Se acababa la carretera. Parabas el coche a la orilla del río y tenias la otra orilla justo enfrente. El Ebro era ancho y feliz, como decía el poeta, lo veías pasar ufano y, en medio del agua, flotaba una plataforma motorizada cargada con tres vehículos y unas cuantas personas. Parecía que no podía ser. Era como llegar al fin del mundo. Un paisaje insólito que hoy en día solo podemos ver en Flix (con un transbordador de tracción eléctrica que cruza el meandro) y en Miravet, donde la última barcaza original del Ebro funciona sin motor, aprovechando únicamente la fuerza de la corriente del agua y un sistema de cables, convirtiéndose en la mejor entrada al pueblo. Cada vez que pregunto a viejos amigos forasteros qué recuerdan de sus visitas de antaño al Delta, todos sin excepción me mencionan esta imagen: cruzar el río con el coche encima de una barcaza, como un anfibio sacado de las fábulas. Una memoria latente que se nos escurre a toda prisa. Recientemente ha muerto Joaquim Olmos, uno de los últimos barqueros del delta.
A mediados del siglo XIX aparecieron los transbordadores, embarcaciones de pago que permitían unir las dos poblaciones de la desembocadura: Sant Jaume d'Enveja y Deltebre. Primero fueron dos laúdes flotantes con una estructura de madera encima (como todavía son hoy en día los genuinos de Flix y Miravet) y con el tiempo se les puso un motor de gasoil y la mecánica se profesionalizó, debido a una anchura mayor del río —unos 250 metros— que requería más potencia y seguridad.
A falta de puente, los deltaicos y sus vehículos diversos se movían por el agua. La pesada alternativa era tener que desplazarse hasta Amposta, población que tenía el último puente para cruzar este río que nos bautiza a todos, laicos incluidos. La gente lo usaba para ir al trabajo, ligar —si tenías la parejita al otro lado—, pasar maquinaria para trabajar el arroz, hacer encargos o visitar a la familia. Lo que nació como una necesidad de uso diario para el vecindario se acabó convirtiendo también en un atractivo turístico y durante generaciones enteras tres barcazas han atravesado el río de sol a sol por diferentes puntos del término: Garriga, La Cava y la tercera: la de Olmos.
Las barcazas del Delta del Ebro forman parte de la historia de las comunicaciones y de la identidad y del patrimonio de Catalunya y los barqueros empiezan a formar parte del pasado
La familia del señor Joaquim obtuvo la licencia en 1927, coincidiendo con la llegada del ferrocarril de vía estrecha que unía Tortosa y La Cava por la orilla izquierda. Conocido como Lo Carrilet, aquel emblemático trenecito unió durante cuarenta años a la gente de la comarca y el paso de barca de Olmos permitía a los habitantes del Delta cruzar el río para poder coger un tren que, el último día del año de 1967, dejó de circular —la modernidad no siempre hace progresar— porque algunos lumbreras lo consideraron obsoleto. Actualmente, la antigua máquina de vapor se conserva musealizada en el parque municipal de Tortosa, del mismo modo que en la población de Deltebre se conserva una de las tres barcazas mencionadas antes: la llamada La Cava, que se encuentra expuesta en la explanada del actual Centro Fluvial del municipio. El ayuntamiento la adquirió al jubilarse su propietario, José Arques, y restaurada y soterrada parcialmente, se ha convertido en un escenario natural donde realizar actuaciones —cantar en ella emociona—, además de ser un punto de memoria de aquel medio de transporte tradicional, ya en desuso.
Y es que el 30 de septiembre de 2010, y después de años de justificadas reivindicaciones, se inauguró Lo Passador, un necesario e innovador puente nuevo, un puente colgante metálico —el último que cruza el Ebro— que mejoraba las condiciones de vida y de movilidad de la población pero que, a la vez, condenaba a los transbordadores al ostracismo. El nombre de la infraestructura es un homenaje al antiguo oficio de pasador, como lo fueron Joaquim Olmos, José Arques o Fermín Llambrich Garriga, hombres de agua y de barro que dedicaron su vida a navegar el río mientras lo defendían y viceversa: a defenderlo mientras lo navegaban.
Solo tres motivos interrumpieron su actividad a lo largo de la historia: el tiempo (riadas, cierzos), la Guerra Civil y la lucha en defensa del Ebro, ya que bajo el lema de Lo riu és vida detuvieron puntualmente algún servicio para sumarse a las manifestaciones. Actualmente, la familia Olmos continúa vinculada a la navegación fluvial, pero ahora no cruzan el Ebro de lado a lado, como hacía Joaquim desde los 13 años, sino que lo surcan arriba y abajo con una empresa de cruceros turísticos que acerca al visitante a la desembocadura, fluyendo por el río hasta llegar al mar. Se mantiene así la tradición familiar de vivir sobre el agua.
Caronte, el personaje de la mitología griega, tenía la misión de llevar las almas de los difuntos desde el mundo de los vivos hacia el Hades —el mundo de los muertos— cruzando el río Aqueronte con su barca. Lo hacía a cambio de una moneda, que se colocaba dentro de la boca o sobre los ojos del cadáver durante el ritual funerario, en previsión de poder sufragar los gastos de aquel último viaje. Las barcazas del Delta del Ebro forman parte de la historia de las comunicaciones y de la identidad y el patrimonio de Catalunya, convirtiéndose en nuestro propio imaginario colectivo, sin necesidad de mitologías.
Hombres y mujeres llenos de bondad y sabiduría simbolizan el final de una era que empezó a desvanecerse con la inundación forzosa de Mequinensa. Su ilustre escritor, Jesús Moncada, homenajea la historia, los navegantes y los sirgadores y, en uno de sus cuentos, el personaje Miquel Garrigues le pide por carta a la Señora Muerte que, cuando le llegue la hora de morir, le dé trabajo como barquero en el otro barrio, junto a Caronte. Una petición similar quizás harán algún día Jaume Monclús (el barquero de Flix), Vicent Benaiges, el histórico barquero de Miravet ahora ya jubilado, o Eduard Torres, el joven que lo ha relevado. Mientras tanto, seguro que hoy Miquel de Garrigues y Joaquim Olmos sostienen juntos el arjau y el timón, mientras surcan las aguas y recuerdan anécdotas de cuando el río era río y no como ahora, que es una mera masa de agua que fluye medio enferma a merced de las necesidades del sistema que lo ahoga. El paso de barca no ha resistido el paso de la vida. Siempre nos quedará el Hades, donde nunca dejarán de reencontrarse las almas de los navegantes.