Cuando los obispos franceses, el presidente de la República y la UNESCO coinciden en firmar una misma invitación, queda claro que no hablamos de un simple compromiso de agenda. La confirmación del viaje apostólico del papa León XIV a Francia, del 25 al 28 de septiembre de 2026, no es una exquisitez más del protocolo: es un ejercicio de primer orden de diplomacia espiritual y de soft power transnacional en el corazón mismo de la laicidad europea, en un país alérgico a la religión oficializada y asfixiante, pero al mismo tiempo lleno de simbología, historia y abierto a nuevas realidades espirituales.
Francia y la Santa Sede tienen una historia de amor y desacuerdos compleja (no es un "amour fou", pero tampoco es un "je ne regrette rien"). Esta visita pone de manifiesto una verdad que la sociología de la religión hace tiempo que recuerda: la laicidad bien entendida impone la neutralidad del Estado, no la desertización espiritual del espacio público. La ley de 1905 no se reduce a la separación; su artículo primero garantiza el libre ejercicio de los cultos. Proteger la gran misa en abierto en los Campos Elíseos o acoger las vísperas en Notre-Dame no es ninguna concesión confesional, sino la aplicación directa del deber estatal de proteger la libertad religiosa y la convivencia ciudadana.
La fe, cuando se propone y no se impone, tiene todavía mucho que decir en el debate global
En este viaje hay, además, un componente personal fascinante. Robert Francis Prevost vuelve a la tierra donde se entrecruzan sus propias raíces: desde la abuela paterna nacida en Le Havre hasta el padre que pisó la arena de Normandía en junio de 1944, pasando por el recuerdo del joven seminarista que visitó Lourdes. Pero este puente transatlántico y europeo se refuerza con una mirada muy clara a la vitalidad de la Iglesia local: el inesperado florecimiento de jóvenes adultos que descubren y abrazan el cristianismo en la Francia de hoy. No se puede hacer una teoría sociológica sólida, pero algo está pasando en la laica Francia. Ya pocos días después de ser elegido en mayo de 2025, el Papa pidió a los obispos galos que recuperaran la frescura de figuras como san Juan Eudes, el cura de Ars o sainte Thérèse de Lisieux para transmitir una fe viva a las nuevas generaciones.
El punto álgido de esta visita será, sin duda, el discurso ante la UNESCO a invitación del director general. En un marco centrado en la educación —la prioridad elegida por los obispos para los próximos tres años—, León XIV desplegará su autoridad moral ante los representantes de los Estados miembros. Bajo el lema evangélico "Para que el mundo tenga vida" (Jn 6), el pontífice recordará que la educación, el diálogo interreligioso y los valores morales compartidos son la mejor alternativa a la coacción y al vacío existencial de nuestras sociedades. Una llamada transnacional que demuestra que la fe, cuando se propone y no se impone, tiene todavía mucho que decir en el debate global. Veremos si León sigue como en el viaje al Estado español, cómodo y afable, o si habrá alguna tensión por un secularismo demasiado estricto.