Una parte de la izquierda española y catalana ―tanto la independentista como la españolista― ha convertido a la clase obrera en una excusa para defender postulados con un fondo que se acerca peligrosamente al autoritarismo. La afirmación que hablar catalán a un trabajador inmigrante en una cafetería es clasista; la idea de que la base independentista se ampliará a base de garantizar derechos sociales, o que es incomprensible que la gente pobre vote a partidos que ponen "la bandera" por encima de las necesidades económicas, demuestra hasta qué punto ciertas izquierdas tienen una visión paternalista de las clases más empobrecidas, con las cuales parece que tan sólo se puede establecer una relación asistencial.

Las personas de clase baja son vistas como seres incapaces de plantear cualquier lucha emancipadora que vaya más allá de comer y tener un sitio en el que refugiarse. Son fácilmente sobornables, dando apoyo al independentismo o al unionismo en función de quién les ponga un plato sobre la mesa. La base para justificar el gobierno de coalición PSOE-Podemos, con el beneplácito de ERC, ha sido utilizar las necesidades de los sectores sociales más desfavorecidos para tapar la represión española, que todavía pervive, y plantear que ahora no toca que el independentismo materialice sus demandas por la vía democrática. Históricamente, el eje izquierda-derecha se ha utilizado para tapar que el principal motor de España ha sido la sumisión de los pueblos no castellanos y, especialmente, el conflicto con Catalunya.

Con la separación entre derechos sociales y democráticos ―hacer el juego a los partidos españoles, impulsando un gobierno efectivo catalán, ha sido otra jugada maestra de los genios que comandan el procés―, se ha lanzado el mensaje de que los primeros son fundamentales y los segundos un lujo de burgueses y clase media. Como resultado, la izquierda abona la ola reaccionaria y autoritaria que domina buena parte del mundo, asociando bienestar y soberanía a una idea de progreso económico que no dista mucho de "Franco hacía pantanos" o de "China no tiene democracia, pero mira qué bien que va la economía y cómo han frenado el coronavirus gracias a que son un sistema de mayor obediencia".

El 1 de octubre fue la demostración de que derechos sociales y democráticos son indiscernibles para construir un proyecto realmente emancipador

La historia, sin embargo, tiene ejemplos que lo contradicen. Luchas como la feminista o la LGTBI muestran que las posiciones más antisistema son defendidas, a menudo, por las personas más marginadas. No es casualidad que la legislatura en que se ha expuesto que el Parlament y la Generalitat son instituciones de pacotilla fácilmente dominadas por el poder central haya sido de las más improductivas con respecto a la creación de grandes políticas de país. Una de las herramientas que el Estado utiliza para reprimir el independentismo es la ley de extranjería, encerrando a manifestantes que todavía no han sido liberados y expulsando del país de otros.

El 1 de octubre fue la demostración de que derechos sociales y democráticos son indiscernibles para construir un proyecto realmente emancipador. El 1 de octubre fue la respuesta genuinamente catalana al fascismo y la extrema derecha, al no depender en absoluto de la acción de las fuerzas españolas para articular una respuesta efectiva. El 1 de octubre demostró que los manteros y la gente de los barrios obreros sí que entendían las aspiraciones independentistas. Incluso las compartían, yendo a votar o defendiendo las escuelas.

La renuncia de las izquierdas independentistas en particular, y del movimiento en general, a hacer del 1 de octubre la base y la filosofía de su estrategia no ha hecho nada más que alimentar la vía autoritaria que le va en contra. Las izquierdas españolas, por su parte, construirán el progreso a partir del dolor de muchos catalanes, muchos de los cuales de clase obrera. Podrán vivir cómodas en la medida en que las fuerzas políticas españolas más reaccionarias no consigan articular un proyecto político capaz de desbancarlos. Y hasta que el independentismo de izquierdas no se dé cuenta de que, en España, no tiene nada que pelar más allá de escoger cómo quiere ser sometido.

Marta Roqueta
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