Estoy cansada. Cansada de que todavía sorprenda que pueda hablar con personas que piensan de manera muy distinta a mí. Cansada de que haya quien considere sospechoso que mantenga una amistad, sienta cariño o trabaje con alguien situado en otra coordenada ideológica. Cansada de que escuchar se interprete como una claudicación y reconocerle algo bueno al adversario se castigue como una traición.

Me ha ocurrido muchas veces. Basta con que converse con alguien, que comparta un espacio profesional o que valore públicamente una reflexión acertada para que aparezcan los encargados de repartir carnés. De pronto, ya me he movido de sitio. Ya estoy en el bando contrario. Ya me he vendido, me he rendido o he dejado de ser quien era. Todo porque he cometido el terrible pecado de escuchar a otra persona sin exigirle antes que piense exactamente como yo.

Menuda mierda de bandos. Y menudo rollo.

Qué vida tan pequeña debe de ser esa en la que solamente se puede sentir afecto por quienes votan lo mismo, leen los mismos periódicos y repiten las mismas consignas. Qué aburrimiento relacionarse únicamente con personas que confirman cada una de nuestras ideas. Qué peligroso, además. Cuando nadie nos contradice, terminamos creyendo que nuestras opiniones son verdades universales y que quien las cuestiona solamente puede ser ignorante, perverso o ambas cosas a la vez.

He conocido personas admirables con ideologías muy distintas. También he conocido a auténticos impresentables dentro de casi todas ellas. La etiqueta política jamás me ha parecido una garantía de bondad, inteligencia, honradez o sensibilidad. Compartir siglas tampoco convierte a nadie en amigo. Discrepar en cuestiones importantes no impide reconocer la generosidad, el talento o la humanidad de quien tenemos delante.

Cuando nadie nos contradice, terminamos creyendo que nuestras opiniones son verdades universales y que quien las cuestiona solamente puede ser ignorante, perverso o ambas cosas a la vez

Parece elemental. En España, sin embargo, continúa resultando revolucionario.

Hemos construido una cultura política en la que pactar con el adversario se presenta como debilidad. Cada acuerdo necesita una justificación defensiva. Cada conversación debe explicarse. Cada coincidencia provoca sospechas. Si una propuesta del contrario es buena, se rechaza o se maquilla para que no pueda apuntarse el tanto. Si una medida funciona, cuesta reconocerlo. Si alguien rectifica, en lugar de agradecer la rectificación, se utiliza contra él como prueba de que antes estaba equivocado.

Así es imposible avanzar.

Los problemas permanecen mientras los responsables se lanzan la pelota de una administración a otra. El Gobierno culpa a las comunidades autónomas; las comunidades señalan al Gobierno; unos invocan competencias y otros recuerdan presupuestos. Todos encuentran una declaración antigua, una norma pendiente o una decisión ajena con la que protegerse. La escena recuerda al viejo chiste del albañil que, al contemplar el destrozo, pregunta muy serio: "Señora, ¿quién le ha hecho esto?". Como si él acabara de llegar y la cosa no fuera con él.

Entretanto, nadie repara la pared.

Hablar con alguien no significa darle la razón. Escucharlo tampoco borra las discrepancias. Dialogar permite conocer sus razones, detectar coincidencias y comprender mejor incluso aquello que seguimos rechazando

España arde. Arden nuestros montes, se vacían nuestros pueblos y quienes viven del campo acumulan dificultades para hacer aquello que durante generaciones ayudó a conservarlo. Después llega la catástrofe y reaparece el ritual de siempre: las fotografías, las acusaciones, las comparecencias, el reparto de responsabilidades y la solemne promesa de que habrá que tomar medidas. Hasta que cambia el titular y todo vuelve a esperar.

Las llamas no preguntan qué partido gobierna el municipio. Una enfermedad no distingue entre votantes de izquierdas y de derechas. Los problemas de la educación pública, la vivienda o la despoblación tampoco se detienen en una frontera autonómica. Necesitan continuidad, coordinación y acuerdos que duren más que una legislatura. Justamente aquello que nuestra política parece incapaz de ofrecer.

Lo más frustrante es que buena parte de esos acuerdos serían posibles. La mayoría de la gente quiere una sanidad que funcione, escuelas dignas, empleo, seguridad, vivienda accesible y un campo cuidado. Podremos discutir cómo conseguirlo, cuánto invertir o qué administración debe asumir cada tarea. Para eso sirve la política. El desacuerdo debería ser el comienzo del trabajo, pero lo hemos convertido en la excusa perfecta para no hacerlo.

La confrontación permanente resulta muy rentable. Permite movilizar a los propios, mantener una audiencia fiel y eludir responsabilidades. Siempre hay un enemigo al que culpar. Siempre existe una provocación que exige responder antes que sentarse a trabajar. Mientras discutimos sobre quién empezó, quién ofendió más o quién puede hacerse la fotografía, los problemas siguen creciendo.

Y nosotros participamos en ese juego cada vez que exigimos pureza ideológica a quienes hablan, escriben o trabajan en público. Cada vez que fiscalizamos sus amistades. Cada vez que confundimos una conversación con un respaldo absoluto. Cada vez que obligamos a escoger entre bloques cerrados, como si una persona tuviera que aceptar un paquete completo de ideas y renunciar a pensar por sí misma.

Mientras unos protegen su bando y otros calculan quién se apuntará el tanto, el país continúa esperando. Y algunas veces, literalmente, continúa ardiendo

Hablar con alguien no significa darle la razón. Escucharlo tampoco borra las discrepancias. Dialogar permite conocer sus razones, detectar coincidencias y comprender mejor incluso aquello que seguimos rechazando. También obliga a reconocer una verdad incómoda: ninguno de nosotros posee toda la razón durante todo el tiempo.

Yo quiero poder apreciar a personas diferentes. Quiero trabajar con quien haga bien su trabajo. Quiero escuchar argumentos que pongan a prueba los míos. Quiero reconocer un acierto aunque venga de alguien con quien discrepo profundamente y denunciar una injusticia aunque la cometa alguien próximo. No pienso pedir permiso para hacerlo ni aceptar que otros decidan dónde deben colocarme por mantener una conversación, compartir una mesa o expresar afecto.

Quizá haya llegado el momento de dejar de premiar a quien más grita y empezar a exigir valor a quien se sienta a hablar. Alcanzar un acuerdo obliga a ceder, explicar, escuchar y asumir costes ante los propios. Eso requiere mucha más fortaleza que refugiarse detrás de una pancarta y repetir que toda la culpa es del otro.

Hablen con todos, por favor. Reconozcan los aciertos ajenos. Rectifiquen cuando sea necesario. Resuelvan sus conflictos y pónganse a trabajar en aquello que pertenece a todos: la salud, la educación, el campo, los montes, la vivienda y el futuro de nuestros hijos.

Porque, mientras unos protegen su bando y otros calculan quién se apuntará el tanto, el país continúa esperando. Y algunas veces, literalmente, continúa ardiendo.