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El pasado 30 de septiembre, el Institut d'Estadística de Catalunya publicó el censo de población y viviendas de 2025, que contenía un dato extraordinario: el 1 de enero de aquel año residían en Catalunya 2,04 millones de personas nacidas en el extranjero, y el 45 % había llegado en el período 2020-2024 (la gran mayoría a partir del final de la pandemia). En cifras redondas, uno de cada dos inmigrantes vive en el país desde hace menos de cinco años. Los municipios con una mayor proporción de habitantes llegados durante el último quinquenio son Castell-Platja d'Aro, Castelló d'Empúries, Lloret de Mar, Salou y Barcelona, todos por encima del 21 %.

El flujo de entradas y salidas es de una magnitud colosal, sin parangón en todo Occidente. En 2024 llegaron 276.000 personas desde el extranjero. ¡Más de un cuarto de millón en solo doce meses! Ahora bien, la cifra de los que se marcharon hacia otros estados también es enorme: 122.000.

Antes de que nadie se piense que son inmigrantes que han cruzado el Mediterráneo, hay que dejar claro que toda esta multitud ha entrado por el aeropuerto de Barajas: los países más representados son, con diferencia, Colombia, Venezuela, Argentina y Pakistán. Y no es una inmigración desordenada sino fomentada por todo el aparato legislativo español, con dos figuras —el empadronamiento sin papeles de residencia y la regularización por arraigo— que son una anomalía en el continente. Se implantaron para generar un efecto llamada, provocar la entrada masiva de mano de obra barata y así alimentar los sectores económicos más improductivos como el turismo. Es un modelo neocolonial que roba jóvenes a países latinoamericanos con la fertilidad hundida, y los lleva a trabajar en empleos con sueldos de miseria.

El precio de esta rotación de personas lo paga todo el mundo que sí vive establecido en el país, sea autóctono o forastero. Porque, díganme, ¿cómo se pueden planificar los servicios públicos si constantemente llega y se marcha gente? ¿La educación? ¿La sanidad? Cada día vemos el colapso de las infraestructuras de transporte. Y aunque nuestra izquierda lo niegue, es obvio que el impacto sobre el mercado de alquiler es brutal: hemos pasado de los 1,6 millones de inquilinos de 2016 a los 2,3 millones al cabo de diez años. De aquí también viene la explosión de los llamados "pisos patera", con muchos más empadronados de los que tocaría, y el retorno del barraquismo en forma de tiendas de campaña.

Más de un millón de personas vive en Catalunya desde hace menos de cinco años

Permítanme poner un ejemplo muy sencillo de mi ciudad natal, Girona. El ayuntamiento diseñó, en la legislatura anterior, un sistema de recogida de basuras con dos innovaciones: una tarjeta para abrir los contenedores y un calendario que fijaba qué residuo se podía tirar cada día. Cuando el gobierno actual lo tuvo que aplicar, el fracaso fue monumental, con basura que se amontonaba por todas partes. El modelo habría podido funcionar en el año 2000, cuando la ciudad tenía una población estable de unos 74.000 habitantes, pero pronto llegará a las 110.000 personas. ¿Ustedes creen que toda esta gente recién llegada, y sobre todo la flotante, se puede preocupar por la tarjeta de los contenedores o el horario del punto limpio móvil? El resultado es que vemos las aceras llenas de muebles que deja la gente que llega y la que se marcha.

El aspecto cultural e identitario también es muy importante. Formar parte de un nuevo país —una experiencia que conozco de primera mano— requiere unos cuantos años de esfuerzo y dedicación. Y no es solo aprender la lengua, sino también conocer todos los mecanismos burocráticos, y entonces empezar a integrarse en la vida cívica local. ¿Cómo podemos tener una sociedad cohesionada si hay tanta gente que no forma parte de ella? Añadan que, con las nuevas tecnologías de videollamada, muchos inmigrantes pueden pasar el día hablando con la familia y los amigos del país de origen, sin tener que implicarse mucho en el entorno físico.

Desde el año 2000, la población de Alemania ha crecido menos de un 2 %, la de Italia un 3,5 %, la de Francia y los Países Bajos alrededor de un 13 %. En Catalunya, en veinticinco años, hemos crecido un increíble 31,57 %. Este dato debería estar presente en todos los debates electorales durante la campaña, y en las tertulias que llenan los medios de comunicación, pero me parece que la omertá seguirá muy viva.

Y para terminar, otra cuestión. Si tenemos toda esta información es gracias al Institut d'Estadística de Catalunya, una de las grandes estructuras de Estado que vienen de la era Pujol. Cuando el Idescat publicó los datos del censo en la red X (con un gráfico sobre la población según el lugar de nacimiento y el año de llegada) se encendió un gran debate. Ahora bien, al cabo de pocas horas el tuit desapareció, y colgaron otro mucho menos visible. ¿Fue un error o hubo detrás una voluntad de ocultación? Estaría bien que alguien nos lo explicara.