El mundo político y sus tensiones no se entienden bien si se margina la historia. Y la historia incluye siempre la interacción entre diversas culturas. Después del Mare Nostrum romano, el cruce de Europa, Asia y África ha estado presidido por un contraste entre un sur y un este musulmanes frente a un norte cristiano. Son muchos siglos, pero con poca voluntad de comprensión e interés mutuo (con excepciones puntuales, algunas en Catalunya).

Ciñéndonos a la época moderna y al contexto del Mediterráneo, en los siglos XVI y XVII, el Imperio otomano se convirtió en una formidable unidad política. Mientras que en política exterior empleó a menudo estrategias bélicas, la situación interna del imperio mostró a menudo una pax ottomana de tolerancia práctica hacia las poblaciones sometidas —comunidades confesionales (millets) y ciudades divididas en barrios de carácter étnico y religioso—. El clima general fue una convivencia estable, aunque asimétrica respecto a las autoridades turcas y la religión musulmana. En cambio, el mundo cristiano católico europeo, a pesar de estar dividido en varios Estados, mostraba una cultura religiosa más o menos unificada (contrarreforma y barroco). La situación entre las dos orillas del Mediterráneo permaneció en un equilibrio que, con altibajos, se mantuvo hasta finales del siglo XVIII.

Posteriormente, las "revoluciones" europeas, científica, industrial (uso de combustibles fósiles) y nacionalista, propiciaron un período colonial de más de un siglo en las costas sur y oriental del Mediterráneo: Francia (bombardeo y conquista de Argel, 1830), Gran Bretaña (control de Malta, Chipre y otras islas, Egipto como protectorado), así como la progresiva desmembración del Imperio otomano (Balcanes, Grecia). Es la etapa colonial (1830-1960), a la que se añade Italia en el caso de Trípoli y España en Marruecos.

A principios del siglo XX, todo el litoral africano pertenecía a potencias europeas. El dominio colonial de carácter político, económico y cultural había pasado de las manos asiáticas turcas a las de las potencias industriales europeas. Y es en este período cuando aparece la importancia geoestratégica —canal de Suez incluido— de lo que desde Europa se denominó "Oriente Medio". Se trata de una zona de creciente importancia internacional, que contrasta con su historia anterior, mucho más anodina.

La historia de los siglos XX y XXI es conocida: reparto anglo-francés de Oriente Medio (acuerdo Sykes-Picot), Segunda Guerra Mundial y Guerra Fría, descolonizaciones y dictaduras seculares o sistemas autoritarios en las antiguas colonias, emergencia de las "cuestiones" turca (y kurda), palestina, siria, el conflicto árabe-israelí, la revolución iraní y el fracaso de las primaveras árabes.

En términos generales, la UE (y Occidente en conjunto) ha mostrado un grave desconocimiento de las sociedades de cultura musulmana

Contra las optimistas, y hoy sabemos que muy ingenuas, expectativas de los años noventa, el siglo XXI no ha sido un período propicio para las democracias liberales (y los derechos humanos). Lo es para las radicalizaciones. El atentado de las Torres Gemelas (2001) y la segunda guerra del Golfo inauguraron una polarización entre posturas cada vez más radicales. Al rápido aumento de las extremas derechas en Europa, el islamismo fundamentalista de los atentados (Nueva York, Madrid, Londres, Nairobi, Somalia, París, etc.), la creación del ISIS o las actuaciones de grupos como Hamás o Hezbolá, le ha seguido la actual radicalización del fundamentalismo religioso israelí —genocidio de Gaza, ocupación coercitiva de Cisjordania—. De un lado, Bin Laden; del otro, Ben Gvir, actual ministro de Seguridad Nacional del gobierno de Netanyahu. Dos radicalizaciones violentas paralelas, ambas legitimadas en términos religiosos, cada una con su dios y un libro pretendidamente sagrado.

¿Y la Unión Europea? Su actitud genéricamente pusilánime se describe a partir de dos fisuras políticas de base cultural. La primera fisura, la más importante, se establece en relación con los Estados de tradición musulmana de las riberas sur y este del Mediterráneo. Aunque los Estados europeos de su ribera representan alrededor del 75% del PIB total y el 75% de la longitud de sus costas —por causas geológicas del movimiento de las placas tectónicas—, la UE ha vivido hasta ahora muy ajena a su frontera sur —el caso actual de Ceuta supone un toque de alerta—. Es como si a la UE le molestara saber sobre su inundado patio trasero, aunque sabe que el Mediterráneo separa el bienestar europeo de la bomba demográfica africana y del Levante. En las costas del sur y este de este mar, predominan hoy ciudades metropolitanas (Alejandría, Argel, Trípoli, Esmirna, etc.). De hecho, los Estados árabes han aumentado un 120% su población en menos de cuatro décadas. Y en el horizonte vemos cómo el Sahel se está acercando a Europa.

La segunda fisura de la UE es interna; es la que se da entre los Estados miembros del centro y norte y los Estados del sur. El acrónimo PIGS para referirse a estos últimos (Portugal, Italia, Grecia y España) no ha sido precisamente una ayuda en términos de unidad política, sino que más bien apunta a una cierta barrera cultural que también tiene raíces religiosas. Y parece que, a pesar de la revalorización geopolítica actual de unos estrechos marítimos que son básicos en términos de seguridad y comercio (Gibraltar y Suez), la UE tampoco quiere hacer más suya la frontera sur.

Aunque la UE es hegemónica en el Mediterráneo, en la práctica vive de espaldas a él. La política de "vecindad europea" (2004) ha supuesto un fracaso, no solo respecto a los países del este europeo, sino también en el Mediterráneo. A pesar de las retóricas habituales sobre "cooperación", "colaboración", etc., se han ido difuminando las esperanzadoras "Declaración de Barcelona" (1995) y la posterior organización intergubernamental de la Unión por el Mediterráneo (2005).

En términos generales, la UE (y Occidente en conjunto) ha mostrado un grave desconocimiento de las sociedades de cultura musulmana. Ha practicado una combinación entre un paternalismo de superioridad moral y una crónica incomprensión de las culturas a las que se dirige.

Conocer la historia te vuelve más realista, menos ingenuo. Y también te hace todavía más amante y cercano a las ideas que la han transformado en términos emancipativos de libertad, igualdad y democracia.