La luz del otoño es como la hora dorada. Tiene algo de inicio y de final a la vez, una especie de luz baja que lo hace todo más bonito, más lento, más consciente. La luz del otoño es aquella que te hace ilusión cuando, tras un verano sin poder dormir porque no corría ni una pizca de aire, llega el momento de ponerte una manta en el sofá. Es la luz que acompaña el cambio de color de las hojas, uno de los momentos más potentes del bosque, con perdón de la mítica primavera. Lo siento, pero alguien lo tenía que decir: ¡la cocina del otoño es la mejor! Setas, calabazas, boniatos, castañas, membrillos, granadas, caza, estofados, platos de cuchara, vino joven, la matanza del cerdo… El otoño es una estación que se come. Y quizás también por eso me ha costado más de cuarenta años que me gustara.

Ahora pienso que es bonita porque es la melancolía del verano. Ese deseo secreto que aparece cuando ya no puedes más de playas, crema solar y calor y empiezas a tener ganas de volver a estrenar el curso escolar. Porque hay algo mágico en empezar la escuela. Y no hablo solo de las clases, sino de todo lo que significa volver a empezar: las libretas nuevas, los horarios, los reencuentros, las rutinas, los propósitos y esa extraña sensación que tenemos, cada septiembre, de que todavía estamos a tiempo de hacerlo todo diferente. Quizás es porque las vacaciones no tienen sentido sin el trabajo. El descanso necesita el cansancio para ser realmente descanso. La fiesta necesita la cotidianidad. En The Piano, la película de Jane Campion, hay una idea que siempre me ha perseguido: no puede haber ruido donde no ha habido nunca silencio, del mismo modo que no puede existir el silencio allí donde nunca ha habido ruido. Quizás las estaciones funcionan un poco así. No podemos amar plenamente el verano si no echamos de menos el otoño. Ni valorar la luz si no conocemos la oscuridad. Y este otoño empieza fuerte. El pregón de las fiestas de la Mercè con mi padre. Llevo todo el verano dándole vueltas. ¿Qué diré? ¿Cómo lo haré? ¿Cómo se explica una ciudad, una vida, una familia, desde el Saló de Cent? Mi trabajo es que mi padre brille por su autenticidad. Solo habrá que hablar desde el lugar desde donde siempre hemos intentado explicar las cosas: desde las emociones, la memoria y el cupaje sensorial que me permite hablar de vino sin hablar de vino… Y en octubre empiezo a trabajar en México como asesora vinícola. Como tendré que ir como mínimo cuatro veces al año a Cancún, os puedo asegurar que iré bien servida de vitamina D. Lo que no sé es si estaré bien de jet-lag. Porque, con lo que me gusta estar en Sants —tanto que, incluso casada con un hombre de Vallvidrera, no hay forma de que me saquen de la calle Vallespir ni con un sacacorchos—, no paro de coger aviones. Con lo que me gusta viajar en tren y vivo frente a la estación de Sants. La vida tiene estas contradicciones. Pasamos años soñando con irnos y, cuando nos vamos, echamos de menos el hogar. Nos morimos de ganas de viajar y, cuando estamos lejos, nos apetece volver a nuestro barrio, a nuestra cama, a nuestro sofá. Quizás la gracia es precisamente esta: poder irse sabiendo dónde quieres volver.

Nos cuesta aceptar que las cosas se acaban, que los días se acortan, que los hijos crecen, que los veranos pasan, que las personas cambian

El otoño también me hace pensar en otro inicio. Cuando empecé el último año en la Università degli Studi di Firenze, recuerdo que no paraba de estornudar. Todo el mundo habla de las alergias primaverales, pero los que somos alérgicos a los ácaros sabemos que, cuando llega el otoño, empieza su auténtico festival. Cierra las ventanas, abre los armarios, saca las mantas y… que empiece el espectáculo. Y luego está la luz. La luz del día en otoño desaparece antes. Cada tarde nos quita un poco de verano. Y es verdad que en la vida lo que peor llevamos es ir de más a menos. Nos cuesta aceptar que las cosas se acaban, que los días se acortan, que los hijos crecen, que los veranos pasan, que las personas cambian. Pero también es así como acaban todos los cuentos de nuestra vida. Una pantalla negra. Y quizás por eso el otoño nos recuerda algo que sabemos, pero que a menudo olvidamos: todo es un ciclo. Que tras la lluvia siempre acaba saliendo el sol. Que incluso después del diluvio universal dejó de llover. Que no se trata de cuántas horas de luz tenemos, sino de saber aprovecharlas. Y de hacer bien el cambio de armario sin dejar ahí los fantasmas. Como esas libretas nuevas que tienes miedo de ensuciar. Como los aromas dulces de nata de la goma Milan. Como ese lápiz recién afilado que da un poco de respeto usar porque todavía es perfecto. Como los bolígrafos nuevos, con la tinta intacta y sin las marcas de los dientes. Como empezar la libreta con la sensación de que aún está todo por escribir.

—¿Otro estuche nuevo? —le digo a mi hijo Leo, de nueve años.

Él me mira como si la pregunta fuera absurda. Y quizás lo sea. Porque quizás necesitemos un lápiz bien afilado o la batería llena para recordar que empezar de nuevo es también una forma de felicidad. Y que, aunque la luz se acabe un poco antes, no significa que haya menos luz. Quizás solo signifique que ahora nos toca mirarla desde otra perspectiva.