir, consiste en no acabar de asumir nunca las responsabilidades morales que implican tus promesas; tú puedes decir que los trenes funcionarán mañana, la semana que viene o dentro de muy pocos días, cuando todo el mundo vuelva a celebrar la presentación de Jesús en el templo de Jerusalén, y si la cosa no sucede, siempre puedes acabar culpando a la meteorología. En segundo término y también de cara a evadir cuentas de forma concreta, el procesismo requiere que el poder quede diluido en una serie de entidades “mixtas”, comandadas por seres nebulosos; a día de hoy, ¡ay!, nadie sabe a ciencia cierta quién demonios es el máximo responsable de Rodalies.

Resulta bastante evidente que la desaparición del locus conceptual último del poder (recuerden cómo durante el procés la política institucional se mezclaba con la fuerza oculta del mundo cívico y de ese cachivache llamado Estado Mayor) acaba implicando que las decisiones últimas siempre acaben descansando en la potestad omnívora del kilómetro cero. En este sentido, es muy lógico que Dalmau y compañía —conscientes de que el independentismo aún no les puede hacer oposición política— hayan pedido paciencia, entonando la cantinela según la cual los problemas endémicos no se curarán con unas cuantas semanas. Es así como el PSC vive inmerso en el procesismo, pero ha aprendido la lección de no poner muchos plazos ni fulgurantes hojas de ruta para la emancipación tribal (rebajada, of course, al listón poco ambicioso de asegurar a la gente que el tren les llevará a la oficina para ganarse el pan de cada día).

Desde esta perspectiva, hay que entender que el PSC no tenga ningún miedo ante las manifestaciones convocadas a raíz de esta crisis. De hecho, la gente del PSC ya aprovechó la emergencia del català emprenyat de Juliana para fortificarse en Catalunya y la Moncloa. Por este motivo, recomiendo a mis camaradas independentistas que no caigan en la trampa, porque la partidocracia nuestra estará encantada de tenernos de nuevo en la calle con la camiseta entonando el “si tu l’estires fort per aquí” junto a Lluís Llach. Esto no significa que tengamos que jodernos y guardarnos la ira en el zurrón de los agravios; simplemente, y no es poco, bastará con esperar cómo el PSC se enreda con el procesismo, como ya les sucedió a los partidos que abocamos al 1-O. El próximo episodio de este viacrucis del PSC, ya veréis, será admirar cómo el president Illa sale del hospital con una actitud más combativa con Madrit

Finalmente, advierto a todos los votantes del PSC que esto de enredarse con el procesismo no suele acabar nunca bien. Les recomendaría, con mi inmodestia habitual, que se pasen al independentismo. Los requisitos para hacerlo no son nada difíciles de adquirir; basta con querer ser catalán sin ningún tipo de límite ni otras invenciones de la vía "mixta".