La apertura fácil, el anzuelo atractivo y sensacionalista para la columna de hoy, sería algo así: "El Papa ha escrito una encíclica contra la IA". Pero sería mentira, y revelaría el tipo de falta de comprensión lectora que la digestión de consignas simples y textos masticados —también por la IA— promueve. De hecho, habiendo leído Magnifica humanitas, servidora escribe con cierta prudencia que se trata de una encíclica "sobre" la IA, porque, en realidad, León XIV se sirve de la relación entre el hombre y la tecnología para tocar todos los palos, todas las dimensiones que atraviesan y explican a la persona. Una vez, un buen amigo me contó que se había convertido porque se había dado cuenta de que el cristianismo es la única religión que evidencia una comprensión total y absoluta de la naturaleza humana. Para él, la religión del Dios hecho hombre es la que permite desentrañar como no lo hace ninguna otra religión el complejísimo misterio del propio hombre, y la verdad es que tiene mucho sentido que sea así: la fe dirige nuestra mirada hacia Dios, un Dios encarnado, y Dios nos la devuelve para que podamos entender nuestra propia humanidad y la de aquellos que nos rodean, para reconocer sus límites y potenciar sus dones. En esta misma línea, Magnifica humanitas es una encíclica sobre la condición humana, sobre la relación de la persona con el mundo y sobre la irrenunciabilidad de la dignidad humana en todos los contextos y circunstancias. Una irrenunciabilidad que siempre ha sido fundamento de la doctrina cristiana, a pesar de que no siempre se haya sabido explicitar en los términos que cada momento demandaba.
Magnifica humanitas va de los derechos humanos al paradigma tecnocrático; del transhumanismo a la gracia divina; de la verdad a la democracia; del Dios trinitario a la justicia social; del desarrollo humano entendido de forma integral al ecologismo; de la familia a la guerra, del multilateralismo al cántico de la esperanza de la Virgen: el Magnificat. El potencial de la encíclica radica en la capacidad de León XIV para relacionar las contingencias del presente con el anhelo sobrenatural del hombre, pero también en la habilidad y la audacia de centrar una conversación en la que todos, católicos o no, nos encontramos inmersos. Con Dios en nuestras vidas o sin Dios, a menudo sentimos que habitamos un mundo que nos arrastra inevitablemente a un destino oscuro. Que el progreso no nos hace progresar colectivamente hacia el mínimo común que comparten todas nuestras ideas de bien, si es que dicho mínimo común existe. En este sentido, Magnifica humanitas no es un texto de autoconsumo, es una encíclica que recuerda a los católicos que deben estar en este mundo aspirando a otro mundo, con los pies en la tierra y la mirada en el Cielo, y que interpela a quienes no creen, o a quienes profesan otra fe, para que en la Iglesia encuentren un refugio.
'Magnifica humanitas' es una encíclica sobre la condición humana, sobre la relación de la persona con el mundo y sobre la irrenunciabilidad de la dignidad humana en todos los contextos y circunstancias
En contra de lo que algunos tendrán la tentación de decir o escribir, Magnifica humanitas no es un texto tecnofóbico: el catolicismo no es ludita. León XIV lanza un grito de alerta sobre el uso que puede darse a la IA y sobre los efectos de los intereses que ya hay tras la IA. En este sentido, escribe: "La inteligencia creativa del ser humano es un don que puede aliviar sufrimientos y abrir nuevas posibilidades, pero debe permanecer ordenada al bien común, a la justicia, al cuidado de los frágiles y de la creación. En este sentido, la verdadera alternativa no es entre el entusiasmo y el miedo, sino entre dos formas de construir: un progreso que sirve a la persona y a los pueblos, o un progreso que los doblega a lógicas de poder". En un momento en el que parece que el curso del mundo es incorregible, la postura de León XIV es la de oponer resistencia a una tecnocracia que —pretendiendo superar los límites del hombre, pretendiendo borrarlos— asume y tolera el riesgo de borrar al propio hombre. Esta encíclica traspasa fronteras porque brinda un consuelo del que —conscientes de los males del mundo— no estamos sedientos solamente los católicos. A la catalana manera, insufla esperanza constatar que, en uno de los puestos de poder más altos del planeta, hay alguien que conserva la cordura. Y que entiende que conservar la cordura a menudo significa asumir los costes de plantar cara. Prudencia, justicia, fortaleza y templanza: no es en vano que las entendemos por virtudes cardinales.
No quiero terminar esta columna sin realizar un breve análisis del talante de León XIV, ahora que ya cuenta con cierto bagaje y tenemos suficiente información para analizar su figura. Los medios de nuestro país tienen tendencia a invitar a las tertulias y a las seccioncitas al tipo de personajes que en cada tertulia y en cada seccioncita intentan asegurarse la posibilidad de regresar a la siguiente tertulia o seccioncita. Esto hace que, muchas veces, la conversación sobre la Iglesia orbite alrededor del tipo de titulares que hacen ruido. En el caso de la figura del Santo Padre, hace que se ponga el foco en unos secretos de la vida interna de la institución que, a menudo, no tienen mucho que ver con la realidad. Así las cosas, de León XIV se ha llegado a decir que su elección es fruto de una guerra interna —encarnizada, poniendo en riesgo la vida— que libró Francisco hasta que consiguió posicionar a su sucesor. Mirándolo de cerca, y con la información que tenemos al alcance, en muchas cosas León XIV queda a caballo entre Benedicto XVI y Francisco, sobre todo en lo que respecta a la tradición y a la comunicación. En mi opinión, Magnifica humanitas es una buena muestra de que este papa ni reniega del intelectualismo de uno, ni enmienda la proximidad con católicos y no católicos del otro. El Santo Padre genera consenso porque tiene un talante que recoge lo que ha caracterizado a los papas anteriores en positivo y le da continuidad. Y con dos mil años de historia a las espaldas, mirar hacia atrás es condición necesaria para poder mirar hacia delante.