Tiene cierta gracia que los españoles —quienes, hay que reconocerlo, son una peña extraordinariamente cachonda— ahora ya puedan vanagloriarse de promover el regreso de Carles Puigdemont al país, justo cuando el auge de Aliança Catalana está a punto de zamparse Junts per Catalunya (¡ya ves qué casualidades tiene la vida!) y, a su vez, también cuando algunas vedettes del mundo de ayer ansían abiertamente matar al 130 con la excusa de reflotar Convergència y así buscar la unidad perdida del catalanismo. Ahora que todo el mundo se atreve a colgar el sambenito a Puigdemont con escritos que, por simple valentía, había que disparar en 2017 (así hacía nuestro estimado bufón, Manel Vidal, que debutaba articulísticamente hace pocos días escarneciendo la estrechez de miras del Molt Honorable), es precisamente cuando resulta más necesario proteger la escasa legitimidad de un político a quien muchos quieren recibir en casa solo para acabar de enterrarlo sin piedad.
Esto explica el entusiasmo con el que las élites mediáticas del país han promovido la irrupción de chiringuitos como la fundación Paral·lel 41, una idea de la antigua consellera de Acció Exterior, Victòria Alsina, que se presentó hace muy poco en la Pedrera bajo la agónica mirada del president Pujol (a saber, aquel político que la mayoría de los convergentes trataban de apestado hasta hace cuatro días mal contados). A servidor le encantan este tipo de propuestas, pues no hay nada más risible que ver un grupo de convergentes fingiendo que son otra cosa. De hecho, en el acto en cuestión, Alsina demostró que tiene la virtud de tocar todas las notas del piano: regreso al catalanismo de toda la vida, noción de país no como una "reivindicación" sino como una "construcción", deseo de urdir una centralidad mayoritaria... Expresiones que, como sabrá cualquier persona mínimamente leída, son más convergentes que follar con calcetines.
La proximidad electoral nos regalará nuevas (viejas) marcas de una creatividad inaudita. Será una fiesta, ya lo veréis
Yo le rogaría a toda esta gente que tenga la bondad de hacer tantos actos de este tipo como sea posible, porque es muy agradable ver una reflexión de país tan profunda ante un público donde —como informaba nuestro magnífico diario— podías encontrar gente tan del futuro y nada partidista como Santi Vila, David Madí, Marta Pascal, Àngel Colom, Jordi Sànchez o Carles Campuzano. Con toda esta lluvia de estrellas, y la garantía de tener un consejo asesor con genios del periodismo como Antoni Bassas... ¿quién puede resistirse a iniciativas como Paral·lel 41? De hecho, querida Victòria, tú que conoces muy bien Estados Unidos, yo haría esa cosa tan yanqui de añadir algún subtítulo al nuevo chiringuito, del tipo: "Paral·lel 41; entrada a quince euros, incluida la consumición" o, si lo queréis poner un poco más directo, "Somos los convergentes de siempre y, si hay que jubilar a Puigdemont, ya llamaremos a La Caixa para que le ponga oficina."
Para ser justos, hay que decir que la desorientación general que impera en la política catalana no es un virus que afecte únicamente al mundo de la nueva Convergència. Fijaos, por poner un ejemplo también bonito, en el caso de la CUP que, aprovechando el tirón de su nueva amazona moianesa, hace pocos días promocionaba a Laure Vega como flamante candidata a la alcaldía de Barcelona. Pues bien, en una acción política y comunicativa que solo podemos tildar de genial, Vega se estrenaba diciendo a los colegas de El Periódico que los cupaires podrán pactar con el PSC de Collboni siempre que sea "para mejorar la vida de la gente." ¡Alehop, eso sí que es una carta de presentación como Marx manda! De no querer ni fotografiarse con los socialistas, ahora va y los cupaires se nos apuntan a la vía de enmendar los problemas de los castellanos en nuestra capital. Si buscan un lema de campaña, yo me decantaría por el de CUP 155.
Hay que reconocer a los héroes de la clase procesista su tenacidad para urdir chiringuitos de la tercera vía y de continuar construyendo revoluciones arropados por el poder del Estado. Resulta una gran sorpresa, y lo digo sinceramente, que nunca se cansen de tomar el pelo a la gente. Sería mucho más fácil retirarse, admitir que su tiempo se ha acabado y que los electores ya no se tragarán ninguna pamplina personalista más, y disponerse a hacer algo tan revolucionario como buscar trabajo. Pero, eso sí que lo tienen, son un tipo de animal incansable. Paral·lel 41, CUP 155... y no serán los únicos, porque la proximidad electoral nos regalará nuevas (viejas) marcas de una creatividad inaudita. Será una fiesta, ya lo veréis.