Este miércoles acudí al estreno de El Tenoriu en el Coliseum. Era la segunda vez que lo veía y, aunque me cuesta más reír en los espectáculos que en la vida, me reí de lo lindo. Quizás porque no hay nada más terapéutico que cambiar de lugar a quien tiene el poder de hacer reír y de quien nos reímos. Y para eso no hace falta el vino, hace falta el ingenio, y un buen cambio de perspectiva. Durante siglos, hemos reído con Don Juan; ahora empezamos a reírnos de él. Y eso también es una forma dulce de justicia poética.
Pero, ¿de qué nos reímos exactamente? ¿De que ya no nos creemos al "seductor imbatible" o de que, en el fondo, todavía reconocemos demasiado bien el mundo que lo inventó? Quizás nos hace más gracia porque hoy somos capaces de ver el ridículo de aquella masculinidad tóxica y conquistadora que confundía el deseo con el derecho de posesión. La obra de José Zorrilla es una de las piezas más populares del teatro español y se estrenó en 1844. Tradicionalmente, se representaba por Todos los Santos y el Día de Difuntos, cuando los fantasmas, los cementerios y la frontera entre la vida y la muerte nos recuerdan que no todo se acaba cuando se cierra la puerta del dormitorio. Es una obra romántica, católica y popular, con un protagonista que se atreve a hacer lo que los demás hombres, en la época, solo se atrevían a imaginar. Su libertad, sin embargo, se construía sobre la vulnerabilidad, el silencio, los miedos y la reputación de las mujeres. El Terrat recupera una tradición teatral muy barcelonesa: la parodia del Tenorio que Joan Capri y Mary Santpere habían popularizado en los años setenta. Anacronismos, diversos planos, realidades y bilingüismo, con la dirección de Carles Sans y la dramaturgia de Israel Solà, El Tenoriu se ríe del clásico desde dentro, al más puro estilo Catalanish Morissette (¡esta expresión es de mi cosecha!). Ya ni hace falta hacer un sermón contra el machismo: se convierte en su propia caricatura. Y Sílvia Abril aporta su luz de siempre y una doña Inés con deseo, poca paciencia, ganas de venganza y capacidad de decidir. ¡Qué energía transformadora tienen ella y Anna Bertrand y todos los actores con el público! La versión que se ha estrenado ahora, sin Buenafuente (aunque el día del estreno estaba entre el público), demuestra que los buenos personajes también sobreviven a sus intérpretes. Reírse de la obra desde dentro todavía da mucho juego y maridaje. Yo la serviría con pets de monja, panellets y una copa de vino dulce. A veces, le tenemos manía pensando en las mistelas de casa de nuestra tía, pero de verdad que hay vinos naturalmente dulces que son un postre líquido. Una combinación de otoño, teatro y pecado: porque no hay nada más seductor que alguien que sabe disfrutar.
En el vino, como en el amor, la intensidad no se mide por el número de botellas abiertas ni por la cantidad de corazones conquistados
Personalmente, siempre me ha fascinado la comparación entre Don Juan y Giacomo Casanova. Ambos han quedado inscritos en el imaginario universal como grandes seductores, pero confundirlos es como confundir un vino de garnacha con un moscatel. Don Juan es el mito literario de la demostración de poder, el saltarse las normas y la mujer como trofeo. Casanova, en cambio, existió de verdad y convirtió su vida en literatura. En sus memorias, Histoire de ma vie, el placer pasa por la conversación, la inteligencia, el juego y la complicidad. Seducir no es solo llegar a la cama: es lograr que la otra persona quiera seguir compartiendo comidas. Él mismo explica en sus memorias (sí, a pesar de ser italiano, escribía en francés) que recurría a la buena mesa y a los vinos para favorecer sus juegos de seducción. Como el Pedro Ximénez, con sus notas de pasas, higos, caramelo y fruta confitada. Tampoco faltaban burbujas, algo que Pretty Woman imitó después con las fresas, haciendo que este maridaje erótico sea eterno.
La literatura, de hecho, ha ido cambiando la receta del seductor según la época. Tirso de Molina creó El burlador de Sevilla, con un Don Juan que engaña a mujeres, desafía a la autoridad y siempre piensa que tendrá tiempo para arrepentirse. Molière, en Dom Juan (1665), lo convierte también en un libertino cínico y escéptico. Mozart, con Don Giovanni (1787) y el libreto de Lorenzo Da Ponte, le da una música tan fascinante que nos hace cómplices de su encanto bailando. Lord Byron, en su poema Don Juan, le da la vuelta al mito: el protagonista es más bien un joven ingenuo que a menudo acaba seducido por las mujeres. Quizás por eso este personaje no se ha acabado nunca: cada generación proyecta sus contradicciones. Lo que antes era virilidad, hoy puede parecer inseguridad. Lo que antes se vendía como libertad, hoy nos puede recordar que era privilegio. Y lo que antes hacía temblar a las mujeres, ahora nos puede hacer reír. En el vino, como en el amor, la intensidad no se mide por el número de botellas abiertas ni por la cantidad de corazones conquistados. Y con el desamor, todos los vinos parecen rancios. Los vinos dulces no están démodé; tenemos grandes pequeñas botellas de km 0. Porque ya se sabe que, como se dice en catalán, al pot petit hi ha la bona confitura.