Para los independentistas, el único interés que tendrán los próximos comicios del 29N será el de regalarnos una lista muy clara de los oportunistas de la tribu. Esto se ve de una forma especialmente notoria en la figura de Rufián y Lleida, un político que ha acabado abrazando el lerrouxismo para hacerse perdonar la pasión secesionista del procés ante las élites madrileñas (no nos olvidemos tampoco de nuestro estimado Francesc-Marc Álvaro, quien, justo a punto de afrontar la crisis de los sesenta, ha decidido que el mejor modo de volver a tener tiempo para leer es echar la siesta en el Senado). Pero la cosa también vale para Míriam Nogueras y toda la tropa juntaire en Madrit, a quienes veréis impostar una actitud de bloqueo granítico (volveremos a oír "a cambio de nada") que disimulará el recuerdo de aquellas competencias migratorias que, teóricamente logradas, se han fundido en la eterna nebulosa de promesas, tan habitual entre los nuestros.
Los partidos procesistas pueden respirar tranquilos, pues el efecto Maricarmen (y también la memoria de Ceuta) provocará que los electores de cada secta se movilicen, asegurando que las nalgas de sus señorías sigan percibiendo su dosis semanal de callos. Los problemas les vendrán después, en las municipales y en las elecciones al Parlament, donde la supeditación del país a los problemas editorializados por la capital del Reino les pasará una factura sangrante; pero eso ahora les da igual, porque aquí lo que hace falta es salvar el partido de cada domingo… y rezar para que en la liga no acabes ocupando plazas de descenso. De entre toda la neblina del independentismo, me ha sorprendido especialmente la actitud del think tank Alhora, el cual, tras una consulta a sus bases y a pesar de no tener ninguna representación institucional, ha decidido concurrir a la carrera con el único aliciente de exportar el putaespañismo al imaginario madrileño.
La subordinación a las dinámicas electorales españolas imposibilita el objetivo de hacer brotar nada nuevo en el ámbito político nacional
El asunto tiene cierta gracia, y no solo porque el movimiento de Alhora ya lo vimos performativizado por aquellas magníficas diputadas de la CUP que llegaron a Madrit con la intención de derrocar la monarquía y acabaron encontrando a un manso formal del ámbito podemita. La coña del tema es que mi antiguo colega Jordi Graupera ha osado hacer frente a la lógica aristotélica justificando el hipotético viaje de Alhora al Congreso a base de escudarse en el único objetivo de generar inestabilidad en Madrid para ir reconstruyendo el independentismo desde los márgenes del procesismo a la vez, asumiendo el marco mental que se derive de los comicios españoles. Una de las cosas que más me ha llamado la atención sobre esta aporía es la impudicia que ha empleado Jordi para justificarse entre los suyos, con el lema "tú puedes decidir si vas o no vas a las elecciones españolas… lo que no puedes decidir es que estas vayan a ti".
Esta justificación, y más dicha por alguien demasiado inteligente como Graupera, resulta absolutamente inquietante, pues si algo ha demostrado el viaje del secesionismo al Congreso de los últimos lustros es que la subordinación a las dinámicas electorales españolas imposibilita el objetivo de hacer brotar nada nuevo en el ámbito político nacional. Pero la cabriola mental no termina aquí, porque Jordi, con un descaro que no he visto ni en la esquerrovergència nuestra, no oculta en ningún momento que querría entrar en la mezcla de la dinámica de maricármenes y etcétera para que la voz del independentismo alternativo pueda ir urdiendo un mensaje claro de cara al ciclo que derivará en las municipales. Nuevamente, diría que la situación es la contraria; solo desde una vinculación de las dinámicas estatales podremos ver cómo los políticos municipalistas (en teoría menos ahogados por la partitocracia) tienen las manos más libres para poder esquivar la casta que los atenaza.
A un nivel puramente práctico, el oportunismo de concurrir al 29N no solo implicará hacer el saltimbanqui de una guisa típicamente procesista, sino también convertir los partidos tradicionales y sus supuestas alternativas en un contenedor de votantes perdidos de otras formaciones, una consumación del mal menor que no veo provechosa en ningún ámbito. Entiendo que los partidos agónicos practiquen el arte de seguir buscando trabajo al precio que sea, pero que alguien ose hacerlo apelando al reagrupamiento y a los márgenes certifica que todavía no hemos perdido el hábito de tratar a los votantes del país como si fueran oceánicamente bobos.