Ayer se cumplieron nueve años del Primero de Octubre. No es una cifra redonda y los matinales no abrieron con el aniversario. La actualidad pasa por los decretos de vivienda y por las acampadas de Sol, que en Catalunya han tenido un seguimiento bastante más limitado. Ver tiendas de campaña en la Plaza del Sol ha despertado inevitablemente el recuerdo del 15M. También porque entramos en clima preelectoral y Pedro Sánchez, siempre atento a la táctica, se ha movido para situar la vivienda en el centro del debate. Sánchez llega a este momento con frentes abiertos, desde Ceuta hasta los casos judiciales que afectan a su entorno. Y vuelve a jugar una carta conocida: presionar a sus socios y convertir cada votación en una nueva prueba de resistencia.
Más allá de la fundación de Podemos, el 15M dejó menos transformaciones de las que prometía. Impulsó nuevos liderazgos que llegaron al gobierno del Estado y ocuparon ocho años la alcaldía de Barcelona. La crisis de la vivienda, no obstante, continúa. A pesar de haber gobernado un montón de años en todas partes y de haberlo empeorado todo, aquel espacio político hoy vuelve a las mismas consignas: contra la especulación, contra la propiedad privada y contra el mercado. Y, como es tradición, contra Junts.
En Catalunya, sin embargo, el 1 de Octubre obliga a mirar hacia otro lado. Puede ser —así lo espero— el último aniversario con Carles Puigdemont en el exilio, casi nueve años después de marcharse. Su regreso sigue pendiente de garantías jurídicas efectivas. Aquí existe una diferencia reveladora. Podemos entró en las instituciones para, según ellos, transformarlas desde dentro. El independentismo, en cambio, fue apartado del Govern con el 155, con dirigentes encarcelados y otros obligados a exiliarse. Y, no obstante, el Estado tampoco ha logrado que se olvide el problema político. Nueve años después, ninguna de las causas que alimentaron el independentismo ha desaparecido: financiación, poder político, lengua, infraestructuras, relación con el Estado, etc.
Nueve años después, esta es la gran herencia del 1 de Octubre: recordar hasta dónde llegó una sociedad cuando actuó unida y determinada
El contraste es interesante. Los herederos del 15M pueden volver a la calle reivindicando sus orígenes a pesar de haber gobernado. El independentismo, en cambio, tiende a pasar cuentas con sus dirigentes antes que reivindicar lo que logró. Y es aquí donde el 1 de Octubre merece una mirada menos acomplejada. Aquel día hubo urnas, mesas, colas interminables y una movilización popular extraordinaria. Miles de personas decidieron participar a pesar de todos los impedimentos. También hubo una unidad política y social que hoy cuesta recordar. Gente muy distinta compartió colegios, noches sin dormir, papeletas escondidas y coordinación improvisada con una idea: llegar lo más lejos posible.
El 1-O también mostró la respuesta del Estado, que estaba dispuesto a todo. Las cargas policiales para impedir la votación dieron la vuelta al mundo y convirtieron un conflicto político interno en una cuestión observada internacionalmente. Después llegaron procesos judiciales, cárcel, exilio y el 155. El president Puigdemont ha convertido estos nueve años de exilio en una resistencia política sostenida, con éxitos y reveses, pero manteniendo una posición política que el Estado no ha podido doblegar.
Se puede discutir todo lo que pasó después del 1 de Octubre. Y debe hacerse, de hecho. Pero discutir sus errores posteriores no obliga a menospreciar aquel día: participación, organización, determinación, unidad y capacidad de desbordamiento cívico. Nueve años después, esta es la gran herencia del 1 de Octubre: recordar hasta dónde llegó una sociedad cuando actuó unida y determinada. Para el independentismo, sigue siendo uno de los momentos centrales desde donde interpretar su futuro.