En su Política, Aristóteles reflexiona sobre el modo en que debe afrontarse un gobierno que atente contra la justicia, entendiendo que intentar acabar con él, el tiranicidio, puede tener efectos colaterales más indeseables incluso que la propia injusticia a erradicar. Esa aproximación ética al conflicto se pierde en Maquiavelo, para quien el tiranicidio vale en la medida en que sirva a los intereses perseguidos. La modernidad y la construcción del Estado de derecho traen de la mano la condena del tiranicidio como tal, es decir, la muerte del tirano. Pero hemos comprobado en más de una ocasión cómo, a través de métodos más o menos explícitos, los actores políticos contemporáneos, Estados de derecho en muchos casos, llevan a cabo intervenciones de fuerza para derrocar tiranías. Sea ese el objetivo, o sirvan solo como excusa para la satisfacción de intereses menos edificantes, lo cierto es que se da.
Resulta curioso que quienes ahora más critican a Trump no hayan hecho nunca lo mismo con los mandatarios chino, ruso y venezolano
Aunque la opinión pública manifiesta perplejidad ante el hecho de que Estados Unidos haya violado la soberanía venezolana para llevarse a Nicolás Maduro ante su justicia, acusado de narcotráfico en perjuicio de la población estadounidense, lo cierto es que lo único que ocurre es que no acabamos de descifrar los códigos de esas conductas. Mi opinión particular es que Donald Trump y su entorno se han dado cuenta de que el cambio se ha producido ante las narices de Occidente. Que la Rusia de Putin y la China de Jinping, que no son democracias, tienen un grado de operatividad interna del que la joven democracia norteamericana carece. Sus fórmulas de actuación se dedican, por ello, a ir bordeando la legalidad y la institucionalidad al uso. Para poder llevar a cabo la detención de Maduro sin consultar al Congreso, ha utilizado la argumentación de la seguridad nacional, que estaría en peligro por la introducción de droga en EE.UU. desde instalaciones y bajo el mando del presidente de Venezuela.
¿Es esta la etapa previa al momento en que, al estilo de César, Trump pretenderá asumir el poder absoluto? Tal vez sea así, pero resulta curioso que quienes ahora más lo critican no hayan hecho nunca lo mismo con los mandatarios chino, ruso y venezolano. El mundo vira hacia los nuevos cesarismos, ya descritos en clave nietzscheana por Otero Novas hace años en su movimiento de eterno retorno. Donald Trump no fue, desde luego, el primero en llegar, ni por ahora el más salvaje. Solo queda por ver quién de todos ellos será el más grande. El resto, Europa incluida, meros NPC en su escenario de actividades.