El Primero de Octubre es una fecha que a la clase política de entonces le molesta un poco. El calendario obliga a hacer alguna referencia pública sobre el tema, unas declaraciones, un tuit un poco más largo de lo normal. Pero referirse a ello sin referirse, también, a los motivos que convirtieron aquel acto de resistencia colectiva en un mero recuerdo, en una fecha folclórica, resulta difícil para quienes en el diecisiete ostentaban responsabilidades políticas. Todo el mundo finge que solo pasaba por aquí. O por allá. La clase política independentista de entonces —que no dista mucho de la de ahora, lamentablemente— se sirve de eufemismos, de medias verdades y de rodeos discursivos para acordonar el elefante en la habitación sin tocarlo. Nueve años después, sin embargo, su euforia impostada y calculada y su afán de apropiación no logran silenciar la pregunta que los acusa: si el Primero de Octubre ganamos, ¿por qué Catalunya no es un Estado independiente?

La respuesta no es muy difícil de encontrar para quienes intentamos pensar al margen de los argumentarios manidos: porque lo que la gente ganó, los partidos lo diluyeron. Algunos os preguntaréis: "¿Y qué ganamos, exactamente?". El Primero de Octubre es el día en que los catalanes entendieron hasta dónde está dispuesto a llegar el Estado español para garantizar su unidad y, aun así, no renunciaron a sí mismos. Cuando Carles Puigdemont dice "es orgullo de país entero, ejemplo de democracia, responsabilidad, civismo, confrontado al ejemplo de autoritarismo, irresponsabilidad y barbarie que dio el Estado español", lo que hace es fundirse con el electorado al que entonces representaba y desprenderse de la responsabilidad política de hacer efectivo el resultado del referéndum.

El Primero de Octubre es el día en que los catalanes entendieron hasta dónde está dispuesto a llegar el Estado español para garantizar su unidad y, aun así, no renunciaron a sí mismos

Si hoy hay catalanes molidos a golpes ese Primero de Octubre que no pueden conmemorar la fecha con orgullo, es, precisamente, porque el retroceso de la clase política convirtió la carnicería en nada. Hay catalanes para quienes es imposible vivir el Primero de Octubre con el orgullo al que apela el president porque es una fecha que les remite a un engaño. Y al chantaje emocional de la represión que lo sucedió. Cuando Oriol Junqueras dice: "El orgullo de aquel día sigue intacto. Y el compromiso, también: amnistía plena y libertad para decidir nuestro futuro", confunde deseo con realidad deliberadamente para librarse de la contradicción. Así, ensancha la distancia —un poco más todavía— con la parte del electorado que desde el diecisiete reclama autocrítica para reencontrar la confianza con la política institucional. Cuando Carme Forcadell escribe que el Primero de Octubre fue "una gran victoria que no supimos aprovechar", obvia referirse en nombre de quién habla y, apropiándose de la victoria, abre la puerta a colectivizar, también, la derrota. Cuando Raül Romeva culpa a "las voces que eligieron el discurso fácil mediáticamente" de la frustración del postprocés, se sacude, cínicamente, las pulgas de encima.

En esta columna solo aparece una muestra, pero invito a los lectores a hacer el análisis ellos mismos. Verán que lo que tienen en común las declaraciones de la clase política sobre el Primero de Octubre es que hacen depender el vaciamiento de su legitimidad del azar. Han quedado encallados entre el anhelo de reivindicar y el afán de control para que la reivindicación, y el orgullo, y la euforia no se les vuelvan en contra. Para los lectores que no estén familiarizados con el término, hacer "luz de gas" es un abuso psicológico consistente en manipular al otro para hacerlo dudar de su memoria y de su percepción de la realidad. Cada vez que un político independentista con responsabilidades el Primero de Octubre se enorgullece de ese día señalado sin hacerse también cargo de las decisiones que han convertido su resultado en papel mojado, cada vez que un político independentista se hace un poco el loco, nos empuja a pensar que los locos somos nosotros. Nueve años después, no obstante, algunos tenemos la memoria intacta.