Hace un año que Donald Trump se hizo de nuevo con las riendas de la Casa Blanca, y parece que haya pasado un siglo; una sensación, la del tiempo parado en la derrota perpetua, que no solo padezco yo. Esta percepción —la de que vivimos en una incertidumbre constante como consecuencia de estar sometidos a los antojos de una mente psicopática— ha teñido el ambiente de un pesimismo y de un cabreo que hacía años que no percibía. Nadie habla de futuro; todo el mundo menciona el presente con una pesada añoranza del tiempo pasado. Un pasado, por cierto, perifrástico, porque hace un año que esta bestia naranja tomó las riendas de la Casa Blanca, y parece que haya pasado un siglo desde que él y los integristas sionistas y sus interlocutores mediáticos decidieron convertir el mundo en una ruleta rusa. Siempre con permiso de Putin, por supuesto.
Que a Donald Trump le gustaría ser rey del mundo, al estilo de James Cameron, es una evidencia, y todo parece apuntar a que el indigno dignatario está preparando una segunda versión del Titanic, esta a escala mundial. Donald se ha pasado la vida queriendo ser mejor que su padre y no lo logrará hasta que lo proclamen Dios, al estilo de Calígula. Primero, cambia el nombre del Kennedy Center, introduciendo el apellido Trump, como si fuera un "First Dates" del egocentrismo político —Trump Kennedy Center—; después, destruye el ala este de la Casa Blanca para construir una sala de baile ciclópea y ser recordado como Nerón y su Domus Aurea, y ahora pretende emitir monedas con su efigie con el objetivo de vivir perpetuamente en los bolsillos y en las cajas registradoras de los estadounidenses. Y hay que recordar que Nerón y Calígula fueron ejecutados por su guardia pretoriana, y que si quiere ser rey, o emperador, o zar, su amigo y mentor —el bueno de Vladímir— le puede explicar el secreto y cómo sobrevivir a los complots de los hombres de confianza aprendiendo las artes de los druidas.
Por suerte, y hasta que los tecnoautoritarios no decidan lo contrario, EE.UU. sigue siendo una democracia, y el sábado pasado más de ocho millones de personas salieron a las calles de las ciudades estadounidenses para manifestarse contra Donald Trump bajo el lema 'No Kings Day'. Figuras como Robert De Niro o Bruce Springsteen encabezaron las marchas, y dicen que a la manifestación se sumaron algunos votantes de Trump agotados de la psicodelia mental de un dirigente en el que depositaron esperanzas de conseguir un futuro autárquico, la 'America First', pero su egoísmo nacionalista se ha visto traicionado por un presidente que usa el poder para sus negocios privados a escala global. Desde un punto de vista europeo, sorprende la inocencia de estos votantes estadounidenses —estos MAGA desencantados—, pero no hay nada más peligroso que un ingenuo armado, como es el caso de los habitantes de un país donde todo el mundo puede tener armas en casa y se rige bajo la ley del ojo por ojo. ¿No eran conscientes estos amantes de la autarquía trumpista de que si China abre el ventilador, EE.UU. se constipa? Se ve que no.
Si a lo largo de los siglos la historia la han escrito los ganadores, desde la irrupción política de Trump, no solamente tienen el poder de escribirla, sino también de reescribirla
Y perdonad el inciso: si en algo se parecen los MAGA y los madrileños ayusistas es en este concepto de sentirse el ombligo del mundo. El mejor país del mundo, la mejor ciudad del mundo. Una especie de Big Bang de distinta escala. El Big Bang estadounidense empobrece el mundo. El Big Bang madrileño provoca el fenómeno de la España vaciada. Ambos son producto del egocentrismo y de la visión centrípeta de una realidad caleidoscópica.
Uno de los tótems del ayusismo también se creyó rey —en su caso, profano— y tuvo sus más y sus menos con el otro rey, el Borbón y divino Juan Carlos, y, como buen rey profano, casó a su niña en El Escorial, en una boda que quiso tener un aire áulico, pero que, una vez que aparecieron las imágenes en el papel estucado de las revistas, se pareció más al enlace matrimonial de Connie Corleone que al de Diana Spencer. Aznar, un tipo ridículo con ínfulas imperatoriales, tuvo la boda que merecía un nuevo rico mediocre con alma de vendedor de ropa interior masculina en Galerías Preciados.
Hace unos cuantos años, cuando aún no existían las redes sociales y los tecnoautoritarios no controlaban las mentes algorítmicas de los tecnoesclavos, marchas como las de 'No Kings Day' tenían el poder de cambiar el rumbo de un país. Ahora no; por el mero hecho de que todos estos poderes fácticos han encontrado en Donald Trump al hombre que reescribe la historia, empleando, si hace falta, mentiras flagrantes y probadas. Si a lo largo de los siglos la historia la han escrito los ganadores, desde la irrupción política de Trump, no solamente tienen el poder de escribirla, sino también de reescribirla. Si antes los hechos se historiaban según la ideología del narrador, ahora se narran desde la impunidad del mentiroso. Y si la realidad no cumple las expectativas, se logrará hacer de la ficción una realidad. Así funciona el mundo creado por este hombre, que se autoproclamará rey si los participantes del 'No King Day' no se lo impiden democráticamente, aunque los proclamadores del eslogan 'libertad o democracia' comiencen a hacer campaña en contra de convocar elecciones. "Todo para el pueblo, pero sin el pueblo", es la frase que define a este déspota ilustrado que quiere ser rey del mundo, pero sin el mundo.
“En el siglo ocho, flotaba por el ambiente una idea de unidad”, nos dijo el teniente que nos impartía clases de historia para explicarnos el origen de España. Ahora, flota por el ambiente un maridaje entre el pesimismo y un cabreo que solo podrán cambiar los estadounidenses. Y cuando tu destino está en manos de una gran cantidad de ingenuos armados, apaga y vámonos.