Con menos de 12 horas de diferencia, Jordi Basté entrevistó a Carles Puigdemont en Pla Seqüència de La2Cat y después a Gabriel Rufián en El Món en RAC1. En la entrevista televisiva al president en Waterloo, Basté la presentó como una conversación personal y no política, mientras que en la entrevista radiofónica a Rufián en Madrid le dio un tono de periodismo político y no personal. Y en ambos casos —por las respuestas de los invitados— acabó siendo justamente a la inversa. Detrás de cualquier hecho personal explicado por Puigdemont sobre sus últimos nueve años había un sustrato político de primera magnitud y detrás de las decisiones políticas anunciadas por Rufián había un componente personal (no solo suyo) inseparable.
Si tienes que seguir el entierro de tu padre por Skype porque sobre ti pesa una orden de detención por motivos políticos, significa que lo personal sí es político. Si en tu residencia de exilio hay gente que llama para saludar y otra solo para insultar e intimidar significa que tu esfera personal es política. Pero también si decides ir vestido con americana y corbata en situaciones de posibilidad de detención porque quieres que, si te arrestan, tu apariencia personal sea la apariencia institucional de un president de la Generalitat. En la conversación, efectivamente, Basté hizo preguntas personales, pero gran parte de las respuestas llevaban impregnada política, sentido de Estado y una alta institucionalidad que, por cierto, se ha mantenido intacta a pesar de nueve años de exilio, persecución y escarnio.
Y es que, a partir de un determinado rango político, todo aquello que haces como persona incide en la imagen política que proyectas. Y a la inversa: la dimensión política también condiciona, por fuerza, tu vida personal. Como muestra, el gesto que este sábado se sacó de la manga Pedro Sánchez: dio la vuelta a las acusaciones que pesan sobre su mujer y dio el pistoletazo de salida a la precampaña con una declaración pública de amor que no habría firmado ni el mejor asesor en comunicación política. Y todo ello horas después de que los diferentes líderes de las izquierdas a la izquierda del PSOE (especialmente Ada Colau y Gabriel Rufián) transmitieran lo contrario: resentimiento, fracaso y, en el fondo, sensación de derrota antes de librar la batalla. Y es que en el caso de la fracasada candidatura única, el objetivo político también ha embarrancado por motivos personales. Y más concretamente, como admitió el mismo Rufián en esta entrevista con RAC1, "por una guerra de egos". A partir del momento preciso de la convocatoria electoral, estas izquierdas dejaron de hablar de los problemas que dicen querer resolver y se pusieron a hablar de ellos mismos. Dejaron morir el momentum Maricarmen (de la cual ya no habla nadie) y empezaron a tirarse las listas por la cabeza.
Lo personal ha pasado por delante de la política. Ya es triste que, además, esto ocurra en un espacio político que teóricamente predica lo colectivo, la solidaridad y la generosidad de grupo por encima del individuo, el ego y el lucimiento personal
Es cierto que Ada Colau dijo que estaba dispuesta a renunciar a liderar la candidatura de Frente Amplio si esto facilitaba un entendimiento, pero también es verdad que, unas horas más tarde, declinó que —en Catalunya— esta candidatura única fuera bajo el mando de Esquerra Republicana. Es decir, personalmente, no se veía yendo bajo unas siglas determinadas. Lo mismo se puede decir de Irene Montero, que ha preferido entenderse con ERC antes que con Sumar. Y todo por las disputas personales, casi familiares, entre las dos grandes corrientes de lo que fue núcleo radiador del movimiento: los pablistas (Pablo Iglesias) y los errejonistas (Íñigo Errejón y después Yolanda Díaz). Se explique como se explique, es evidente que lo personal ha pasado por delante de la política. Ya es triste que, además, esto pase en un espacio político que teóricamente predica lo colectivo, la solidaridad y la generosidad de grupo por encima del individuo, el ego y el lucimiento personal. Pues ha sido exactamente por eso que ahora mismo no hay una única papeleta de las llamadas izquierdas a la izquierda del PSOE.
Y también tiene significado y consecuencias políticas aquello que personalmente haces mientras ejerces el cargo. Si un consejero de Salud prefiere ser atendido en una consulta privada (no digo que sea el caso actual) tiene unas connotaciones muy evidentes. Si tu partido lleva al Constitucional el matrimonio homosexual y después te casas con tu pareja del mismo sexo, esto tiene una contradicción política muy evidente. Lo mismo ocurre si proclamas que todos los políticos son unos aprovechados y cuando te conviertes en alcaldesa, de los 947 municipios que hay en Catalunya, tu hija consigue una plaza de policía local en el mismo municipio y por la vía rápida. O bien si eres presidenta de la Comunidad de Madrid y compras un ático con dinero público para, precisamente, huir del apartamento que tu pareja compró con comisiones obtenidas con tratos con la administración autonómica. Por la misma razón, por esta mezcla entre lo personal y político, la ya exportavoz del PSOE y exjefa de lista por el PSC en Lleida, Montse Mínguez se ha visto forzada a dimitir. Efectivamente, entra en contradicción que pregones una lucha contra los grandes tenedores y tu pareja disponga de 30 pisos. Y es que a pesar de las supuestas peticiones de Pedro Sánchez para que no dimitiera, las opciones eran escasas y dramáticas: o desprenderse de los inmuebles o una ruptura de la pareja. Aunque posiblemente la más sencilla habría sido que, sabiéndolo, no hacía falta ser la primera de la clase en dar ciertas lecciones morales.
