Los burócratas de la FIFA, dirigidos por Gianni Infantino —capo di tutti capi futbolísticos—, se han apoderado del mundo del fútbol con las artes de los prestidigitadores de la estafa. Allí donde van, estos personajes inflados de pasta y de buenas viandas dejan la estela de sus Visa Platinum a cuenta del esfuerzo de los trabajadores del fútbol —los futbolistas— y la buena fe de los seguidores, con la mentira de que trabajan para el interés de un deporte que, en realidad, solo les interesa para vivir como sátrapas.

Toda esta reflexión irritada es la que me provoca un personaje como Gianni Infantino, el burócrata por excelencia, que se mueve por los continentes sin ningún tipo de criterio moral, y con una capacidad innata para la genuflexión típica de los trepas. Sus encuentros con Putin y Trump pasarán a formar parte de la historia de la ignominia, demostrando que para ser hombre de la FIFA solo hay que tener un cuajo a la altura de las comisiones que van y vienen, pasando por encima de los intereses reales de un deporte que vive, fundamentalmente, de los futbolistas y de los aficionados. Sin estos dos estamentos, Infantino debería dedicarse a buscar otra gallina de los huevos de oro capaz de satisfacer las necesidades biológicas de este grupo de dirigentes epicúreos que han hecho del paternalismo el arte de vender su indecencia. Estos vividores todo lo hacen por el interés del fútbol, típica estrategia de los narcisistas. Y también por el interés de sus hijos putativos, los futbolistas. Y, cómo no, también por el bien de los aficionados.

Milagrosamente, y a pesar de Infantino, algunos partidos del Mundial siguen desprendiendo esa magia de antaño, de cuando la gente lloraba viendo el jogo bonito del Brasil de Pelé, o la perfección estética de la Naranja Mecánica dirigida por Johan Cruyff. El Mundial sigue viviendo del recuerdo de Maradona y de su "mano de Dios" o de que Messi siga rompiendo las leyes de la física. Mientras el Mundial dependa de los futbolistas y de la pasión de los aficionados, seguirá existiendo, a pesar de las trabas impuestas por la FIFA, vendida a los intereses comerciales de las multinacionales, que permiten a Infantino y a tutti suoi vivir con las manos sucias de caviar —de beluga, por supuesto—.

Infantino y los cuarenta burócratas se han vendido el alma al diablo con el beneplácito silencioso de todos, futbolistas, espectadores y clubes incluidos

Este Mundial es el ejemplo perfecto del estrés que ha impuesto el neoliberalismo a todo lo que puede reportar grandes beneficios económicos. La copa del mundo de 64 equipos fue impuesta por Infantino y los cuarenta burócratas, y es la cima de un Everest lleno de alpinistas faltos de oxígeno y de sherpas movidos por la pasta.

Sorprende, no obstante, que los futbolistas, la pieza fundamental de todo este engranaje, acepten, mansos, unas condiciones laborales que les obligan a poner en riesgo su propia salud. Sorprende, también, la omertá imperante en el fútbol, por la que los futbolistas callan a cambio de sueldos estratosféricos y de beneficios publicitarios. Sorprende que los futbolistas no protesten por un Mundial alargado y por la amenaza por parte de la FIFA de incrementar la cifra de participantes en las próximas ediciones. Sorprende, también, que los futbolistas no impongan sus reglas: ellos son la piedra filosofal de este deporte y, a la vez, el elemento más frágil. Sorprenden tantas cosas… Como sorprende que tanto la AIF como la FIFPRO —las dos asociaciones internacionales de futbolistas— no pongan el grito en el cielo y llamen a la huelga general de sus representados.

Tengo la esperanza, remotísima, de que los futbolistas se planten algún día contra Infantino y Čeferin, aunque cuando veo boquiabierto cómo ciertos jugadores brasileños nacidos en favelas apoyan a Bolsonaro, u observo fastidiado cómo Diego Fuoli, el portero del Sabadell, induce a la masa a gritar "hijo de puta" a Pedro Sánchez, la esperanza se desvanece y nacen las dudas de que algún día se produzca una insurrección necesaria. Falta civilidad en un colectivo que se deslumbra demasiado con el lujo. No me imagino a Johan Cruyff, en plenas capacidades futbolísticas, aceptando toda esta sobreexplotación desacomplejada por parte de Infantino. Cruyff sufrió a João Havelange, pero eran otros tiempos. Entonces, los futbolistas no crecían en una sociedad tan idiotizada y muchos jugadores protestaron cuando la Argentina de los 30.000 desaparecidos recibió el honor de organizar un Mundial.

Yo, como espectador, tampoco me libro de la culpa, ya que soy parte activa de un espectáculo que cada día se parece más al panem et circenses romano. Como espectadores, hemos aceptado la explotación de los futbolistas como si nosotros fuéramos los propietarios de la granja ganadera, ayudados por ciertos periodistas deportivos que nunca se atreverían a maltratar a sus hijos como desprecian a ciertos jugadores. Qué necios. Somos tan bobos que hemos admitido el precio impuesto por la FIFA de unas entradas inalcanzables para un trabajador normal. Y no solo hemos aceptado la desvirtuación del fútbol con el coste de las entradas, sino también con el cambio de unas normas que van en contra de la naturaleza de un deporte que hasta ahora se ha mantenido alejado de los deseos colonialistas de los estadounidenses. Trocear el partido en cuatro partes para meter publicidad es pervertir un espectáculo basado en la estructura típica de los relatos: inicio, desarrollo y final. El fútbol es épica, y la épica es progresión… Infantino y los cuarenta burócratas se han vendido el alma al diablo con el beneplácito silencioso de todos, futbolistas, espectadores y clubes incluidos. Entre todos la mataron y ella sola se murió, dice el refrán popular.

Por suerte, todavía estamos a tiempo de salvar al fútbol de los deseos megalómanos de gente como Infantino. Y son los futbolistas, y nosotros, los espectadores, quienes tenemos el poder del "hasta aquí hemos llegado". El espectáculo, en el césped; la pasión, en la grada; el inframundo, en los despachos de la FIFA.