Dicen en Crític —demasiadas cosas, dicen en Crític— que vuelve el nacionalismo y, la verdad, ojalá no se hubiera ido nunca. Ojalá una parte de la clase política no hubiera abrazado la tesis tonta de que, políticamente, el independentismo tenía sentido sin el nacionalismo. Que un movimiento separatista podía existir sin definir la nación a separar, ni los motivos de fondo —no solo los materiales— para hacerlo. El afán de distanciarse de las peores versiones del nacionalismo —todas ellas, nacionalismo de Estado— paraliza una parte del movimiento independentista y lo incapacita para leer las excepcionalidades y las circunstancias que legitimaban —y legitiman— el nacionalismo de una nación sin Estado como la nuestra. En última instancia, esta equiparación burda e injusta siempre acaba en el mismo lugar: en el tipo de consignas que justifican que, puestos a ello, ante los peligros del nacionalismo genérico, sale más a cuenta la parálisis. Y al final, esto siempre se acaba traduciendo en el desarmamento ideológico del nacionalismo catalán; es decir, en abono para el nacionalismo español.
La columna de Adam Majó —director de la Oficina per a la Defensa dels Drets Civils i Polítics de la Generalitat de Catalunya— que cito en la apertura es importante porque cristaliza algunas de estas tesis envenenadas. La primera, que "el actual ascenso global del nacionalismo llega de la mano de las extremas derechas y de los totalitarismos, y va cargado de xenofobia, de jerarquización y de insolidaridad; y este es un contexto ideológico que lo contamina todo y del cual es muy difícil desmarcarse". El nacionalismo catalán bebe de una tradición que va mucho más allá de las modas de este siglo. El genocidio lingüístico y cultural que sufre la nación catalana no se desvanecerá por mucho que el nacionalismo global vaya cargado de todo aquello a lo que Majó se refiere. Lo que Majó representa se excusa en Trump, en Meloni, en Orbán o en Orriols para desdibujar las razones de ser del nacionalismo catalán y dejar de entenderlo dentro de su coyuntura concreta. En pocas palabras, valida el sistema de opresiones del Estado español desvirtuando la ideología que lucha por revertir sus consecuencias y asociándola al mal moral. En esta voltereta teórica no hay ni una pizca de fiscalización a un nacionalismo español que siempre tiene y ha tenido todas las similitudes con la derecha global que tanto teme una parte de la izquierda catalana.
La segunda, que "la gran mayoría de los estados del mundo son demasiado pequeños y demasiado dependientes para garantizar a sus ciudadanos los mínimos que estos esperan" y que "quieren Estados nacionales con todos los atributos simbólicos y toda la liturgia nacionalista, pero sin poder real para imponer condiciones a las grandes concentraciones de capital y de poder". Esta es importante porque refleja hasta qué punto hay quien tiene suficiente con el argumento de que el mundo no es perfecto —o es demasiado complejo, o está demasiado hecho mierda— para desactivar cualquier instinto de lucha reversiva. Hace gracia, claro, que esto venga del tipo de gente que tiene siempre la revolución en la boca. Todo ello parte de la confusión —interesada, creo— de que el nacionalismo catalán debe encontrar su potencial y su motor en la capacidad de remediar todas las injusticias y las desigualdades del mundo, en vez de garantizar la pervivencia de la nación catalana en todas sus vertientes.
Así, se carga el nacionalismo catalán de una responsabilidad hacia los males y agravios de la humanidad, y como por naturaleza no puede responsabilizarse —porque este no es su objetivo—, se lo acaba desestimando como una birria arcaica, de ahí que se empleen las palabras "atributos simbólicos" y "liturgia nacionalista". Esta retórica casi esotérica para referirse al nacionalismo catalán acaba poniendo distancia entre la dominación española y las consecuencias concretas que tiene sobre la vida de los catalanes. El nacionalismo catalán no es ninguna liturgia y los símbolos no se adscriben a la categoría de los espíritus. El nacionalismo catalán es la herramienta ideológica que quiere restablecer los derechos nacionales de los catalanes en su país, que ambiciona algo tan sencillo, palpable y poco esotérico como que los médicos nos atiendan en nuestra lengua o que los niños, también los hijos de los inmigrantes, se puedan catalanizar en la escuela. Con el ideal de garantizar todos los derechos universales en todo el mundo, se acaba negando de raíz la lucha por los derechos nacionales y lingüísticos de los catalanes, o empujando para que el nacionalismo catalán se convierta en un movimiento de lucha por los derechos civiles y universales de manera desnacionalizada.
La repolitización del nacionalismo catalán era necesaria para despertarnos de la anestesia, pero también para enmendar todas aquellas negligencias teóricas del movimiento independentista que hicieron que, aun teniendo la gente en la calle, la nación se nos escapara de las manos
Finalmente, la tercera tesis envenenada: ateniéndonos a todo lo expuesto aquí, cualquiera que ose desmontar este entramado de invisibilizaciones y desnacionalización programada, cualquiera que entienda que la lucha por los derechos nacionales de los catalanes no debe ir supeditada a la consecución de la paz en el mundo y a la desarticulación del gran capital, será tildado de reaccionario. Si no tiene una acusación de xenofobia, se le asignará una de oficio. Es realmente fascinante y poético hasta qué punto los defensores de este marco hacen la pinza con aquellos que, poniendo un ejemplo reciente, califican la estelada de símbolo excluyente —que incita a la violencia policial, por cierto. A partir de aquí, la columna de Adam Majó entra en una serie de falsas dicotomías y de simplismos alimentados por los prejuicios y por la voluntad de justificar todas las tesis anteriores.
Que hablar de demografía y de las herramientas que tenemos para catalanizar la inmigración —o regularla— es calificarla "de amenaza existencial" para la nación catalana, todo ello sin mencionar en ningún momento al Estado español ni el papel que aquí juega. Que el nacionalismo catalán se empeña en delimitar quién es y quién no es catalán y se empeña en descalificar la versión más "inclusiva" y "evolutiva" de la catalanidad, sin explicar qué es una ni qué es la otra. Llegados a este punto, no sería precipitado asumir que solo la catalanidad con una dosis de españolidad es aceptable para el espacio ideológico que Majó representa. Que "defienden propuestas segregadas como la doble red escolar" —creo que si alguien le hiciera explicar en qué consiste esta propuesta no sabría ni por dónde empezar— y que "ponen más esfuerzos en defender los derechos concretos y cotidianos de los catalanohablantes que en ampliar el número de usuarios de la lengua", como si una cosa no fuera con la otra. Debemos asumir que es de la opinión de que hacen falta más consensos de país y más pactos por la lengua para no hacerla antipática, lo mismo que piensa Salvador Illa.
Según Adam Majó, que fue concejal de la CUP durante dos legislaturas, esto conduciría directamente "a la minorización que ellos mismos denuncian". Tanto discursito teórico izquierdista para acabar en el mismo sitio que Societat Civil Catalana y que todos los partidos españolistas: en culpar del retroceso del catalán y de la minorización de la nación catalana a los propios catalanes. Porque nos defendemos demasiado, vaya. La traca final: "el catalanismo solo puede hacer frente al nacionalismo antagonista si viene cargado de valores diferentes y mejores como la igualdad, la inclusividad, la modernidad, la fraternidad o el internacionalismo". Si para poder llamarte nacionalista catalán, o para poder considerar el nacionalismo catalán una lucha legítima, la tienes que supeditar a todas las luchas universales posibles, quizás es que no la consideras legítima. Y no pasa nada, oye. Ahora, así las cosas, entonces te hace falta aceptar en qué lugar del eje nacional te deja eso. Y con quién, queriendo ser la encarnación del bien moral y de la paz en el mundo, acabas compartiendo cama.
La columna de Majó tiene por título ¡Vuelve el nacionalismo!, como si se tratara de una amenaza, pero desde este rincón de internet no lo podemos recibir más que como una buena noticia. Habiendo salido de un proceso que cayó ideológicamente en las tesis que aquí se exponen, que empiecen a brotar propuestas políticas desacomplejadamente nacionalistas que, a la vez, no caen en la tentación de la extrema derecha, es un síntoma de recuperación, de enderezamiento y de autoestima. La repolitización del nacionalismo catalán era necesaria para despertarnos de la anestesia, pero también para enmendar todas aquellas negligencias teóricas del movimiento independentista que hicieron que, aun teniendo a la gente en la calle, la nación se nos escapara de las manos. Si es que alguna vez estuvo, ojalá que el nacionalismo no se hubiera ido nunca.