Cada cierto tiempo, el presidente de la Conferencia Episcopal Española hace una aparición estelar en los medios de comunicación con declaraciones muy católicas, apostólicas, romanas y profundamente ibéricas que lo colocan en el bando del tablero de los aznaristas. El arzobispo de Valladolid no ha dicho "los que puedan hacer, que hagan", pero casi. Si un representante de Dios en la tierra dice "cuando un Estado olvida la ética, se convierte en una banda de ladrones y a las pruebas me remito", no hay que ser demasiado espabilado para entender que él forma parte de este lawfare que está tratando de destronar al Gobierno de Sánchez mediante prácticas que recuerdan otros golpes de Estado de guante blanco. Argüello se puede justificar diciendo que es una opinión generalista, que está extraída de San Agustín y que vale para cualquier gobierno, pero no recuerdo ninguna declaración parecida en la época de M. Rajoy.
Del poder eclesiástico español se puede esperar muy poco. Yo, que no estoy bautizado y me declaro abiertamente agnóstico, tengo una concepción de la vida mucho más cristiana que Luis Argüello, un hombre que representa a un sector de la Iglesia que carga testicularmente hacia la derecha y que ha arrugado la nariz con la visita del papa León XIV a España, y que arrugó la nariz durante los catorce años de mandato vaticano del papa Francisco. Argüello y su tropa episcopal estaban mucho más tranquilos con Benedicto XVI, y no digamos con Juan Pablo II, un verdadero cazador de recompensas de los miembros que formaron parte en Latinoamérica de la teología de la liberación.
Si yo fuera Jesucristo, le diría que, cuando uno tiene demasiada carga testicular, lo mejor es descargar solo o en compañía y siempre con respeto, evidentemente
A mí, Luis Argüello me parece el anticristo. No sé qué pensaría el propio Jesucristo del arzobispo de Valladolid, pero creo que no se alejaría demasiado de las opiniones de un tipo como yo, condenado como estoy a pasar un largo tiempo en el purgatorio. Si yo fuera Jesucristo, le diría que, cuando uno tiene demasiada carga testicular, lo mejor es descargar solo o en compañía y siempre con respeto, evidentemente. En el caso de los obispos y de Argüello en particular, la recomendación sería la de practicar el onanismo, eso sí, con la imaginación inmaculada. De esta manera, Argüello recibiría a los periodistas con la mente más limpia y sin tantos perjuicios hacia un gobierno que, sin duda, es mucho más cercano a los evangelios, aquellos que establecieron el verdadero sentido de la Iglesia, el del servicio y la solidaridad con los marginados, como preceptos fundamentales de una institución que a menudo olvida su génesis. Quien pierde los orígenes pierde la identidad.
Luis Argüello me recuerda, por su oportunismo ideológico, a otro ilustre presidente de la Conferencia Episcopal Española. Me refiero a Antonio María Rouco Varela, el mio Cid de la Iglesia católica española que nunca dudó en señalar a la progresía como hereje. Famosas son sus declaraciones en contra del movimiento 15M, al que tildó de fenómeno protagonizado por jóvenes que no conocen a Dios, ni a Cristo. Jóvenes de vidas rotas y descarriadas por haberse separado de Jesús. Intuyo que para Rouco y para Argüello el ejemplo de buenos cristianos serían J.D. Vance, Bolsonaro, Milei o Meloni. Y en un ámbito puramente ibérico: Aznar, Feijóo, Díaz Ayuso, Abascal y Fernández Díaz, un hombre que ha vivido la providencia de ser visitado por Marcelo, un ángel de la guarda.
Luis Argüello considera que se debería cambiar constitucionalmente el estado de las autonomías y eliminar conceptos como el de las comunidades históricas. Como arzobispo de Valladolid y natural de Meneses de Campos, localidad situada en la provincia de Palencia, la única comunidad histórica es la española —ancha es Castilla, se sobreentiende— y la única lengua vehicular debería ser la castellana. Cualquier otra concepción del Estado, para Argüello, entraría en la categoría de la herejía, una visión muy parecida a la que pueden tener los miembros de los Legionarios de Cristo. Por supuesto, Argüello está en contra del aborto, la eutanasia y el matrimonio igualitario, y defiende con vehemencia el matrimonio por la iglesia y, ergo, las virtudes de la familia tradicional. Y, como buen nostálgico de los tiempos inquisitoriales, sueña con un Estado en el que la Iglesia tenga orden y mando en las decisiones de un país de raíces católicas. En cambio, de Argüello no recuerdo ninguna declaración dedicada a erradicar cristianamente los desórdenes sociales provocados por el neoliberalismo. Tal como Juan Pablo II o Teresa de Calcuta, representante del fundamentalismo católico. Christopher Hitchens, especialista en la obra y los milagros de la santa ya canonizada, la tildó de cómplice de los poderes fácticos de la Iglesia por su culto al sufrimiento.
Luis Argüello, arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal Española, también es un fundamentalista que ha tomado partido por los ganadores de la historia, cuando debería preocuparse más por la pérdida de fieles de una Iglesia católica española que, más que hermanar, deshermana. Si Cristo resucitara de nuevo, seguro que lo excomulgaría.