Escribo este artículo en el AVE Barcelona-Madrid. Se ha cumplido el tiempo de viaje. Me refiero a que ya debería estar en Atocha, pero todavía estoy entre Sigüenza y Guadalajara. El motivo, como usted sabrá, sobre todo si es pasajero habitual del tren de presunta alta velocidad, es que a partir de Calatayud la cosa va lentita. Ahora mismo miro la pantalla y vamos a 150 kilómetros por hora. Deberían ser 300. Pero, vaya, no pasa nada. Como ya lo sabíamos, todo el mundo va conformado. De hecho, he tenido suerte de salir a la hora prevista —las 7 de la mañana—, no como los del tren anterior. Además, ahora que miro por la ventana, el paisaje es muy bonito. Está todo nevado, este trocito de España.
No les hablo del viaje de regreso, porque tengo que entregar el artículo antes. Pero puedo contarles el del lunes. Sí, el lunes hice el mismo recorrido de ida y vuelta. Nada. Me levanté ben d’hora ben d’hora para coger el avión de las 8 de la mañana. Tal y como estaba la cosa ferroviaria, era mejor no arriesgar para llegar a tiempo a la cita programada. Se ve que tuve suerte. En otros aviones había overbooking, y pasajeros que se quedaban en tierra. Pero como de vuelta solo había business, volví en tren. Y claro, por la tarde —no se podía saber—, se acumularon los retrasos. El tren salió una hora tarde. Y, una vez iniciado el viaje, duró casi dos horas más de la cuenta. Cinco horitas en total. Casi como ir en coche. Como cuando Artur Mas iba a sus reuniones secretas con Zapatero. Y, ojo, sin información en tiempo real. Y sin poder pedir que te devuelvan el dinero porque son “limitaciones impuestas por Adif”. Ah, y no hay bancos para sentarte mientras esperas en el vestíbulo de Atocha.
La tomadura de pelo que sufrimos los catalanes podría remontarse a 1714. Pero me limitaré a 1977. Llevan cincuenta años tomándonos el pelo
En fin, nada comparable con el drama que llevan décadas sufriendo los usuarios de Rodalies. De hecho, parte de la culpa es la inversión en trenes de alta velocidad sin pasajeros. La otra parte de la culpa es la tomadura de pelo. La tomadura de pelo que sufrimos los catalanes y que podría remontarse a 1714. Pero me limitaré a 1977. Llevan cincuenta años tomándonos el pelo. Catalunya ha sido el pim, pam, pum que han utilizado el PSOE y el PP para ganar votos. El anticatalanismo ha sido el comodín de políticos de los dos grandes partidos. Se ha construido el discurso de que los catalanes somos unos tacaños insolidarios. Y, con esta excusa, Catalunya, sus ciudadanos, han ido pagando la fiesta, a la vez que la Generalitat —la que presta los servicios del estado del bienestar— ha sido mal financiada y con menor inversión de la necesaria.
El problema ha sido que, cuando parte de los políticos y de los ciudadanos se han cansado de todo esto —o lo han hecho ver—, la cosa ha ido mal. A unos les han encarcelado. Otros han ido al exilio. Y después han pactado el regreso del oasis. O peor. Como decidieron anestesiarnos a todos y acabar con el debate político en Catalunya, pues todo el mundo santa paciencia todos los días. Y ellos, sea el PSC, ERC o Junts, pues la mar de tranquilos. Al fin y al cabo, esta desidia la pactaron ellos.