Port de Barcelona, martes 28 de junio de 1859. Hace 167 años. El científico e inventor catalán Narcís Monturiol (Figueres, 1819 – Barcelona, 1885) botaba el primer submarino de la historia: el Ictíneo, un prototipo, totalmente de fábrica catalana, de siete metros y medio de eslora, construido con madera y con un diseño en forma de pez. Según la prensa de la época (Diario de Barcelona, La Corona, La Abeja, Diario de Palma), en aquel martes víspera de San Pedro (patrón de los pescadores y de los marineros), a pesar de ser día laborable, en el puerto de Barcelona se concentró una gran cantidad de público, expectante por la novedad que se presentaba: el "Ictíneo" un barco que se sumergía y emergía, y exploraba el —hasta entonces— desconocido fondo marino.
¿Cómo era el Ictíneo?
El Ictíneo de Monturiol era un casco formado por dos cascos: el exterior en forma de pez (el proverbial sentido de la estética de los catalanes) y el interior en forma elíptica que tenía una capacidad de 7 m³. Este casco se sumergía y emergía a través de un sistema de bombas de aire y densidad. Se iluminaba (la cámara interior y el faro exterior) a través de tanques de oxígeno y de hidrógeno, que tenían, también, la misión de suministrar aire respirable a la tripulación. Y se propulsaba con un sencillo sistema de pedales. La tracción de aquel primer Ictíneo, era humana, cuatro hombres —situados en la popa de la nave— pedaleaban para mover la aleta plana del exterior que propulsaba el submarino. Claro, sencillo y estético... un invento a la catalana.
La paternidad del submarino
El submarino Peral no sería botado hasta el 8 de septiembre de 1888... veintiocho años más tarde del Ictíneo. En un primer momento, el poder español intentaría imponer la versión de que el de Peral era el pionero. Pero esta emergencia de testosterona patriótica de pandero y castañuela, duraría, tan solo, cinco meses. El tiempo que el mismo Peral tardaría en reconocer a Monturiol la paternidad del submarino. Sería en una carta que enviaría al Club de Regatas de Barcelona (febrero, 1889). El poder español nunca lo ha querido aceptar y, pasado un siglo y medio, lo resolvió imponiendo que el submarino militar es obra del ingeniero militar español Isaac Peral y el civil lo es de Narcís Monturiol "ingeniero español nacido en Figueras". Cuando conviene, conviene. Y cuando no, "a por ellos, oé!".
¿Cuál es la faceta más desconocida de Monturiol?
Era el año 1846, y aún faltaban trece años para botar el Ictíneo. Barcelona ya había iniciado la Revolución Industrial. Pero continuaba recluida, forzosamente, dentro de las murallas por el castigo que le había impuesto el régimen borbónico después de 1714. Y los obreros y sus familias malvivían en un paisaje marcado por las tres "emes": miseria, enfermedades y muerte. El hacinamiento, la infraalimentación, la insalubridad, las pésimas condiciones de trabajo y el analfabetismo condenaban a las clases trabajadoras a una vida de desesperanza. Y en aquel contexto, Monturiol, inspirándose en el pensamiento del socialismo utópico, imaginó la creación de un entorno donde las clases humildes podrían vivir saludablemente y trabajar favorablemente: el proyecto Icaria.
¿En qué consistía el socialismo utópico?
El socialismo utópico era un conjunto de ideas formuladas a principios del siglo XIX que criticaban los efectos del capitalismo salvaje sobre el conjunto de la sociedad, y que proponían la creación de una sociedad justa e igualitaria. Los principales pensadores de este movimiento (los franceses Saint-Simon y Fourier y el galés Owen) proponían una sociedad dirigida por científicos y productores que debía articularse en "falansterios", una especie de comunidades autosuficientes basadas en el trabajo libre y en la cooperación. El galés Owen, propietario de varias fábricas, había implementado este proyecto con la creación de una comunidad cooperativa llamada New Harmony (1838), en Indiana (Estados Unidos).
¿Qué era Icaria?
Monturiol adquirió unos terrenos en la villa de Sant Martí dels Provençals (donde, años después, se desarrollaría el barrio barcelonés del Poblenou) y creó una comunidad que practicaría el socialismo utópico. Un reducto formado por un grupo de familias que había renunciado a la propiedad, a la moneda y al comercio, que se organizaría como una cooperativa y que invertiría los beneficios del trabajo sobre la misma comunidad. En Icaria, las casas, los talleres, la tienda, la escuela, el dispensario, la taberna o el cementerio eran propiedad de la comunidad. Aquella experiencia pionera y utópica reuniría, en la punta de su plenitud, a más de cien familias trabajadoras, es decir, unos quinientos habitantes.
Icaria, de sueño a pesadilla
El proyecto Icària no tuvo el éxito que Monturiol habría deseado. Aunque se desarrolló y mereció la atención de Karl Marx y Friedrich Engels, la experiencia utópica en Barcelona sería sistemáticamente boicoteada por los lobbies de poder de la época (burguesía industrial, aparato gubernativo español, jerarquías eclesiásticas). La experiencia utópica Icària desaparecería en 1860, cuando Cerdà, en el dibujo de su proyecto de Eixample, trazó un plano que destrozaba, literalmente, la ciudad utópica. Acto seguido, su paisaje urbanístico sería sustituido por grandes fábricas, geniales testimonios de la arquitectura industrial catalana, desgraciadamente destruidos y perdidos para siempre, con la fiebre especulativa de 1992.
