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Escribo este artículo el jueves por la mañana, unas horas antes del primer partido de la temporada en el Camp Nou. Cuando lo leáis, el partido ya habrá pasado. Lo hago así porque a la hora límite para enviar el artículo no estaré delante del ordenador. Estaré en el campo.

El primer partido de la temporada para mí es uno de los mejores días del año. Todavía hay luz de verano, las vacaciones no parecen del todo acabadas y Barcelona conserva esa extraña sensación de que septiembre todavía queda un poco lejos. Me gusta llegar con tiempo. Sin prisas. Caminar por los alrededores, ver las camisetas, las familias, los grupos de amigos que se reencuentran. Y entrar pronto, cuando todavía quedan muchas butacas vacías y todo está a punto de empezar. Estos años, todavía más. Las obras avanzan y cada partido permite descubrir una parte nueva del estadio. Mirar cómo se va llenando lentamente, volver a ver el verde del césped y sentir ese rumor que va creciendo hasta que aparecen los jugadores.

El primer partido también tiene algo de Navidad culé. Queremos ver los fichajes, descubrir cómo juegan los nuevos, imaginarnos la temporada que empieza. Durante unas horas, antes de que el balón ponga a cada uno en su sitio, todo vuelve a ser posible. Pero lo mejor no es eso. Lo mejor son las cosas sencillas. Las que se repiten año tras año y te hacen sentir en casa entre miles de personas que quizás no conoces de nada, pero con quienes compartes algo difícil de explicar.

Algunas cosas cambian, pero los básicos perduran. Porque el Barça nunca ha sido solo once jugadores persiguiendo un balón. Ha sido también un espacio de catalanidad, de catalanismo y de libertad

Ahora voy con la familia, como de joven iba con mis tíos. Han desaparecido el olor de los cigarros y aquella advertencia imprescindible antes de salir de casa: "¡No dejes que lo paguen todo los tíos!". Algunas cosas cambian. Pero hay otras que continúan exactamente igual. Esta vez, igual que antes, también ha habido un "coge la bandera" antes de marchar. Puede parecer un detalle menor. Para mí no lo es. Forma parte del ritual. Forma parte de volver al Barça. De pequeño llevaba una azulgrana y catalana. Mi madre había cosido las dos banderas para que yo no tuviera que elegir. Quizás sin saberlo —o sabiéndolo mucho— había resumido perfectamente una manera de entender el club que muchos hemos heredado. Hoy la bandera es una estelada. Algunas cosas cambian, pero los básicos perduran. Porque el Barça nunca ha sido solo once jugadores persiguiendo una pelota. Ha sido también un espacio de catalanidad, de catalanismo y de libertad.

Lo ha sido cuando expresarlo era difícil y lo sigue siendo cuando algunos querrían que esta dimensión desapareciera. No se saldrán con la suya los que querrían un Barça desligado del país que lo creó y que lo ha hecho ser como es. Defender el derecho de un culé a llevar una estelada no es discutir de fútbol, evidentemente. Es defender algo mucho más elemental: que nadie te puede arrancar de las manos una bandera porque no le gusta aquello que representa. Esto también es el Barça. El manifiesto de los 125 años lo resumió con tres palabras magníficas: "Queremos el balón". Lo queremos para jugar, naturalmente. Pero también porque tener el balón significa mandar, decidir, tomar la iniciativa y no resignarse a que los demás decidan por ti.

Esta noche volveré a entrar en el Camp Nou con esta sensación de final de verano y principio de todo. Miraré cómo se llena el estadio, el verde, los nuevos jugadores, la familia al lado y la bandera. Las cosas importantes suelen ser sencillas. Primer partido de la temporada. Uno de los mejores días del año. Cambian los jugadores, cambia el estadio y cambiamos nosotros. Pero hay cosas que continúan ahí. Coge la bandera. Vamos al campo. ¡Visca el Barça y visca Catalunya!