Dice el alcalde de Barcelona que los extranjeros extracomunitarios no deberían poder adquirir una vivienda en la capital de Catalunya. A su juicio, muchas de estas personas compran un piso en Barcelona como segunda residencia y no vienen mucho, una acusación más que cuestionable: en mis barrios, quienes hacen esto no son precisamente extracomunitarios, sino ciudadanos de la UE, y lo mismo ocurre en el resto de Catalunya. Quien tiene un apartamento en la Costa Brava o en la Costa Daurada para pasar el verano no es un senegalés, un canadiense o un tailandés, sino un francés, un belga o un español. En cualquier caso, la medida puede ser interesante y yo mismo considero que no es una mala idea. Sin embargo, no deja de ser paradójico que el partido del alcalde esté impulsando una regularización extraordinaria y masiva de inmigrantes, cuya inmensa mayoría son extracomunitarios. ¿Cómo se entiende que les facilite la residencia y al mismo tiempo les niegue la posibilidad de comprarse una vivienda? Muy fácil: porque los socialistas no van a mover ni un dedo para impedir que los extracomunitarios puedan adquirir una vivienda. Esta propuesta ha sido, solo, propaganda, en un momento en el que el debate sobre la vivienda alcanza cotas notables. Es un buen momento para recordar, por cierto, las polémicas elecciones primarias del PSC de 2014 para elegir a su candidato a Barcelona, en las que decenas de paquistaníes votaron en bloque por Jaume Collboni. El propio partido admitió posteriormente que esas prácticas fueron “incorrectas”, pero lo cierto es que el actual alcalde ganó aquellas elecciones gracias a esos votos. Aquella pobre gente que votó por él, inspirada sin duda por los más altos valores de la solidaridad internacional socialista (y no porque recibiera nada a cambio…), ve ahora cómo su alcalde le niega el derecho a comprarse un piso.
Desde el punto de vista ideológico, sorprende que esta medida provenga de un alto cargo institucional del PSC. Prohibir a un extranjero extracomunitario comprar una vivienda es una propuesta más propia de Santiago Abascal que de Jaume Collboni, a primera vista. Podría tener una connotación racista esa idea, según cómo se formule. Pero lo cierto es que una misma propuesta, si procede de la izquierda, automáticamente queda homologada y blanqueada. Puedo poner otro ejemplo reciente: si el alcalde Xavier García Albiol desaloja una nave depauperada y colmada de inmigrantes, es un fascista, pero si el alcalde Jaume Collboni hace lo propio con decenas de inmigrantes acampados en las faldas de Montjuïc, es por razones de salubridad. Y los mismos que criticaron al alcalde de Badalona, con o sin razón, ahora callan y silban mientras los pobres acampados en Montjuïc son ahuyentados por las fuerzas de orden público.
La izquierda hace demasiado tiempo que ha puesto el foco en los derechos, olvidando que no existe un catálogo de derechos sin cumplir un catálogo de deberes
Estas propuestas más propias de la derecha que de la izquierda no son patrimonio de los socialistas barceloneses solamente. Hace pocos días, hemos visto cómo el Govern de Catalunya pretendía incentivar a los CAP para que hicieran más cortas las bajas médicas. Es decir, condicionaba el trabajo de los médicos para que no alargaran las bajas médicas con criterios totalmente alejados de la salud. Por supuesto, los médicos protestaron de inmediato y la propuesta fue guardada en el cajón rápidamente. Una vez más, presionar a los CAP para reducir las bajas médicas es una propuesta que yo esperaría de la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, pero no de un gobierno catalán del PSC con apoyo permanente de los Comunes. Es claramente una propuesta de derechas que vulnera los derechos de los trabajadores y coacciona el trabajo de nuestros médicos. Es una medida inaceptable desde el punto de vista de los derechos laborales y del derecho a la salud.
Todo esto que cuento es importante por una razón: hace mucho tiempo que la izquierda ha abandonado algunas banderas y las ha regalado a la derecha, o directamente a la extrema derecha. Hace demasiado tiempo que ha puesto el foco en los derechos, olvidando que no existe un catálogo de derechos sin cumplir un catálogo de deberes. El estado del bienestar es fruto del trabajo de todos y del pago de los impuestos. La convivencia es fruto del más elemental cumplimiento del civismo. La integración de la inmigración pasa por la adaptación al lugar al que quieres ir a vivir. Hay derechos de los trabajadores porque existen convenios laborales con los empresarios. La izquierda ha mirado siempre la primera parte de estas frases y ahora se da cuenta de que buena parte del electorado ya no está con ellos. Y no lo está porque la gente de la calle sabe diferenciar entre los derechos y el abuso de esos derechos. Me consta que existe cierta alarma en las sedes de los partidos catalanes de izquierdas cuando encargan encuestas bien hechas. Ven la ola que les caerá encima, tanto en Catalunya como en España. Por eso se apresuran ahora a hacer propuestas contradictorias e incoherentes, buscando soluciones a corto plazo a problemas enquistados. Pero, por supuesto, hacen propuestas tan radicalmente alejadas de su cultura política que parecen oportunistas y hechas de cartón piedra. Lo curioso es que no pueden entender por qué está pasando todo esto; y no lo entienden porque cuando llevas cuatro décadas instalado en la superioridad moral y tienes la profunda convicción de tener razón, es casi imposible admitir que te has equivocado. Creo sinceramente que ya no están a tiempo de rectificar. En las próximas elecciones catalanas, los partidos que la gente vincule con la idea de orden ganarán las elecciones, y los partidos del desorden sufrirán una severa derrota. Alguno incluso no obtendrá representación parlamentaria. Esto no será bueno para el país, porque es necesario un equilibrio y un gran espacio central. Pero es lo que algunos han estado sembrando hasta ahora y recogerán mañana.