De todas las cuestiones que se derivan del real decreto de regularización de más de 500.000 personas que ha pactado la Moncloa con Podemos, la más punzante es sobre la oportunidad. ¿Por qué ahora? ¿Qué motivo ha acelerado la decisión? Y todas las respuestas apuntan hacia el tacticismo obsesivo de un Pedro Sánchez que basa su supervivencia en dos métodos: el engaño político y la distracción mediática.
Sobre el engaño político lo sabemos todo (y todo lo hemos sufrido), no en vano se trata del hombre que ha elevado a dogma de fe la famosa frase de Maquiavelo: “la promesa dada fue una necesidad del pasado; la palabra rota es una necesidad del presente”. Acumuladas las promesas rotas y los pactos incumplidos, la palabra política de Sánchez vale lo mismo que la del escorpión en la fábula, con la diferencia de que él consigue el milagro de dar el aguijonazo y sobrevivir al naufragio. Pero si domina el arte del engaño —en parte gracias a la cantidad de gente decidida a dejarse engañar—, todavía es más diestro en el arte de la distracción, convertido en el mejor trilero de la política española. Por cierto, un mérito nada despreciable, dada la cantidad de competidores que le disputan el podio.
El arte de la distracción..., los vasos que se mueven..., la bolita dónde está..., y la bolita va cambiando de casilla, en función de los intereses políticos. Cada vez que Sánchez ha estado con el agua al cuello, ha tomado una decisión, o ha cerrado un acuerdo, o ha hecho algún gesto que calentara los titulares, para distraer la atención del ahogo y dar la vuelta al debate. Es un dominio espectacular del relato público, capaz de girarse en función del viento que Sánchez sopla en cada momento. El ejemplo más estridente fue cuando convirtió la cuestión palestina en el único tema de acción política de su gobierno, se convirtió en el líder más antiisraelí del mundo y, enfundado furibundamente con la kufiya, hizo olvidar que estaba rodeado de escándalos judiciales, sin mayoría parlamentaria y sin capacidad de gobernar. Y cuando se le desinfló el saco de boxeo de Netanyahu, empezó a pelearse con Trump, que da los mismos réditos. Ni el israelí, ni el americano le han hecho ni puto caso, pero eso daba igual, porque la batalla que quería ganar no se jugaba en el ámbito internacional, sino en el doméstico.
La ley responde a las dos necesidades urgentes: dejar de hablar de los trenes, y alimentar el estómago de Vox. Tacticismo de manual, tan eficaz en el presente, como letal para el futuro
Y ahora ha vuelto a hacer lo mismo. Justo en el momento en que ha habido un gravísimo accidente vinculado a la alta velocidad, ha estallado el deterioro de la red ferroviaria estatal y ha entrado en colapso la red catalana, mira por dónde, ha aceptado una regularización de más de 500.000 personas, con una sorprendente aceleración del pacto con Podemos. No hace falta decir que los mismos de Podemos todavía están sorprendidos, y a Sumar se les ha quedado cara de tonto. ¿Por qué lo ha hecho? ¿Para desbloquear el pacto con Junts sobre las competencias en inmigración? Obviamente, la decisión puede suavizar las posiciones de Podemos, especialmente agresivos con las peticiones de Junts. Pero va mucho más allá porque el tacticismo de Sánchez juega más de una partida cada vez. Y si una es la cuestión del pacto con Junts, con los presupuestos en el aire —y de muy difícil recorrido—, la otra es cómo sacar el foco mediático del escándalo ferroviario, y ponerlo en otro tema jugoso para tertulias y peleas políticas. Si hablamos del tema siempre caliente de la inmigración, no hablamos de raíles y de muros de contención, y olvidamos que Sánchez ni siquiera ha osado ir al funeral por las víctimas. Giro de titulares, cambio de relato, la bolita que se mueve delante de nuestras narices, y no la vemos.
Además, y esta es la segunda partida, la regularización es el tema predilecto de Vox, y Sánchez tiene una estrategia muy bien definida al respecto: tocar todos los temas que alimentan el estómago de la extrema derecha porque así debilita al PP y refuerza la idea de que él es la opción salvadora. A Sánchez le beneficia que Vox crezca, y está dispuesto a perder todas las autonómicas que tiene por delante —desde Extremadura, hasta Aragón y Andalucía—, para acabar presentándose a las generales como la salvación de España ante la extrema derecha. Y para conseguirlo, arrasará con todo.
Incluso con una regularización que no ha pasado por el debate parlamentario, que presenta todo tipo de problemas, que va en dirección contraria al actual planteamiento de la Unión Europea, y sobre la cual Catalunya no podrá tomar ninguna iniciativa. Lo escribía ayer Jaume Clotet, “esta decisión servirá para agravar la situación general de Catalunya”, y señalaba los problemas más acuciantes: “la inmigración descontrolada colapsa y degrada los servicios públicos”, “perjudica la lengua catalana”, “dificulta aún más el acceso a la vivienda, sobre todo en el área de Barcelona”, “favorece una economía de escaso valor añadido y salarios bajos” y, “no solo no ayuda a pagar las pensiones, sino que hace la bola más grande”. Sin poner en cuestión el aspecto humanitario y la necesidad de regularizaciones excepcionales, es evidente que la ley es precipitada, presenta agujeros negros, apenas pide filtros para regularizarse, y no ha sido consensuada. Pero a Sánchez le da igual, porque responde a las dos necesidades urgentes para su supervivencia: dejar de hablar de los trenes, y alimentar el estómago de Vox. Tacticismo de manual, tan eficaz en el presente, como letal para el futuro.
Decía Honoré de Balzac que “todo poder es una conspiración permanente”, y Sánchez lo lleva al extremo. Ciertamente, habría sido un gran personaje de La Comedia Humana.