En política, como en los negocios, lo que cuenta son las expectativas y, naturalmente, si, luego, dichas expectativas se cumplen. Es desde esta perspectiva, pues, que estaría bien abordar el pacto, la transacción, que se ha producido hace solo unos días entre Esquerra Republicana y Gabriel Rufián. Los republicanos son una organización política con una larga historia, mientras que Rufián se ha convertido también en una organización en sí mismo. Lo escribí así en este mismo diario, en un artículo titulado "Una pyme llamada Gabriel Rufián" (20 de febrero de 2026). Con esto quería decir, quiero decir, que Rufián funciona al margen de ERC. Que tiene sus propios objetivos y sus estrategias correspondientes, los cuales, a veces, coinciden con los intereses de los republicanos, y otras veces no. Intentemos calibrar la transacción, el supuesto negocio que se ha producido, desde el lado de ERC, que me parece que es, en términos políticos y de país, lo más relevante. Las preguntas son obvias. ¿Sale ganando ERC? De ser así, ¿gana poco o mucho? Vista en su conjunto, ¿esta operación compensa? Intentemos, a continuación, desentrañarlo a partir de tres dimensiones: la electoral, la parlamentaria y representativa y, finalmente, la reputacional. (Al escribir estas líneas, todavía se desconoce si se producirá también algún tipo de acuerdo entre ERC y el llamado Frente Amplio).
Dimensión electoral. Aquí nos tenemos que preguntar si Rufián es realmente un activo electoral absolutamente colosal, como parecen creer Oriol Junqueras y la cúpula republicana. En este punto, hay que recurrir necesariamente a los resultados de ERC con Rufián como cabeza de cartel. En las últimas elecciones municipales en Santa Coloma de Gramenet, el "efecto Rufián" se materializó en un incremento de un solo concejal. ERC pasó de tres a cuatro. En las elecciones al Congreso de los Diputados del mes de julio de 2023, el "efecto Rufián" no pudo evitar una caída abismal. Se perdieron seis de los trece diputados del grupo parlamentario. Hay que decir, para ser justos, que el contexto en el que esto se produjo fue el de un ciclo electoral nefasto para ERC en todas partes y en todas las contiendas. Estos son los datos, unos datos que no niegan necesariamente que Rufián pueda ser un buen candidato, pero que, me parece, lo matizan. Lo ponen todo más en su sitio. También hay que recordar —por si alguien en ERC lo ha olvidado en medio de tanta tribulación— que ser famoso, ser un influencer o ser aclamado por la prensa española no se traduce directa ni mecánicamente en montones de votos en Catalunya. Igualmente, no es imposible que alguien tenga muchos seguidores en X y que, a la hora de la verdad, no lo vote ni el Tato. Finalmente, en cuanto a Podemos, ¿realmente alguien piensa que la alianza aportará muchos votos a ERC? ¿Se ha tenido en cuenta que esta misma alianza quizás tendrá también un coste en votos?
El hecho de que la cúpula republicana haya parecido tolerar los reiterados desafíos de Rufián más allá de lo razonable y que, finalmente, haya cedido a lo que se puede interpretar como un chantaje no ayuda en absoluto a la reputación del partido
Dimensión parlamentaria. Cuando, hace tiempo, Rufián empezó su campaña a favor de unir las fuerzas situadas a la izquierda del PSOE para detener el tándem PP-Vox y salvar a Pedro Sánchez, ya tenía entre ceja y ceja que debía sacar al menos una cosa de ello: poder depurar el grupo de ERC en el Congreso. Rufián no sabe liderar ni dirigir, ni siquiera coordinar personas. Que no se hablara con la mayoría de sus diputados ya lo dice todo. Ahora tendrá unos nuevos compañeros de bancada. Ha logrado perder de vista a todos los diputados y diputadas que no le caían bien. Pero nada garantiza que el nuevo grupo —con algún diputado de Podemos— sea mejor ni funcione como una seda. No creo que el de Santa Coloma haya entendido que el problema era él. Al contrario: me temo que haber conseguido lo que quería agravará aún más su torpeza a la hora de trabajar en equipo. Por otro lado, nada hace pensar que los nuevos diputados sean mejores que los que tenía ERC hasta ahora. Sencillamente, porque hacerlo mejor o peor no ha sido un criterio que se haya tenido en cuenta a la hora de quitar o poner personas. Todo ello abona el pesimismo en cuanto a una posible mejora del grupo parlamentario republicano en el Congreso. No parece que el nuevo grupo, con Rufián otra vez al frente, pueda hacer un trabajo mejor que el que hacía hasta la fecha. Es decir, no parece que pueda defender mejor las ideas y los intereses de los votantes de ERC.
Dimensión reputacional. Esta dimensión va más allá de las ganancias o las pérdidas electorales. La pregunta es esta: ¿un pacto tan exótico como el que se ha hecho con Podemos —que incluye a Rufián dando mítines para conseguir votos de Podemos en las Españas— favorece la reputación, el prestigio y el buen nombre de ERC o los perjudica? ¿Hará que la gente confíe más en el partido o que confíe menos? Y a los votantes y a los militantes —a quienes nadie ha consultado—, ¿qué efecto les ha causado la operación? ¿Cómo la han visto? Expresado en términos de marketing: ¿la marca ERC vale más ahora que antes o se ha devaluado en el mercado de valores político? Creo que el hecho de que la cúpula republicana haya parecido tolerar los reiterados desafíos de Rufián más allá de lo razonable y que, finalmente, haya cedido a lo que se puede interpretar como un chantaje no ayuda en absoluto a la reputación del partido. Ceder a los chantajes en política, como en la vida, conlleva un gran peligro y, tarde o temprano, puede acabar saliendo muy caro. En definitiva, se ha transmitido una imagen de debilidad excesiva. Y, aún peor, de poca solidez tanto en las convicciones políticas como en los principios que deben definir el carácter y dirigir el comportamiento de una organización.
