Veteranos de luchas mayoritariamente fracasadas me cuentan que en la manifestación del 11 de septiembre en Barcelona había mucha gente joven con banderas independentistas y camisetas del Barça, estas como respuesta a la brutal agresión policial que sufrió un seguidor barcelonista en Elx por ser portador de una estelada. Un hecho que hace que me pregunte si un policía nace siendo policía o se le despierta la vocación por circunstancias que yo no tengo ni el tiempo ni el conocimiento para saber las causas. Lo que puedo decir, desde la modestia de un cronista sin pretensiones de convertirse en un experto, es que ambos casos son dignos de un simposio de psiquiatría.
Yo participé firmemente en las manifestaciones del 11 de septiembre hasta que la república de nueve segundos me convirtió en un nihilista amargado y dejé de participar en ellas para no dar derecho de pantalla a toda una serie de líderes independentistas que hace tiempo que deberían haberse apuntado al Imserso político. Entiendo a la antigua militancia, y me conmueve su idealismo, pero yo pertenezco a otra generación, a aquella que sufrió en plena adolescencia a ministros socialistas satisfechos de vivir en un país donde cualquiera podía enriquecerse siguiendo metodologías poco éticas y a antiguos anarquistas apuntándose a las filas del partido de José María Aznar a cambio de dirigir un ministerio o la Biblioteca Nacional. Mi idealismo, en consecuencia, está bajo mínimos desde que voté 'no' a la OTAN, pero entiendo la sorpresa y la alegría de unos veteranos que, cuando eran jóvenes, llenaron las paredes con lemas como "prohibido prohibir", "seamos realistas, pidamos lo imposible" o "la belleza está en la calle". "Más vale morir de pie que vivir de rodillas", dijo Dolores Ibárruri, un mito generacional que, por cierto, tuvo que bailarle el agua a Iósif Stalin para no acabar sus días en cualquier gulag siberiano. Bien mirado, a mí me gusta más la frase "la vida es como la escalera de un gallinero: corta y llena de mierda". Por cierto, esta mañana, cuando he salido para llevar a los niños a la parada del bus escolar, he encontrado a un tipo cagando en la calle. Calle Béthencourt. Marca Barcelona. Los niños han llegado a la escuela con una lección aprendida.
Que la gente muy joven haya vuelto a ocupar las calles es importante, y enternece ver cómo toma el relevo de toda una generación de jóvenes que acabaron hasta el coño o los cojones por culpa de las mentiras de unos líderes que los abandonaron para salvar el metro cuadrado de poder irrelevante y, por cierto, a muchos kilómetros de Ítaca. Esta generación de no tan jóvenes y muy desengañados es muy probable que, en las próximas elecciones, muy mayoritariamente, entregue su mala hostia a Aliança Catalana. Nuestros líderes se flagelan con la idea, pero son, en parte, responsables de ello…
Los jóvenes con cierta conciencia social —el resto son un mero rebaño al servicio de la idiotez— tienen al enemigo escondido en la nube de la virtualidad, dispuesto a controlar sus y nuestras vidas a través de un teléfono inteligente
Yo, que he entrado en la cuarta y última etapa de mi vida, tengo el derecho a mirarme el futuro con cierta nostalgia, a diferencia de una juventud que todavía tiene que construir su memoria. La pregunta es si todavía están a tiempo de convertir la memoria en nostalgia en un mundo dirigido por cuatro psicópatas, con Elon Musk a la cabeza de este grupito de tecnoautoritarios. A diferencia de nosotros, que teníamos el enemigo a batir a la distancia de unas urnas electorales, los jóvenes con cierta conciencia social —el resto son un mero rebaño al servicio de la idiotez— tienen al enemigo escondido en la nube de la virtualidad, dispuesto a controlar sus y nuestras vidas a través de un teléfono inteligente. La última de Musk es anunciar que dentro de diez años, mil robots sustituirán la mano de obra de millones de personas. Sin verbo condicional. Con la seguridad de un megalómano que usa el éxito como cebo para llenar de ultras el primer mundo y destruir una democracia, imperfecta, sí, pero democracia al fin y al cabo.
Es encomiable, por lo tanto, que haya nuevos jóvenes dispuestos a llenar las calles al grito de 'independencia', pero la realidad de 2026 parece una distopía vista desde la perspectiva de 2010. No se trata de desanimar, sino de ser realista. No es solo Catalunya quien debe independizarse de una oligarquía española; es el mundo el que debe independizarse de toda una oligarquía que tiene una sucursal en España que ha entregado su fe a una panda de golpistas tecnológicos. Y nos faltan políticos con talla intelectual y un derecho internacional con poder para juzgar a golpistas de Silicon Valley, a genocidas sionistas, a criminales de guerra o a terroristas del cambio climático. Estos jóvenes, lamentablemente, son una minoría, y no sé si la suma de minorías será capaz de cambiar el rumbo del mundo diseñado por una minoría de sátrapas. Recuerdo una frase de José Luis Coll —alerta boomers, como dice Pàmies— que decía de Alfredo Landa que "a peseta por película, son muchos millones de pesetas". Esto de las minorías me hace viajar a los bonitos tiempos de la mayoría silenciosa que tanto pregonaba Inés Arrimadas, líder del partido falangista de Ciudadanos.
Jacob Coxon, un investigador que acaba de renunciar a su puesto de trabajo en Anthropic, ha advertido que la IA puede acabar con la raza humana a finales de esta década. De ser así, la flora y la fauna lo agradecerán, pero el sueño de una Catalunya independiente quedará extinguido, con la seguridad de que en los búnkeres construidos por estos tecnoautoritarios solo cabrán tipos de la apariencia moral de José María Aznar. ¿Os imagináis estar encerrados de por vida en un búnker —os recomiendo ver la serie Silo— con José Mari al lado? Prefiero extinguirme o pensar que, de minoría en minoría, sean millones de minorías las dispuestas a cerrar los búnkeres con toda esta casta de golpistas dentro. Una vez eliminada, podremos volver a hablar de Ítacas.
Como decía Frank Sinatra: dubidubidú.